Torbellino: El Vuelo de la Mariposa (volumen 3)

Capítulo 25

Cuando sus ojos se abrieron, todavía faltaba un poco antes de que llegase el amanecer y su cuerpo desnudo, aún envuelto entre las sábanas, se resintió por causa de la fuerza con la que el Capitán descargó sus deseos sobre ella la noche anterior. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez, desde que David…No así, Sam sonrió de inmediato, pues se acordó de los besos y de las caricias que depositó el Capitán sobre su piel y de la forma, tan pausada, con la que él envolvió su figura, agitada y extasiada aún por los residuos de sus gemidos, con su cuerpo viril y desnudo desde atrás. Besando sus cabellos, la piel de su cuello y de sus hombros; hasta que lo sintió recorrer, una y otra vez, con la humedad de sus labios la cicatriz que ella tenía sobre la espalda.

 —Fuiste tan valiente —lo escuchó decir, mientras la zona de su barba se encargaba de erizar la superficie de su piel—. Estoy muy orgulloso de ti —gimió éste sobre su cuello con deseo y entonces, le hizo el amor una vez más con desborde y pasión.

Ambos cayeron rendidos por el cansancio y se durmieron sin darse cuenta, envueltos en los brazos del otro y por eso ella, sosteniendo aún la sonrisa sobre los recuerdos de la noche anterior, giró el cuerpo hacia él para descubrirlo en su dormir.

Sin embargo, se sorprendió al ver que el otro lado de la cama estaba vacío. Entonces, incorporó medio cuerpo cubriendo sus senos con la sábana y recorrió el pequeño espacio de madera, de un lado al otro y viceversa, dándose cuenta de que se encontraba sola.

Los primeros rayos del sol ya comenzaban a colarse por las rendijas de los anchos tablones de madera y ella continuaba allí, sosteniendo la sábana sobre su pecho sin saber qué pensar de todo aquello.

Sigiloso como un roedor, así se había escabullido el Capitán de ella antes de que despertase y como no supo darse ningún otro tipo de explicación a lo que él había hecho, Sam se dejó caer de espaldas sobre la almohada y se cubrió el rostro con ambas manos, recriminándose el haber sido tan tonta.

Supo que no debió actuar de ese modo tan precipitado; pero es que se sentía tan sola. Fueron tantos años de abandono. Tantos años de estar lejos de su hogar y de su familia. Toda una eternidad en su haber de no sentirse amada por nadie y que la hicieron actuar de un modo que, en otras circunstancias y en otro tiempo, quizás no se habría permitido proceder.

—¡Ahhh, soy una idiota!  —Repitió, una y otra y otra vez, ahogando sus gritos de rabia en la almohada que sostuvo con firmeza sobre su cara.

De seguro que él ya no la tomaría en serio. Por haberse entregado así, de esa forma tan apresurada entre sus brazos. Él, de verdad, le interesaba y ahora…ahora pensaba que podría encontrárselo en cualquier momento en el transcurso del día. Esto le afligió el pecho, pues el hecho de que quizás pudiese ser el objeto de sus rechazos, la abatió en gran manera.

—Ay, noooo —Y dejó salir el gemido lastimero mientras hundía el rostro entre las sábanas, a punto de permitirse soltar el llanto allí mismo; pero no pudo, porque la alarma de su reloj se activó por segunda vez y entonces, se dio cuenta de que ya se le hacía tarde para ir a trabajar. Así que saltó de la cama y corrió, como nunca antes, para lograr llegar a tiempo a su turno en el hospital.

Luego de dieciocho horas de estar en servicio, el cuerpo y la mente de Sam se encontraban, por completo, exhaustos y aún así, sus pensamientos se daban el tiempo de dispersar las ideas. Porque para la hora en la que se encontraban, era de que ya lo hubiese visto, cuando menos, una vez en todo aquel día.

Al Capitán Crowe se le veía casi que a diario por el lugar. Como él mismo lo mencionó antes, mucho del personal estaba a su cargo y bajo sus órdenes. Nunca faltaba que alguno, entre todos ellos, requiriese de algún tipo de atención médica; por lo que él siempre permanecía al pendiente del estado de sus subalternos.

Pero esa mañana, tarde y noche, no se le había visto ni de perdida por allí y Sam, con tal de apaciguar los pensamientos. Razonamientos que a cada hora le dictaban, de seguro el Capitán había dimitido de sus ocupaciones, todo para no encontrarse con ella. Se dispuso a llenar en la recepción todos los informes de los casos que había atendido a través del día, en un afanado intento por mantener la mente ocupada.

Fue, entonces, cuando lo vio pasar frente a ella, era casi la media noche y como lo supuso, desde un inicio, éste ni siquiera la alzó a mirar. Pasó de su lado como si no la conociera. Sin brindarle, siquiera, un limosnero saludo que hiciese pensar a los demás, al menos no eran un par de extraños.

Llevaba órdenes directas y precisas de salir cuanto antes. Al menos ese fue el pretexto que interpuso el Capitán demandando ser atendido con prontitud. Necesitaba con urgencia los documentos que había solicitado de entrada y los requería “Ya…Ahora mismo”, exigió con alterados tonos.

Casi que arrebató de las manos, de quien lo atendió, las hojas que solicitó y salió de allí de una forma tan abrupta, tanto así, como su imperiosa entrada. Sin volver a ver a nadie y atropellando a todo aquel que se le pusiera por el frente.




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