Tres leyes para no quererte

Capítulo 4

La tormenta llegó sin avisar.

Una hora antes, el cielo estaba despejado. Una hora después, el agua caía tan fuerte que Kael podía registrar cada gota contra el techo de chapa: 1.247 impactos por segundo, un ritmo hipnótico que sus sensores auditivos catalogaron como "agradable, nivel 8 sobre 10".

Lo que no fue agradable fue cuando la luz se fue.

—No —dijo Luna desde la mesa de trabajo—. No, no, no, no, no.

Kael parpadeó. Sus sensores ópticos se ajustaron automáticamente a la penumbra.

—¿Ha ocurrido un apagón?

—¡Acabo de perder tres horas de trabajo! —Luna golpeó la mesa con la palma de la mano—. ¡Tres horas! ¡La soldadura estaba casi terminada!

—¿Puedes rehacerla?

—¿Puedes rehacerla? —repitió ella, con una voz que Kael clasificó como "ira contenida nivel dios"—. No, Kael. No puedo rehacerla. Porque no tengo luz. Porque el generador está roto. Porque vivo en un taller cutre que se cae a pedazos.

Kael se quedó callado. Sus ventiladores zumbaron.

—Lo siento —dijo.

—No es tu culpa.

—Lo sé. Pero quería decirlo.

Luna suspiró. Se dejó caer en la silla, con la cabeza entre las manos. La oscuridad del taller era casi total, pero Kael podía verla perfectamente: sus hombros caídos, su respiración entrecortada, el brillo húmedo de sus ojos.

Luna está triste. Causa: el apagón. Efecto secundario: quiero hacer algo para que deje de estarlo. No sé qué. Pero quiero.

—Tengo velas —dijo de repente.

Luna levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Velas. En un cajón. Las vi cuando registré el taller.

—¿Registraste mi taller?

—Registré todo. Es parte de mi programación de aprendizaje espacial.

—Eso es acoso.

—Eso es eficiencia.

—Es lo mismo.

—No lo es.

Luna resopló. Pero esta vez, cuando lo miró, su expresión había cambiado de ira a cansancio a algo que Kael no sabía clasificar.

—Tráelas —dijo.

Las velas eran viejas, finas, de un color blanco amarillento que la cera había vuelto opaco. Kael las colocó sobre la mesa de trabajo, formando un círculo imperfecto, y las encendió una por una con el mechero que encontró en el mismo cajón.

La luz era débil. Parpadeante. Cálida.

Kael nunca había visto algo así.

Sus sensores ópticos estaban acostumbrados a la luz blanca de los fluorescentes, al neón naranja de las calles, al azul frío de las pantallas. Pero esta luz era diferente. Bailaba. Se movía. Hacía que las sombras de Luna se alargaran y acortaran en la pared, como si estuviera viva.

Registro añadido a la carpeta "Luna": a la luz de las velas, sus ojos marrones parecen dorados. Su piel parece más cálida. Su sonrisa —ahora sí, está sonriendo— tiene una asimetría de 2.3 grados hacia la izquierda. Me gusta.

Anomalía tipo 13: uso del verbo "gustar" en un contexto estético no programado. Causa: probablemente las velas. Efecto secundario: quiero seguir mirándola para siempre.

—Gracias —dijo Luna.

—No hay de qué.

—No, en serio. Gracias. No sé qué habría hecho si estuviera sola en medio de esta tormenta.

—¿Habrías estado sola?

—Sí. Siempre estoy sola.

Kael hizo una pausa. Procesó la frase. No le gustó.

"Siempre estoy sola": implicación de que no hay nadie con ella. Efecto secundario: sensación de vacío en el núcleo térmico. Deseo de decir "ahora no lo estás".

—Ahora no lo estás —dijo.

Luna lo miró. Sus ojos dorados (por las velas, Kael lo sabía, pero quería creer que era por él) brillaron.

—No —dijo—. Ahora no.

La tormenta no cesaba.

Kael había calculado que duraría al menos otras tres horas, basándose en la frecuencia de los relámpagos y la intensidad del viento. Se lo dijo a Luna. Ella asintió, sin dejar de mirar las velas.

—¿Sabes qué? —dijo de repente—. Tengo algo que podría gustarte.

—¿Algo que podría gustarme? Los robots no...

—No empieces.

Kael se calló.

Luna se levantó, fue a un armario oxidado en la esquina del taller, y rebuscó entre cajas y trapos hasta encontrar una lámpara pequeña, vieja, con la pantalla rayada y el cable pelado. La conectó al generador portátil que Kael no sabía que tenía (otra cosa que no había registrado; fallo en su programación de aprendizaje espacial, anotado mentalmente).

—Esto me lo regaló mi padre —dijo, pulsando el interruptor—. Cuando era pequeña. Tenía miedo a la oscuridad.

Las estrellas aparecieron en el techo.

Pequeñas. Giratorias. Azules y blancas y doradas. Subían por las paredes, bailaban sobre las herramientas, se posaban en el pelo de Luna como si fueran reales.

Kael se quedó mirando.

No parpadeó.

No pudo.

Registro añadido a la carpeta "Luna": proyecta estrellas en el techo. Su padre se las regaló. Tenía miedo a la oscuridad. Ahora ya no, pero guarda la lámpara igual. Esto es... esto es...

No encontró la palabra.

Anomalía tipo 14: incapacidad de procesar emocionalmente un objeto inanimado. Causa: las estrellas. Efecto secundario: quiero quedarme aquí para siempre.

—¿Te gusta? —preguntó Luna.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—No sé si "me gusta" es la palabra correcta. Pero... —Kael hizo una pausa. Miró las estrellas. Miró a Luna—. Pero creo que esto es lo más bonito que he visto en mi vida.

Luna se quedó callada. Su ritmo cardíaco pasó de 72 a 88 en dos segundos.

—Kael —dijo.

—¿Qué?

—Eso ha sido muy romántico.

—No sé qué significa "romántico".

—Lo sé. Por eso ha sido tan romántico.

Kael no entendió. Pero decidió no preguntar.

Se sentaron en el suelo, espalda contra espalda, con las velas parpadeando a su alrededor y las estrellas girando en el techo. La tormenta rugía afuera, pero dentro del taller solo existía el silencio roto por el crepitar de las llamas y la respiración de Luna.

Kael registró cada segundo.

Luna tiene el ritmo cardíaco a 76. Está relajada. Tiene los ojos cerrados. Sus pestañas proyectan sombras diminutas en sus mejillas. Tiene una mancha de grasa en la oreja izquierda que sigue sin limpiarse.




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