Estaban acostados en la gran cama del dormitorio de Marco, cubiertos solo por sábanas finas y enredadas. Anna escuchaba los latidos de su corazón, sintiendo cómo el suyo propio se calmaba gradualmente después de la pasión que los había envuelto como una avalancha. Fuera, la luna iluminaba el mar con una luz plateada, creando la ilusión de que el mundo entero era solo de ellos dos.
—Anna —dijo Marco en voz baja, acariciando su cabello—. Necesitamos hablar.
Algo en su tono la hizo tensarse. Levantó la cabeza y miró sus hermosos ojos oscuros.
—¿Sobre qué?
Marco guardó silencio un momento, como si reuniera fuerzas.
—Sobre mi familia. Sobre lo que pasará cuando se enteren de lo nuestro.
Un escalofrío recorrió la espalda de Anna.
—¿Qué quieres decir?
—En nuestro mundo hay reglas —comenzó, deteniendo su mano en el cabello de ella—. Reglas canónicas, cuya violación puede costar la vida.
Anna se sentó, atrayendo la sábana hacia su pecho. De repente, el dormitorio le pareció frío.
—¿Y una de esas reglas?
—Nunca enamorarse de forasteros —Marco también se sentó, abrazando sus rodillas—. Los forasteros no pueden conocer nuestros secretos, no pueden formar parte de la familia. Son una amenaza.
Anna sintió que el mundo se tambaleaba bajo ella.
—¿Y yo soy una forastera?
—Sí —él miró por la ventana, sin atreverse a mirarla—. Una extranjera, una enfermera, una persona de otro mundo. Para mi padre, tú eres…
—¿Una enemiga? —su voz temblaba.
—Peor. Una debilidad —Marco finalmente la miró, y en sus ojos ella vio dolor—. Y las debilidades en nuestro mundo se eliminan.
Anna se levantó de la cama y se puso una bata. Estaba temblando.
—¿Qué significa eso, Marco? ¿Qué me harán?
—Anna…
—¡Dilo! —se giró hacia él—. ¿Qué harán?
Marco se levantó, intentó acercarse a ella, pero Anna retrocedió.
—Primero intentarán convencerme de que termine la relación. Te ofrecerán dinero por tu silencio y tu desaparición.
—¿Y si me niego?
—Entonces se asegurarán de que no puedas contarle nuestros secretos a nadie —su voz era apenas audible—. Para siempre.
Anna se envolvió en la sábana, sintiendo que su mente se negaba a pensar.
—Anna, escúchame —Marco la abrazó por los hombros y la giró hacia él—. No dejaré que te hagan daño. Nunca.
—¿Cómo? —lo miró a través de las lágrimas—. Tú mismo dices que son reglas. Reglas inquebrantables.
—Entonces las romperemos.
—¿Y el precio? Marco, ¿cuál es el precio de romper esas reglas?
Él no respondió, y eso fue una respuesta en sí misma.
—Nos matarán a los dos —susurró Anna.
—Tal vez.
—¿Tal vez? —lo empujó—. ¿Eso es todo lo que puedes decir? ¿Tal vez?
—¿Qué más puedo decir? —en su voz se coló la desesperación—. ¿Que puedo prometer un final feliz? ¿Que todo estará bien? ¡Esto no es un cuento de hadas, Anna!
—Entonces, ¿por qué me lo contaste? —gritó entre lágrimas—. ¿Por qué me dejaste enamorarme si sabías que esto era una sentencia de muerte? ¡Para los dos!
Marco la tomó de las manos y la atrajo hacia él.
—¡Porque no pude contenerme! ¡Porque desde el primer día en el hospital me vuelves loco! ¡Porque me enamoré de ti tan profundamente que estoy dispuesto a desafiar al mundo entero!
—¡No me hagas culpable de esto! —Anna intentó liberarse—. ¡No me hagas responsable de tus decisiones!
—¡No lo hago! —la sostuvo con firmeza—. ¡Te digo que te amo! ¡Que te amo como nunca he amado a nadie!
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos. La primera confesión de amor, dicha en medio de la ira y la desesperación.
Anna se quedó inmóvil, mirándolo.
—¿Qué dijiste?
—Que te amo —repitió más bajo, pero no menos apasionado—. Ti amo, Anna. Te amo hasta la locura.
Las lágrimas corrieron por sus mejillas con más fuerza.
—No puedes amar a alguien y al mismo tiempo condenarlo a muerte.
—¿Y si no te condeno? ¿Y si encuentro una manera?
—¿Qué manera? —susurró ella.
Marco tomó su rostro entre las manos y secó sus lágrimas.
—Aún no lo sé. Pero la encontraré. Te lo prometo.
—Marco, no entiendes… —Anna cerró los ojos—. Yo también te amo. Dios, cómo te amo. Y por eso duele tanto.
Él la besó con ternura, salado por las lágrimas.
—Entonces lucharemos —susurró contra sus labios—. Lucharemos por nuestro amor.
—¿Contra la mafia? —sonrió con amargura—. ¿Nosotros dos contra toda tu familia?
—Nosotros dos contra el mundo entero, si es necesario.
Anna miró sus ojos y vio en ellos una determinación que la asustaba y la inspiraba al mismo tiempo.
—¿Y si perdemos?
—Entonces al menos moriremos juntos.
Era la cosa más romántica y aterradora que había escuchado jamás.
—Estás loco —susurró ella.
—Sí. Locamente enamorado de ti.
La besó de nuevo, y esta vez ella respondió con la desesperación de alguien que sabe que esos besos podrían ser los últimos. Hicieron el amor otra vez, esta vez con un sabor a despedida, con la sensación de que el tiempo jugaba en su contra.
Más tarde, acostada en sus brazos, Anna miraba la luna por la ventana y pensaba en la ironía del destino. Ella, que había dedicado su vida a salvar personas, se había enamorado de alguien que las mataba. Y ahora ambos estaban amenazados de muerte por ese amor.
—Marco —dijo en voz baja.
—¿Mmm?
—Si tu padre me da a elegir entre mi vida y la tuya…
—No pienses en eso.
—Elegiré la tuya —continuó ella—. Porque el mundo puede perderme y nada cambiará. Pero si te pierde a ti…
—Anna, no.
—Si te elijo a ti, perderás la posibilidad de tu salvación. Y no podría vivir con eso.
Marco se giró y la miró a los ojos.
—Prométeme que no harás algo así.
—No puedo.
—Anna...
—Tú me prometes encontrar una manera de salvarnos a ambos, y yo te prometo no sacrificarme. ¿Es justo?
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Editado: 14.12.2025