Trece: Serendipia

C A P I T U L O 2

La Cámara de Yosodeul volvió a quedar en silencio.

Phoenix permaneció inmóvil frente a la Tabla de los Pilares mientras observaba el símbolo incompleto que descansaba en el centro.

El décimo tercer elemento.

Durante años había escuchado historias sobre él, profecías, leyendas, promesas, y sin embargo, seguía siendo un misterio.

Un simple espacio vacío rodeado por doce símbolos, una respuesta que nadie había conseguido encontrar.

Las palabras de Tyr aún resonaban en su cabeza.

"¿Y si el problema es que siempre hemos estado buscándolo por separado?"

Phoenix apoyó una mano sobre la fría superficie de piedra. Quizás tenía razón, quizás no, pero lo único que sabía era que, para cuando amaneciera, todo cambiaría.

Repentinamente, un sonido metálico lo obligó a apartar la mano. Las enormes compuertas comenzaron a abrirse lentamente. Phoenix soltó un suspiro; no necesitaba girarse para saber quién acababa de entrar. El aire parecía enfriarse cada vez que Zahinos aparecía.

—Pensé que te encontraría aquí.

La voz de su padre resonó por toda la cámara. Phoenix permaneció observando la tabla.

—Y aun así preguntaste dónde estaba hace una hora.

Los pasos de Zahinos avanzaron sobre el suelo de piedra, lentos, controlados.

—Quería asegurarme.

—Claro.

El líder de los Jountugi se detuvo a pocos metros de él. Por unos segundos ninguno habló, la tensión entre ambos parecía llenar la habitación.

—Mañana será un día importante.

Phoenix dejó escapar una pequeña risa sin humor.

—Eso ya lo mencionaste unas cuantas veces.

—Y aun así sigues actuando como si no lo comprendieras.

Aquello consiguió que Phoenix finalmente se girara.

—Lo comprendo perfectamente.

—Entonces deberías entender por qué es necesario.

—¿Necesario para quién?

Zahinos sostuvo su mirada.

—Para todos.

Phoenix negó con la cabeza.

—Siempre dices eso.

—Porque es verdad.

—No.

Su voz fue más firme esta vez.

—Es necesario para los líderes. Para el consejo, para quienes llevan generaciones buscando una solución, pero ninguno de ellos es quien arriesgará la vida mañana.

El silencio volvió a instalarse. Zahinos observó a su hijo durante varios segundos.

—Sigues creyendo que los estoy enviando a morir.

—Porque es una posibilidad.

—También es una posibilidad encontrar aquello que hemos estado buscando durante siglos.

Phoenix apretó la mandíbula. Aquella era precisamente la diferencia entre ambos.

Zahinos observaba la posibilidad de éxito, mientras que Phoenix observaba todo lo que podía salir mal.

—No son números en una estrategia, son personas.

—Lo sé.

—Entonces actúa como si lo supieras.

Por primera vez, una sombra de cansancio cruzó el rostro de Zahinos. Fue algo breve, casi imperceptible.

—¿Crees que esto es fácil para mí?

Phoenix se quedó callado.

—He visto crecer a cada uno de ustedes. He visto sus entrenamientos, sus fracasos, sus esfuerzos. ¿Crees que enviaría a seis jóvenes a otro complejo si existiera otra alternativa?

Aquellas palabras lo hicieron dudar por un instante, solo un instante.

—Entonces ve tú.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué?

—Si realmente crees tanto en este plan, ve tú. Cruza la frontera, busca al Décimo Tercer Elemento, arriesga tu propia vida.

La expresión de Zahinos se endureció.

—Un líder tiene otras responsabilidades.

—Conveniente respuesta.

—Phoenix.

—No.

Phoenix apartó la mirada. No quería seguir discutiendo, no esa noche; estaba cansado, demasiado cansado.

—Mañana iremos al Complejo E. Lo haré porque no tengo elección, pero no esperes que esté de acuerdo contigo.

Los ojos de Zahinos se posaron nuevamente sobre la tabla, sobre el símbolo vacío.

—Algún día lo entenderás.

Phoenix observó el espacio donde debía encontrarse el Décimo Tercer Elemento.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

Sin añadir nada más, caminó hacia la salida. Las compuertas comenzaron a abrirse frente a él.

—Phoenix.

Se detuvo. La voz de Zahinos sonó diferente, menos autoritaria, más humana.

—Regresa con vida.

Phoenix permaneció inmóvil unos segundos, pero no respondió; simplemente continuó caminando y, cuando las puertas se cerraron detrás de él, la única certeza que tenía era que no estaba listo para lo que les esperaba al amanecer.

Phoenix recorrió los pasillos de la mansión sin un destino fijo. Las palabras de Zahinos aún daban vueltas en su cabeza.

"Regresa con vida."

Era curioso. Su padre podía ordenar una misión suicida con total serenidad, pero al mismo tiempo preocuparse por quienes la ejecutarían. Phoenix nunca había logrado comprenderlo del todo.

Terminó descendiendo las escaleras que conducían al patio de entrenamiento. Aún faltaban varias horas para el amanecer; sin embargo, una parte de él ya sabía dónde encontraría a los demás, y no se equivocó.

Las luces exteriores iluminaban parcialmente el enorme campo de entrenamiento.

Varios maniquíes de combate permanecían distribuidos por el terreno.

Armas de práctica descansaban sobre soportes de madera, y en medio de todo aquello... Leander estaba siendo perseguido por una esfera de roca.

—¡MYRON, DETÉN ESA COSA!

La enorme esfera avanzó rodando detrás de él.

—Estoy intentando hacerlo.

—¡INTÉNTALO MÁS RÁPIDO!

Leander saltó por encima de una valla, pero la roca atravesó la estructura de madera y continuó avanzando.

Phoenix observó la escena durante unos segundos.

—¿Debo preguntar?

La esfera finalmente se detuvo. Myron soltó un suspiro.

—Hizo enojar a Deo.

Phoenix negó con la cabeza y soltó una breve risa; al menos alguien parecía relajado.

Al mismo tiempo, a pocos metros, Deo descargaba golpes contra enormes bloques de piedra utilizados para entrenamiento. Cada impacto hacía vibrar el suelo; las grietas se extendían por la superficie de las rocas. La última terminó reducida a escombros.




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