Tras las cartas a mi primer amor

1. Una mecha encendida

Nueva York en la actualidad. 

En una buena vida, también existen momentos malos, o al menos eso me decía, ahora que todo parecía estar yéndose al traste.

Estos últimos meses estaban siendo agotadores, la peor época de mi relación con Jaime. Intentaba soportar la impotencia que nuestras continuas discusiones me causaban, ya se estaba convirtiendo en una rutina. Una que no podría seguir viviendo eternamente.

Me convencía de que la solución llegaría en algún momento donde ambos nos pusiéramos a buscar las soluciones que ahora se nos escapaban. Pero, ¿cuál era el verdadero problema?

Las opciones se atropellaban en mis pensamientos, llegando a una única y dolorosa conclusión; Jaime ya no estaba enamorado de mí

Hablar sobre sentimientos no estaba dando resultado, pues solía ser detonante de una nueva discusión. Eso y sus renacidos celos, incomprensibles para mí, eran un constante tira y afloja que no parecía querer llegar a un buen final.

Miré el reloj, temiendo llegar tarde para la cena, siempre servida puntualmente a las nueve sin tener dudas de que tendría que comer a solas y en frío, si no llegaba a tiempo.

Cenar juntos se convirtió en una de nuestras más románticas tradiciones. Llegar a casa del trabajo y tener nuestros momentos de pareja; preparando una rica comida entre charlas y risas, besos robados y caricias incitadores, que bajo la mesa nos llevaba a olvidarnos de todo, para comernos como si prefiriéramos empezar por el postre. Éramos puro amor, y lo echaba de menos.

No podía evitar preguntarme, ahora que reflexionaba del pasado que nos había llevado hasta aquel momento, si algo que yo hubiera hecho podía estar involucrado en que esos momentos se hubiera convertido en simples recuerdos.

Quizá no hubiera sido tan buena idea el haberme mudado con él a Nueva York, solo dos meses después de haber empezado como novios. Muchos me dijeron que era una locura, pero jamás lo vi así. Jaime y yo, éramos ante todo, los mejores amigos. Nos conocíamos desde el instituto, empezando como simples conocidos. Pero poco a poco y tras mi primera ruptura amorosa, fuimos conociéndonos en cada una de las oportunidades que nos ofreció el ser compañeros de clase en los últimos años de la enseñanza obligatoria. Hacíamos todo juntos. Quedábamos a diario para hacer las tareas, o incluso para tener una noche de peli con palomitas. Siempre era uno más de mi grupo de amigos indispensables sin llegar a sospechar que unos años después, él sería mi elección para ser mucho más que eso. Y qué decir de esos primeros meses; fueron como estar en una interminable luna de miel. Incitándome a creer que lo nuestro era del todo verdadero, real y puro. Un amor de los que ya no hay.

 ¿Cariño, estás en casa? —grité desde el pasillo, afinando el oído a ver si le escuchaba. Miré una vez más el reloj ¡bien, eran menos cinco! un motivo menos para incitar una discusión.

Silencio.

Me acerqué a la cocina, donde suponía estaría enfrascado en la cena que me había prometido preparar. Pero allí no estaba, comenzando a preocuparme.

¿Jaime? —insistí un poco más alto, dando unos pasos hasta el salón ligeramente iluminado, encontrándole absorto en uno de sus juegos de guerra, de la "Play Station".

Dio un ligero salto cuando advirtió mi presencia, quitándose los auriculares que habían hecho que no me escuchara.

Ya has llegado —habló con voz acusadora.

Sí, pensé que ya estarías con la cena, son casi las nueve —comenté soltando todo el equipo de fotografía en la esquina, convertida en mi estudio.

—No, hoy no tengo hambre —murmuró continuando con el juego.

Creía que habíamos quedado en cenar juntos... —suspiré decepcionada sin obtener respuesta —. Pero no importa, buscaré algo rápido para mí en la cocina.

Y una vez más, disfrutaría de una improvisada y solitaria cena.

¿Qué tal tu día en el trabajo? —quise saber sentándome tras él, percatándome de que ya se había duchado.

Bien, como siempre —simplificó como respuesta, sin llevar la conversación más allá.

Era desmoralizador ¿dónde había quedado nuestro empeño por tener al menos nuestros pequeños momentos juntos?

Me alegro... —admití buscando tentarle a continuar—. Yo he tenido que salir de la ciudad, por eso casi llego tarde.

—Ajá...

—Necesitaban material de bosques, así que imagínate...

—Ya...

Lo siento, me apetecía mucho cenar contigo esta noche...

Bueno, no pasa nada...

¿En serio? ¿No pasa nada? Así que hoy era el día de las respuestas excluyentes ¡Genial!

—Jaime... —susurré para luego suspirar, temiendo el no poder explicarle sin llegar a complicar las cosas, el cómo me sentía en aquel momento.

¡Estaba cansada! ¡Estaba triste! ¡Desmotivada!¡Aterrada! ¡Harta de que todo lo que hiciera nunca fuera suficiente!

 ¿¡Qué quieres de mí!? —grité involuntariamente haciendo que quedara como paralizado, bajando los brazos con el mando de la Play aún entre ellos —. No podemos seguir así ¡ya no puedo soportarlo!

Silencio.

Sé que algo te pasa, dímelo por favor...

Silencio.

¿He hecho algo que te haya molestado? ¿o solo es que ya no quieres estar conmigo?, pero debe haber alguna razón para que nuestra relación se haya enfriado tanto.

Silencio. Ni siquiera había variado un ápice su posición.

¿Sabes qué? ¡Se terminó! —grité tras un minuto, haciendo que mi nivel de paciencia pasara a ser de enfado por su indiferencia, levantándome con paso decidido hasta el dormitorio, donde cogería lo primero que encontrara y lo metería en una maleta. Tenía que salir de allí. Tenía que alejarme de aquella relación hecha añicos. Tenía que mirar de una puñetera vez por mí.




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