Complejo J
La noche había caído sobre los límites del Complejo J.
Entre los árboles que marcaban la frontera prohibida, una figura avanzaba con rapidez, esquivando raíces, ramas y desniveles del terreno como si conociera aquel camino de memoria.
Phoenix.
Su respiración permanecía estable a pesar de la distancia recorrida. No era la primera vez que realizaba aquel trayecto y probablemente tampoco sería la última.
Frente a él comenzaron a aparecer las primeras torres de vigilancia del Complejo J. Sus luces blancas recorrían el bosque de forma intermitente.
Phoenix observó el movimiento de una de ellas y esperó pacientemente. La luz giró hacia el sector contrario; entonces avanzó. Saltó una valla metálica y aterrizó con suavidad sobre el suelo cubierto de hojas secas. Ni un solo ruido, ni una sola señal de alarma.
Sonrió satisfecho. Aquellos sistemas de seguridad habían sido diseñados para mantener alejados a los intrusos, no para detener al hijo del líder.
Continuó caminando hasta abandonar la zona boscosa. A lo lejos ya podía distinguir la mansión Jountugi, imponente, majestuosa. Construida en piedra blanca y rodeada de jardines perfectamente cuidados. La visión provocó que sus pensamientos regresaran inevitablemente al lugar del que acababa de volver.
El Complejo E, el territorio de los humanos.
Phoenix jamás había entendido el desprecio que muchos Jountugi sentían hacia ellos. Durante años le habían repetido las mismas palabras, débiles, inferiores, insignificantes, pero ninguna de aquellas descripciones coincidía con lo que él había visto.
Aquella misma tarde había pasado varias horas observándolos. Había visto estudiantes salir de clases cargando libros, había visto comerciantes discutir precios en un mercado, había visto músicos tocar en una plaza mientras niños corrían alrededor de ellos. No parecían inferiores, simplemente parecían diferentes y, en muchos aspectos, más libres.
Los humanos no estaban obligados a cargar con una maldición, no tenían líderes que decidieran el rumbo de sus vidas, no esperaban durante años la llegada de un supuesto salvador.
Vivían, y eso era algo que Phoenix comenzaba a envidiar.
Una voz grave interrumpió sus pensamientos.
—Llegas tarde.
Phoenix se detuvo en seco y es que ya conocía aquella voz.
Frente a la entrada principal de la mansión se encontraba Zahinos. Sus brazos permanecían cruzados detrás de la espalda y su expresión era imposible de descifrar.
—Buenas noches, padre.
—¿Lo son?
Phoenix contuvo un suspiro. Aquello no prometía terminar bien.
—Creo que sí.
—Curioso.
Zahinos descendió lentamente los escalones de la entrada principal.
—Porque yo llevo más de una hora esperando a mi hijo.
Phoenix mantuvo la calma.
—Salí a caminar.
—¿A caminar?
Necesitaba despejar mi mente.
—Entiendo.
El líder de los Jountugi lo observó durante varios segundos, demasiados segundos.
Phoenix sintió un leve escalofrío. Era la misma mirada que utilizaba cuando intentaba descubrir una mentira.
—Tienes tierra en las botas.
Phoenix bajó la vista.
Maldita sea.
El bosque está lleno de tierra y la tierra roja no pertenece a nuestros bosques. Por un instante, Phoenix creyó que todo había terminado, que Zahinos había descubierto sus visitas al Complejo E; sin embargo, el líder simplemente suspiró.
—Habrá una reunión dentro de una hora.
Phoenix levantó la vista.
—¿Una reunión?
Toda la manada asistirá.
—¿Qué ocurre?
—Lo sabrás cuando llegue el momento.
Phoenix frunció el ceño; odiaba las respuestas ambiguas.
—¿Es algo importante?
—Mucho.
Zahinos se dio media vuelta.
—No llegues tarde por segunda vez.
Y sin añadir una palabra más, ingresó en la mansión.
Phoenix permaneció inmóvil observando cómo desaparecía. Algo no encajaba. Su padre parecía demasiado serio incluso para sus estándares y eso solo podía significar una cosa.
Algo importante estaba por suceder, algo capaz de alterar el equilibrio de los complejos, y por alguna razón que no lograba explicar, un mal presentimiento comenzó a instalarse en su pecho. Phoenix atravesó los extensos pasillos de la mansión con el mismo mal presentimiento clavado en el pecho.
Las palabras de Zahinos seguían resonando en su cabeza.
"Algo importante".
No era una expresión que su padre utilizara a la ligera.
Subió las escaleras principales y se dirigió hacia su habitación para cambiarse. El barro rojizo del Complejo E seguía adherido a sus botas y no tenía intención de darle más motivos de sospecha a Zahinos.
Mientras se quitaba la chaqueta, observó por la ventana los jardines iluminados de la mansión. La vida dentro del Complejo J parecía tan ordenada como siempre, demasiado. Todo estaba regido por horarios, normas, jerarquías, tradiciones. A veces sentía que la verdadera prisión no estaba en las fronteras que separaban los complejos, sino dentro de aquellas paredes.
Una suave vibración interrumpió sus pensamientos. Su comunicador, que descansaba en una mesa cercana.
MYRON:
"¿Sigues vivo?"
Phoenix sonrió.
PHOENIX:
"Depende de cómo termine la reunión".
La respuesta llegó de inmediato.
MYRON:
"Entonces, probablemente no."
Phoenix soltó una breve carcajada; aquello no era muy propio de Myron.
El segundo más serio de los Portadores y probablemente el más pesimista, pero con un humor seco que aparece cuando menos se espera.
Guardó el dispositivo y salió de la habitación. Cuando llegó al corredor principal, encontró precisamente a Myron apoyado contra una de las columnas.
Myron era uno de los más altos de la última generación de Portadores. Su cabello oscuro, siempre cuidadosamente peinado hacia atrás, combinado con una piel canela marcada por incontables horas de entrenamiento bajo el sol. Sus rasgos eran afilados y serios, como si rara vez encontrara motivos para sonreír, aunque lo hacía con más frecuencia que el más serio de los Portadores.
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Editado: 29.06.2026