13 de enero de 2019
Fue un fracaso.
Un asqueroso fracaso.
Lo había planeado todo tan bien... ¿y todo para qué?
Ni siquiera sé por qué voy a escribir esto aquí. Cuando lo lea en un futuro, tal vez solo vuelva a enojarme conmigo misma o a sentirme triste por lo que pasó.
Supongo que solo quiero desahogarme.
Bueno, esperé las clases libres de la tarde, cuando todos suelen pasear por la escuela: los jardines, la biblioteca, la cafetería. Edgar estaba ahí, sentado en una banca frente a la biblioteca, mirando su teléfono con tranquilidad. Era el momento perfecto, el ambiente era sumamente adecuado para mi confesión.
Arleth y yo fuimos hacia Edgar. Yo me senté justo a su lado, y entonces... Arleth se sentó en medio de los dos.
Ellos comenzaron a hablar de cosas que solo ellos estaban entendiendo y me estaban ignorando. Parecía mal tercio entre ellos.
Arleth sabía que hoy era importante para mí. Sabía que quería confesarle mis sentimientos a Edgar. Le toqué el brazo, dándole una señal para que se fuera. No sé si se hizo la desentendida, porque solo me miró, respondió a lo que hablaba con Edgar y siguió así por unos minutos. Pero al final me miró, se levantó y se despidió de ambos. Por fin se fue.
Por fin me dejó a solas con él.
Edgar siguió a Arleth con la mirada hasta que desapareció de su vista. Ese era mi momento... o eso creí. Se levantó, tomó su mochila y me dijo que tenía cosas que hacer en la biblioteca. Le pregunté si podía acompañarlo, pero me respondió que quería estar solo un momento.
¿Por qué se alejó así?
Con Arleth hablaba tanto, y ahora conmigo parecía aburrirle solo el mirarme.
Solo asentí. No podía retenerlo.
Él se despidió y me quedé sola.
Ni siquiera fui a buscar a Arleth después. Me quedé ahí, pensando y pensando. ¿Tal vez me vi con esa intención de confesarme y lo ahuyenté?
Como si el día no estuviera de mi lado, comenzó a llover. Tuve que refugiarme bajo el techo de la biblioteca.
Tomé mi teléfono, indecisa. Quería preguntarle a Edgar si pasaba algo, si había hecho algo mal. Tal vez era culpa mía. Cuando por fin me atreví a escribirle, me respondió que todo estaba bien. Me sentí aliviada... pero ese alivio duró muy poco.
Me llegó otro mensaje.
"Escucha, Ana. Ya sé que ibas a confesarme tus sentimientos, a decirme que te gusto."
Me quedé helada. Sentí las manos frías y un dolor horrible en el estómago.
"Pero me agradas solo como amiga. No me gustas de otra forma, ¿lo puedes entender? Me gusta alguien más. Lo siento."
Eso me dolió. Me dolió mucho. Ni siquiera tuve la oportunidad de decirlo yo misma. Me rechazó antes de poder confesarme.
Solo respondí:
"No te preocupes, todo bien, Edgar."
Guardé el teléfono.
Sentí que nada iba a volver a ser igual con él.
Y claro que no lo sería.
No después de esto.
Ya ni siquiera podría ser su amiga.
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Editado: 21.03.2026