Torbellino: El Vuelo de la Mariposa (volumen 3)

Capítulo 35

Esa mañana, Sam llevaba ya más de dos horas esperando por él en el hangar. Aún tenía puesto su uniforme de médico; había pasado toda la noche asistiendo un complicado procedimiento quirúrgico en la sala de cirugía.

Por primera vez, desde que estaban juntos, Richard le había asegurado, en completa confidencia, que regresaría a más tardar ese día; así que ella lo esperaba con profunda impaciencia. Tenía casi una semana de estar fuera; sin embargo, él le dejó prometido que estaría presente para el día de su aniversario.

Ella, por su lado, se había garantizado el día libre cediendo, a uno de sus colegas, un lugar en el quirófano para presenciar uno de los procedimientos más disputados entre los estudiantes. Con tal de estar con Richard en aquella fecha tan especial, había renunciado a una lista de espera de seis meses. Ahora tendría que esperar, al menos, seis meses más para tener una nueva oportunidad de asistir al tan ansiado procedimiento; pero sabía que él valía cualquier sacrificio de parte suya, incluso si de su carrera se trataba.

Una hora más transcurrió en medio de la zozobra y ahora ella se miraba caminando, de un lado al otro, en las afueras del hangar. Preguntándose, mientras acababa con sus uñas, el por qué del que Richard aún no hubiese llegado. Ella había hecho hasta lo último para estar allí, así que supuso que él haría lo mismo. Era de urgencia extrema el que su amor estuviese presente en ese día tan especial. Tenía una noticia muy importante que darle. Una gran sorpresa de aniversario y la cual llevaba casi un mes guardándosela sólo para ella. Era mucho tiempo de anidar emociones reprimidas y las había contenido con tal de que aquel momento fuese aún más especial para los dos. Y mirando una vez más el reloj en su muñeca, pensó muy agobiada en que todos aquellos planes se habían hecho tan sólo para que…para que ahora el afamado Capitán Crowe no apareciese por ningún lado.

Los compinches de Richard, pilotos al igual que éste y miembros del mismo escuadrón, se encargaban, en ese mismo instante, de escudriñar a Sam a lo lejos y se dejaban mostrar de una manera bastante apenada al mirar como ella iba y venía, de un lado al otro, en el constante desasosiego de sus movimientos.

Varios de ellos habían entablado una bonita amistad con la chica de Crowe; pues tan a menudo era que se la veía por ahí y esperando pacientemente por él, que habían depositado sobre ella una gran estima y hasta sentían celos, pero de los buenos, hacia el Capitán. Por lo bonita y en extremo amable que se comportaba la doctora siempre con ellos; pero, sobre todo, por lo mucho que se miraba que ella lo amaba.

Sam sabía, muy bien, de cuales fiarse y de cuales no; permaneciendo siempre al lado de quienes, con ojos de halcón, más bien resguardaban el tesoro de su gran amigo. Éstos eran quienes, siendo muy amables, ofrecían sus lechos nocturnos para que Sam pudiese descansar y se preocupaban por velar el sueño de ella hasta que él llegase.

Y también porque Richard les advirtió que, si uno solo de sus cabellos era tocado, se la verían directamente con él y la verdad era que, ninguno de ellos, quería verse envuelto en querellas con Crowe, mucho menos con las influencias de su padre; así que hacían de cuenta que ella era la representación misma de todas las esposas y de todas las novias que no podían encontrarse allí presentes, junto a ellos. Y por eso mismo era que también la cuidaban con igual recelo, como si de sus propias mujeres se tratase.

Mas, sin embargo, éstos ahora se habían aliado en su contra y acercándose uno entre todos ellos hasta Sam, se encargó de darle la mala noticia.

—¿Estás seguro? —Expuso ella frente a su rostro y en medio de un sólido intento por no llorar, apretó los labios.

—Si, lo siento —le contestó el oficial. La verdad es que se mostró lo bastante apesadumbrado delante de ella—; pero, eso fue lo único que nos informaron —le dijo—. Sabes que es prohibido dar cualquier tipo de información al respecto. Mas tratándose de ti y de Crowe, hice una excepción. Llevas muchas horas aquí, esperando y no quiero que pierdas más el tiempo. Lo siento, pero él no vendrá.

El semblante de Sam decayó por completo.

—Si, yo…De todos modos te lo agradezco —pronunció ella e intentando mostrar su entereza ante aquella lamentable noticia, elevó el rostro y dio media vuelta mientras comenzaba a alejarse de él. No así, de un pronto a otro se detuvo y girando de nuevo hacia el oficial, Sam le hizo llegar una mirada llena de súplicas—. Yo sé que esto va en contra de tus órdenes, Gary y también sé que no tienes por qué contestarme si así no lo quieres —le dijo—; pero, ¿al menos sabes algo acerca de su estado? Es decir, es que…nadie tiene por qué enterarse que me lo informaste. ¿Sólo podrías decirme si él se encuentra bien?

El oficial se mostró precavido y volviendo a ver hacia ambos lados antes de contestar, se aseguró de que nadie los estuviese escuchando.

—Él está bien —fue lo único que le dijo cuidando el movimiento de sus labios.

—Con eso me conformo —respondió ella en medio de una lacrimosa sonrisa y mostrando sus agradecimientos hacia el oficial, le dio una vez más la espalda y se alejó de allí, casi que arrastrando los pies.

Siquiera había obtenido algo de información acerca de él y de su situación. Al menos ahora sabía que Richard continuaba con vida. El no verlo descender por aquella pista, cuando era un supuesto que ya tenía que haberlo hecho, la tenía con los nervios destrozados. —Date por servida —Se dijo, entonces, a sí misma y se mordió los labios para no comenzar a llorar. Ya más adelante tendría la oportunidad de hablar con él, para poder contarle así su secreto. Por el momento, continuó arrastrando aquellos mismos pasos y los llevó, sin detenerse, hasta que llegó al hospital.




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