Torbellino: El Vuelo de la Mariposa (volumen 3)

Capítulo 34

No aconteció más de una semana, cuando ambos se encontraban ya instalados en el pequeño remolque. Los límites de su “gran propiedad”, ahora abarcaba los impresionantes seis metros de largo por tres de ancho y como lo mencionó Richard aquella noche, éste poseía su propio baño y una pequeña cocina con todo y sus sillitas a cada lado de una diminuta mesa rectangular. No tendrían que verse obligados a comer más sobre un viejo piso de madera o sobre la cama, como tenían por costumbre desayunar. Aunque este último viejo hábito, se aseguraron mejor de conservarlo.

—Muy bien, lánzame un golpe —pronunció Richard aquella mañana en particular y haciendo a un lado la charola plástica con su desayuno a medio terminar, se liberó de las sábanas y esperó, en clara pose de defensa, recibir el ataque por parte de ella.

—¿Qué? —Mencionó Sam mientras se llevaba un último bocado a la boca.

—Que me lances un golpe.

—Ay, no —rezongó ella con fastidio—. No comiences, amor, por favor —Y haciendo su charola también a un lado, se encargó, más bien, de bostezar frente a él mientras estiraba los músculos de su cuerpo aún adormecido.

No así, Richard apoyando las rodillas sobre el colchón de la cama, sostuvo su cuerpo delante de ella y le insistía con sus muchas necedades que le lanzara un buen golpe.

—Vamos, hace mucho tiempo que no practicas tus métodos de defensa.

—Y no voy a comenzar a hacerlo ahora. Ya tranquilízate, mi amor —pronunció Sam.

Pero Richard no quedó para nada conforme con aquella respuesta y viendo como ella se negaba a cooperar, él mismo se adueñó de la languidez de sus manos y comenzó a dirigirlas hacia su rostro simulando los golpes.

—¡Richard, basta! —Protestó ella con la pesadez de sus gestos y dejando ir sobre él un leve manotazo, para que la dejase en paz, vio como éste simplemente lo interceptaba en el aire.

—No, mi amor, eso estuvo muy flojo. Yo hablo de un golpe de verdad; vamos, sé que tú puedes.

—Ay, nooo —gimió ella junto al desgano de su cuerpo y dejándose ir de bruces sobre el regazo de Richard, hundió el rostro entre sus piernas mientras sentía como él continuaba manipulando su cuerpo como si ella fuese una simple muñeca de trapo—. No quiero, aún es muy de mañana; ¿por qué siempre insistes en querer entrenarme? Además —continuó Sam elevando la mirada hasta él—, tú sabes muy bien que soy pésima en el combate cuerpo a cuerpo. Por eso es que siempre llevo un arma junto a mí.

—Si, mi amor, lo sé —le contestó él enseguida—; pero, qué sucedería si en determinado momento no llevas un arma contigo. Entonces, qué harás…dime. No siempre puedo estar a tu lado para protegerte. Debes aprender a defenderte con lo que sea. Haz uso de tus manos, incluso, si es el último recurso con el que cuentas. Utiliza tus uñas o hasta tus dientes si hace falta. Emplea las armas de tu cuerpo como te lo he enseñado. Golpea con los puños; ataca con las rodillas, con los codos o con cualquier parte que te brinde una oportunidad para hacer daño y poder escapar. Recuerda, no la desperdicies; quizás no tengas otra oportunidad —expuso ante ella con toda la seriedad de su semblante—. Anda, vamos…lánzame un buen golpe.

Sin embargo, viendo como ella se impulsaba hacia él, lo único que recibió Richard fue un dulce beso sobre los labios.

—Deja de preocuparte tanto por mí, amor —le dijo Sam y sembrando muchos besos más alrededor de su cuello, lo atrajo hacia ella hasta que ambos cuerpos quedaron tendidos sobre el desorden de las sábanas.

Sam se dedicó, entonces, a consentir los cabellos castaños de su amor con la caricia de sus dedos y Richard no pudo hacer más que sucumbir ante ella cerrando los ojos, mientras hundía el rostro en su cuello.

—¿Cómo me pides algo así cuando, tú misma, sabes que me veo en la constante obligación de marcharme, teniendo que dejarte sola por tanto tiempo, amor?

—Si, yo lo sé —Se preocupó ella en contestar de inmediato—; pero cuando tú no estás paso, prácticamente, la mayoría del tiempo en el hospital y Lorie está junto a mí. Ya suficiente tienes con la sola naturaleza de tus funciones, mi amor. No te inquietes así, de ese modo.

—Entonces, compláceme —solicitó éste plasmando dos sonoros besos sobre el cuello de Sam—; por favor, mi cielo —continuó Richard y contendió con ella y no estuvo satisfecho hasta que un buen derechazo, por parte de Sam, lo hiciera exclamar por todo lo alto: ¡Muy bien hecho, amor!...Ahora vamos a practicar cómo hacer llaves.

—¡Ay, noooo! —Exclamó ella agachando la cabeza frente a él; aunque luego de pensarlo un poco—. Muy bien —le dijo—; pero después me acompañas al polígono de tiro, ¿eh? Tienes más de un mes de no ir conmigo a practicar.




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