26 de abril de 2019
Hace unos días fue mi cumpleaños.
Alonso volvió a hablar conmigo. Se veía diferente, más tranquilo. En la escuela incluso iba a visitarme al salón. Arleth se quedaba un rato con nosotros y luego se iba con Edgar detrás de unos edificios; querían estar a solas. Alonso y yo nos quedamos platicando frente a una banca de la biblioteca... la misma donde nos tocamos las manos por primera vez.
Ahí pasó lo más romántico que he vivido.
Alonso tomó mi barbilla y me dio un beso. Fue suave, lleno de sentimientos, como si prometiera algo sin decirlo. Todo era perfecto: nosotros, la noche, la luz de la luna. Después del beso nos quedamos abrazados un buen rato. Sentí que estaba viviendo un sueño. Ese día fue increíble.
Pero mi cumpleaños no lo fue tanto.
Alonso nunca me pidió que fuera su novia. No antes ni después de mi cumpleaños. Yo quería algo tranquilo, algo bonito. Planeé invitarlo a mi casa para que conociera a mi familia. En mi cabeza todo salía perfecto. Cuando llegó el día, lo presenté como mi amigo, un amigo de la escuela.
Eso le molestó. Lo noté en su mirada.
Durante toda la celebración estuvo serio, educado, muy maduro. Quería quedar bien. Y lo logró. Mi mamá incluso me dijo después que le había parecido un chico muy respetuoso, alguien bien vestido, no como los chicos que suelen vestirse de manera informal.
Yo pensé que todo había salido bien. Él había dado una excelente impresión a mis padres; incluso fue detallista, ya que compró un pastel de cumpleaños para mí. Fue un detalle que me derritió el corazón de ternura.
Cuando él se fue de mi casa, lo acompañé con mi mamá a tomar el transporte. Él iba a besarme delante de ella... y me dio vergüenza. No sé si es anticuado, pero no creí que fuera correcto. Al menos no ahora que yo solo había presentado a Alonso como un amigo.
Solo le di un beso en la mejilla y él me miró serio, pero no dijo nada. Se despidió y se fue.
Regresé a casa con mi mamá y apenas me relajé en el sofá para mirar un poco de televisión.
Cuando ya iba en el transporte, me envió un mensaje:
"¿Te da vergüenza que sepan que somos novios?"
Claro que no. No me daba vergüenza. Apenas iba a contestar cuando llegó otro mensaje:
"¿Por qué me presentaste como tu amigo? No me estás tomando en serio. Estás jugando conmigo. Ni siquiera quisiste besarme frente a mi suegra. No puedo creerlo, Ana Luisa, ¿qué demonios pasa por tu estúpida cabeza para que quieras herirme así?"
Eso no era verdad.
Le expliqué que en mi casa las cosas funcionan así. Mis padres están educados a la antigua; cuando yo lleve a un novio, él tiene que hablar con mis padres primero para pedir permiso de salir conmigo. Lo sé, suena muy antiguo y tal vez anticuado, pero esto era para que en un futuro ellos tuvieran confianza en mí, en mi pareja, y salir no fuera un tema pesado a la hora de pedir permisos.
De cierta manera, yo no lo veía tan mal... pero Alonso sí.
Me dijo que era ridículo, que era algo que solo antes se manejaba así, que yo no le estaba dando su lugar como mi pareja.
Entonces le pregunté algo que para mí era lógico, inocente:
"Ni siquiera me pediste que fuera tu novia... ¿ya somos novios?"
No fue un reclamo. No fue sarcasmo.
Pero su respuesta me rompió.
"¿Entonces el beso no significó nada? ¿Te besas con cualquiera entonces para que no signifique nada?", me respondió con bastante enojo. "No quiero hablar contigo hoy. Estoy enojado. No me llames."
Y me bloqueó.
Así, sin más.
Sentí un dolor horrible en el pecho. Me dolía el estómago de los nervios y la culpa. Me preocupé. Me sentí terrible. Incluso me enojé con mis padres.
Tal vez él tenía razón.
Tal vez ellos son anticuados y ahora, por culpa de sus estúpidas reglas, Alonso está enojado conmigo.
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Editado: 21.03.2026