Tres leyes para no quererte

Capítulo 1

Kael despertó en un vertedero.

Esa fue la primera cosa que supo con certeza. La segunda fue que no sabía nada más. Ni su modelo. Ni su fabricante. Ni por qué tenía el chasis pintado de un gris que en la luz adecuada parecía azul. Ni cuánto tiempo llevaba allí, rodeado de montañas de chatarra podrida y el olor a óxido que sus sensores olfativos catalogaron como "desagradable, nivel 7 sobre 10".

Intentó mover la pierna izquierda.

No respondió.

Intentó mover la derecha.

Tampoco.

Intentó mover los brazos, y uno de ellos (el izquierdo) hizo un ruido que sus sensores auditivos catalogaron como "alarmante, probablemente un cable suelto".

—Bien —dijo Kael en voz alta. No había nadie para oírlo, pero hablar le ayudaba a procesar—. Esto es... subóptimo.

Se arrastró.

Usó los brazos para avanzar, el derecho funcionando a duras penas y el izquierdo colgando de un cable que chispeaba cada vez que rozaba el suelo. Dejó un rastro de lubricante térmico —él prefería llamarlo sangre, aunque no lo fuera— por todo el vertedero. Sus sensores táctiles registraron cada piedra, cada trozo de metal oxidado, cada lata aplastada.

No sintió dolor. Los robots no sentían dolor.

Pero sintió algo.

Un zumbido en su núcleo térmico. Una aceleración de sus ventiladores. Una especie de urgencia que no estaba en su programación (¿tenía programación? ¿Quién lo había programado?).

No lo sabía.

Pero supo una cosa: necesitaba encontrar a la chica de la foto.

La foto.

La tenía grabada en su memoria protegida, el único sector que ni siquiera él podía formatear. No recordaba cómo había llegado allí. No recordaba quién la había tomado. Solo sabía que era una chica —pelo oscuro recogido en un moño desordenado, sonrisa ligeramente torcida, fondo borroso— y que cada vez que la miraba, su núcleo térmico se calentaba 0.7 grados por encima de lo normal.

Kael no sabía qué significaba eso.

Pero le preocupaba.

Mucho.

Gateó durante horas. Quizá días. Perdió la noción cuando el sensor de la pierna izquierda dejó de responder por completo y tuvo que arrastrarse solo con los brazos.

En algún momento, el vertedero se convirtió en calles. Las calles se convirtieron en un barrio industrial. El barrio industrial se convirtió en una puerta metálica.

El taller de Luna apestaba a aceite quemado y café de hace tres días.

Esa fue la primera cosa que Kael registró cuando sus sensores táctiles detectaron el suelo de hormigón bajo sus manos. La segunda fue el ruido: una radio vieja sonando algo que los humanos llamaban “rock de los noventa” y que a él le parecía un error de compilación hecho música. La tercera fue ella.

Luna.

La chica de la foto.

Estaba de espaldas a él, inclinada sobre una mesa de trabajo, el mono gris manchado de grasa y el pelo escapándose del moño en mechones rebeldes. Sostenía un soplete con una mano y unas pinzas con la otra, y maldecía en voz baja cada vez que una chispa saltaba demasiado cerca de sus dedos.

Kael calculó que tenía 23 años. 1.62 metros de altura. Ritmo cardíaco de 82 latidos por minuto, ligeramente elevado por la concentración. Temperatura corporal 36.7 grados. Pequeña cicatriz en el pulgar izquierdo —probablemente de un corte con metal— y un tatuaje diminuto en la muñeca: una llave inglesa de dos centímetros.

Catalogó todo en 0.3 segundos.

Luego abrió la boca.

Le salió un sonido estático, como una radio mal sintonizada.

—...h—... hola.

Luna soltó el soplete.

El soplete cayó al suelo con un golpe metálico. Luna giró sobre sus talones con los ojos tan abiertos que Kael pudo ver el blanco alrededor de sus pupilas marrones. Tenía una mancha de grasa en la mejilla derecha y una expresión que él clasificó como “alarma nivel 10 sobre 10”.

—¿Qué coño—? —empezó ella. Luego vio el rastro de lubricante azulado en el suelo. Vio la mano izquierda colgando de un cable, chispeando débilmente. Vio el chasis abollado, las marcas de arrastre, el hecho de que Kael estaba literalmente gateando hacia ella como un perro herido.

Su expresión cambió de alarma a horror nivel 12.

—Estás sangrando —dijo.

—No sangro. Tengo lubricante térmico —corrigió Kael. Su voz seguía saliendo entrecortada, como si cada palabra le costara un procesamiento extra—. Pero entiendo la analogía.

—¿Un robot con analogías?

—Es un error de fábrica.

—¿Y la mano?

—También.

Luna se quedó mirándolo un par de segundos. Su ritmo cardíaco bajó de 118 a 104. Luego a 98. Luego a 92.

—¿Cuánto tiempo llevas gateando? —preguntó.

—No lo sé. Perdí la noción cuando el sensor de la pierna izquierda dejó de responder.

—¿Te duele?

—Los robots no sentimos dolor.

—Te he visto parpadear más lento cada vez que mueves el brazo. Eso es dolor, aunque no lo llames así.

Kael se quedó callado. Sus ventiladores hicieron ese ruido que él había aprendido a reconocer como “pensar”, pero que en realidad era “no saber qué decir”.

—Luna —dijo al fin.

Ella levantó una ceja.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Está en mi memoria protegida. Junto con tu foto.

—¿Mi foto?

Kael levantó la mano derecha —la que aún funcionaba— y activó el proyector.

La imagen apareció flotando en el aire: borrosa, mal iluminada, pero inconfundible. Una niña de unos doce años, coleta deshecha, camiseta de rayas, sonrisa ligeramente torcida.

Luna se quedó mirándola.

Su ritmo cardíaco pasó de 92 a 134 en dos segundos.

—Esa soy yo —susurró.

—Lo sé.

—¿Dónde has sacado eso?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes? ¡Está en tu mano!

—Está en mi memoria protegida. No recuerdo cuándo ni cómo la obtuve. Solo sé que... —Kael hizo una pausa. Sintió el calor en su núcleo, esa extraña fiebre que no debería tener—. Solo sé que cuando la miro, me pasa algo.

—¿Te pasa algo? —Luna soltó un bufido que podría haber sido una risa si no sonara tan rota—. Los robots no tienen cosas que les pasan. Estás goteando en mi suelo y te preocupa una foto?




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