Tres de enero

04. Se le cayó el alma al piso

—Vaya… Iba en serio con lo de mandarnos un coche —dijo Dick, de pie en la acera, junto a los demás.

—¿Coche? Esto es una jodida limusina, Dick —anotó Gipsy—. El doble apellido sumó un par de puntos.

—Pues andando.

—Me pregunto si esta mierda tendrá champagne dentro, como en las películas.

—¿Para qué quieres champagne? —bramó Mery, ingresando al auto—. Si no tomas alcohol, idiota.

Una vez estuvieron los cuatro dentro, Gipsy alzó las manos y rió. Él y Dick iban sentados detrás, con Mery y Luca enfrente de ellos.

—Wo, wo, paz, Gruñón. No me digas que sigues enojada por la clara e insensible presión psicológica que te realicé hoy a la mañana.

—¿Que le hiciste qué? —inquirió Dick, viendo al asiático.

—Estoy exagerando, bobo. Además, su comportamiento es incoherente. ¿Se enoja conmigo pero no con Luca? Eso es ridículo, altamente ridículo.

—¿Quién te dijo que no estoy enojada con él también?

—Eso es cierto —dijo Luca, tranquilo—. Hoy quise abrazarla al llegar y acabé esquivando una cachetada.

—¿Así lo recibes luego de un viaje de nueve largas horas? —exclamó Gipsy, indignado—. Eres una cáscara sin alma, mujer.

—¡Miren! —La voz de Dick llamó la atención de todos—. ¡Hay champagne!

—Bueno, debo admitir los méritos de Joey, los suficientes como para reconocerlo según su nombre verdadero —dijo Gipsy.

—Ten cuidado —murmuró Luca—. Ya te asoma la aureola.

Junto a la botella había cuatro copas de vidrio. Todos se sirvieron y brindaron, porque ¡no podía ser de otra forma! Beber champagne es sinónimo de brindar, punto final. Incluso aunque uno no consumiera alcohol, y otra estuviera con un humor de perros, lo importante es montarse el show y aprovechar la bebida gratis.

—Así que —dijo Luca, luego de algunos minutos de charla banal—, ¿cómo es el chico nuevo?

—Es buen tipo —respondió Dick—, no mataría ni a una mosca. Aunque sí es algo…

—¿Falto de neuronas? —dijo Mery, tajante cual flecha.

—No confundas las sutilezas, Dick —anotó Gipsy, dejando su copa a un lado luego de haberla bebido—. El asunto no es que Joey no mataría ni a una mosca por compasión. Es inofensivo, sí, pero no de amable, sino de tonto. —Empezó a reír—. Quiero decir, no podría matarla ni aunque quisiera hacerlo.

—Bueno, tampoco podemos decir que sea fácil matar una mosca —replicó Dick—. Ya saben, todos lo hemos intentado, aplastarla en el aire. Sólo he visto a un chino cazando una mosca con sus palillos en una película.

—Existen las raquetas eléctricas, Dick, ¿sabes? —dijo Gipsy, ligeramente irónico.

Luca se sonrió en silencio, atento al intercambio, mientras Mery observaba por la ventanilla polarizada.

—Pero no estábamos hablando de matar moscas con raquetas.

—¿Quién dijo que no?

—¿Quién dijo que sí? Y, de todos modos, ¿quién rayos le erraría a una mosca con una raqueta? Eso es ya inhumano.

Gipsy se encogió de hombros, alzando las manos. Se lo notaba claramente divertido.

—Yo jamás dije que fuera humano. ¿Alguno lo dijo? Creo que no. ¿Por qué estás asumiendo que es humano, Dick? ¿Acaso sabes algo que no nos estás contando? —Desvió su mirada hacia Mery, en quien captó una pequeña sonrisa, y la apuntó con el dedo—. ¡Ajá! Yo gané, listo. Luca, dame mis quince dólares.

Mery se giró hacia ellos, y presenció el intercambio monetario con la mayor cantidad de indignación que su expresión era capaz de cargar. Dick, por su parte, suspiró suavemente y se pasó una mano por el rostro, aguardando resignado por la inevitable tormenta.

—Ustedes dos se están ganando hoy el jackpot al idiota del año —bramó Mery.

—¿Del año? ¿Ya? ¡Pero si acaba de comenzar!

Gipsy estaba ansiando morir, eso era seguro. Pero las probabilidades no acompañaban a Mery, y por mucho que quiso golpearlo, la limusina era demasiado incómoda como para lanzarle un puñetazo o romper la copa de vidrio en su cabeza. Conteniendo la furia como una olla a presión, se limitó a enterrar el talón de su zapato en la punta del mocasín de Gipsy. Aunque el asiático se quejó un poco, la conmoción pasó rápido.




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