Travos...

1967

Travos irrumpió en la farmacia, sudando más por el terror que por la caminata que había hecho, y comenzó a escudriñar las estanterías con ojos de halcón. Estaba en una misión. Apenas había soplado las velas de su decimotercer cumpleaños y ya se enfrentaba a un desafío adulto. Ojeó los estantes meticulosamente, pero su tesoro no estaba a la vista. No, lo que buscaba no iba a estar entre las aspirinas y los jarabes para la tos. Estaba oculto y seguro tras la figura de la cajera, una chica que le sacaba un par de años y una docena de experiencias adolescentes.

--“Necesito uno de esos”—murmuró con una voz tan suave que casi se perdió entre el zumbido de la nevera de los refrescos, mientras señalaba furtivamente hacia el objeto de su deseo.

--“¿A qué se refiere, joven?”—respondió ella, frunciendo el ceño en señal de confusión.

--“A uno de esos”—insistió Travos, esta vez apuntando directamente hacia el tesoro escondido: los paquetes de condones, provocando que la cajera se girara con una mezcla de sorpresa y picardía.

--“¿De qué tamaño lo quiere y cuántos?”—preguntó la señorita, ahora con una sonrisa juguetona esbozada en su rostro.

Con la rapidez de un Houdini sacando una paloma de su sombrero, Travos se miró la bragueta Empujó su pantalón y calzoncillo hacia adelante en un gesto de falsa bravuconería. Luego, confirmo el tamaño y declaró:

--“Medium y uno, por favor”—dijo, intentando sonar más seguro de lo que realmente se sentía.

Con un guiño cómplice, la dependienta le despachó una caja de lata que contenía tres condones de la marca Ramsés, ignorando su pedido de solo uno. La caja de lata rectangular tenía un diseño peculiar, en la tapa de la caja se podían ver figuras que representan a personajes en atuendos típicos del antiguo Egipto, posiblemente un faraón y una figura femenina, ambos situados en un entorno que sugiere un paisaje o arquitectura egipcia, con columnas y motivos típicos de esa cultura. Debajo del nombre de Ramsés expresaba que eran trasparentes y de calidad garantizada. El Marque Deposée había registrado esa marca en el 1929.

El corazón de Travos retumbaba en sus oídos mientras agarraba su compra y pagaba a la chica. Con una última mirada cargada de nervios, salió disparado hacia la puerta.

Mientras trotaba hacia casa, Travos no pudo evitar sentir una mezcla de emoción y temor. La caja de condones Ramsés pesaba en su mano, cada paso resonando con el eco de su decisión. ¿Era este el hombre que quería ser? A cada cuadra, la ansiedad y la curiosidad se enredaban más, mientras contemplaba el diseño intrigante y el nombre exótico impreso en la caja. Sostenía la caja metálica, su superficie fría y los jeroglíficos impresos le recordaban una aventura más grande que la suya, un eco de historias antiguas y secretos aún por descubrir. Mientras avanzaba, su mente vagaba, ajena al origen histórico de ese nombre. Desconocía completamente que Ramsés II, lejos de ser solo una marca caprichosa para preservativos, era el nombre de un faraón del antiguo Egipto conocido no solo por sus monumentales construcciones, sino también por su vida amorosa escandalosamente activa. Este Ramsés II había sido un faraón de libido incontrolable, con nada menos que 105 descendientes acreditados a su prolífica virilidad, muchos de los cuales, según murmuraban los eruditos y las paredes de los templos, nacieron del amor prohibido con sus propias hermanastras.

A medida que Travos sostenía la caja de condones, su mente vagaba hacia la figura de Ramsés II, el faraón cuyo poder trascendía fronteras, no solo en lo terrenal sino también en lo divino. Su presencia imponente, con una estatura de 173 centímetros, parecía empequeñecer su propia incertidumbre adolescente. Dotado con una verga de 25 centímetros de largo, los nubios, más por un acto reverencial que por mera precisión anatómica, lo representaban con dicha característica destacada en un oscuro pigmento en los jeroglíficos del templo de Abu Simbel. Este gesto, más simbólico que descriptivo, pintaba un retrato no solo del hombre, sino también del mito que era Ramsés en los ojos de aquellos que lo veían como un dios entre mortales. Quien había decidido comerciar condones con la esfinge de Ramsés dominaba muy bien esta historia libida.

A cada paso que daba, Travos se sentía más como un personaje de una leyenda épica que como un adolescente con un paquete de condones. La ironía de llevar el nombre de un faraón notorio por su fertilidad, mientras él intentaba asegurarse de no embarcar en la paternidad precoz, añadía un matiz cómico a su andar reflexivo. Todo esto, por supuesto, bullía bajo la superficie de un chico que simplemente quería cruzar la línea de la adolescencia sin mayores percances.

Mientras continuaba su trayecto, Travos descendía la cuesta que desembocaba en la avenida San Patricio, pasaba por la calle Adams y luego giraba a la izquierda en la Asomante. Cada paso le llevaba a través de un paisaje familiar, tejido con recuerdos de una infancia más simple y despreocupada. Recordó cómo se deslizaba por esta cuesta empinada, en esos días jóvenes y despreocupados, montado en un improvisado carrito de ruedas de patines, sintiendo el viento en su rostro y la libertad en su risa. Su padre se lo había construido con varios maderos y ruedas de patines destrozados, utilizando un delgado trozo de soga como mecanismo de control. Este carrito rudimentario, una especie de embarcación terrestre hecha a mano, reflejaba la habilidad de su padre para transformar lo ordinario en algo extraordinario.

Recordaba aquellos días de su niñez, cuando su papa, un ingeniero de manos curtidas y padre de tres hijos, les perforaba minuciosamente con su taladro eléctrico rotos pequeños a los gallitos de algarrobo. Con habilidad casi quirúrgica, perforaba los frutos secos para insertarles un cordel, preparándolos para las peleas infantiles que organizaban en los claros de la grama del barrio. Se congregaban allí, bajo la sombra intermitente de los árboles, dos contrincantes con sus gallitos armados. En un ritual de toma y daca, cada niño tenía su turno para lanzar su gallito contra el del adversario, siguiendo las reglas no escritas de su juego ancestral hasta que uno de los frutos cedía, se escarapelaba, se rompía y finalmente moría.




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