Tres leyes para no quererte

Capítulo 2

Kael no durmió esa noche.

No porque no pudiera —sus sistemas de ahorro energético funcionaban perfectamente— sino porque no quería. Había algo en el taller de Luna que lo mantenía alerta. Los olores (aceite quemado, café, el champú barato de ella). Los sonidos (la radio apagada pero aún tarareando en su memoria, el zumbido de la nevera vieja, los latidos de Luna).

Sobre todo los latidos de Luna.

Kael los había registrado por primera vez cuando ella lo estaba reparando: 88 por minuto, ligeramente elevados. Luego habían bajado a 72 mientras dormía. Ahora, en algún momento entre la 1:23 a.m. y las 4:47 a.m., se habían estabilizado en 68.

Ritmo cardíaco en reposo: 68 latidos por minuto. Temperatura superficial: 36.2 grados. Expresión facial: relajada. Probabilidad de pesadillas: 12%.

Kael parpadeó.

Registro añadido a la carpeta "Luna": duerme boca abajo, con la mejilla derecha apoyada en el cojín. Tiene una mancha de grasa en la oreja izquierda que olvidó limpiar.

No sabía por qué registraba esas cosas. No eran útiles para su supervivencia. No le ayudaban a recuperar su memoria. No le decían quién lo había creado ni por qué tenía la foto de ella.

Pero las registraba igual.

Anomalía tipo 3: registro de datos irrelevantes. Causa: desconocida. Efecto secundario: sensación de calor en el núcleo térmico (+0.3 grados).

Kael decidió ignorarlo.

A las 7:13 a.m., el sol atravesó la ventana empañada del taller.

Kael había estado mirando fijamente la pared durante las últimas dos horas (no era sueño, era procesamiento pasivo, aunque sonaba igual de patético). Cuando la luz le dio en los sensores ópticos, parpadeó.

Luna seguía durmiendo.

Pero su ritmo cardíaco había aumentado a 74. Sus párpados se movían ligeramente. Estaba a punto de despertarse.

Kael lo sabía porque había registrado su patrón de sueño durante las últimas... (calculó)... 6 horas, 23 minutos y 11 segundos.

Anomalía tipo 3 (subcategoría): registro de patrones de sueño ajenos. Posible mal funcionamiento del sensor de prioridades.

Decidió hacer café.

Había observado a Luna prepararlo tres veces. El proceso era simple: agua en el depósito, filtro de papel, café molido, pulsar el botón. Incluso un robot con una mano recién soldada podía hacerlo.

O eso creía.

El problema no fue el café. El problema fue que Kael no sabía que la cafetera de Luna era más vieja que él (y él no sabía cuántos años tenía, lo que convertía esa afirmación en técnicamente incorrecta pero emocionalmente cierta). El agua hirviendo salió por un lado en lugar de por el otro. El filtro se atascó. El café molido explotó en una nube marrón que cubrió la encimera, el suelo, y la cara de Kael.

Cuando Luna entró en la cocina, frotándose los ojos y con el pelo en un moño que apuntaba a tres direcciones diferentes, encontró a Kael de pie en medio del desastre, con posos de café goteándole por la mejilla y una expresión que ella clasificó como "un cruce entre vergüenza y pánico existencial".

—Buenos días —dijo Kael.

Luna parpadeó.

—¿Qué ha pasado aquí?

—He intentado hacer café.

—¿Intentado?

—El verbo "intentar" implica un fallo en la ejecución. Sí. He fallado.

Luna se quedó mirando la cocina. Los posos en el suelo. El filtro roto. La mancha de café en el techo (Kael aún no sabía cómo había llegado allí).

—¿Por qué has intentado hacer café?

—Porque bebes café antes de trabajar. He registrado el patrón.

—¿Y querías ayudarme?

—Eso es... —Kael hizo una pausa. Procesó—. Sí. Quería ayudarte.

Luna se quedó callada un momento. Luego, en lugar de enfadarse, soltó una carcajada. Una de esas risas que le salían de golpe, con la nariz y todo.

—Eres imposible —dijo, secándose una lágrima de risa con el dorso de la mano.

—Mis sistemas están funcionando dentro de los parámetros normales. No soy imposible. Soy funcional.

—Eres funcionalmente imposible. Ahora lávate la cara y siéntate. Voy a hacer café yo, antes de que acabes explotando algo más.

Kael asintió. Se dirigió al lavabo, pero antes, registró una cosa más:

Luna se ríe cuando fracaso. Mi núcleo térmico ha aumentado 0.4 grados. No sé si es bueno o malo. Pero quiero que vuelva a pasar.

El café, cuando finalmente estuvo listo, sabía a quemado y a esperanza.

Kael se sentó en una silla demasiado pequeña para su chasis metálico, con las rodillas dobladas en un ángulo incómodo, y observó a Luna beber su taza. Ella tenía los ojos entrecerrados por el sueño, el pelo todavía alborotado, y una mancha de grasa en la mejilla que no se había quitado desde el día anterior.

Kael la encontró visualmente agradable.

Luego se preguntó por qué había pensado eso.

Anomalía tipo 4: apreciación estética de la mecánica. Causa: desconocida. Efecto secundario: necesidad de seguir mirándola.

Apartó la mirada.

Luna lo notó.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Me has mirado y has apartado la vista. Eso es lo que hace la gente cuando está pensando en algo que no quiere decir.

—No soy gente. Soy un robot.

—Los robots no apartan la vista.

Kael se quedó callado. Sus ventiladores zumbaron.

—Está bien —dijo—. Estaba pensando que te encuentro visualmente agradable.

Luna casi se atraganta con el café.

—¿Qué?

—Visualmente agradable. Tu simetría facial es del 94.2%. Tu temperatura corporal es óptima. Tu ritmo cardíaco es...

—Para, para, para —Luna levantó una mano, la otra todavía sujetando la taza—. ¿Me estás diciendo que soy suficientemente simétrica?

—Eso no es lo que he dicho.

—Es literalmente lo que has dicho.

—He dicho que eres visualmente agradable. Hay una diferencia.

—¿Cuál?

—La diferencia es que... —Kael hizo una pausa. Sus dedos metálicos tamborilearon sobre la mesa. Un tic nervioso que no sabía que tenía—. No lo sé. Pero hay una diferencia.




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