El ascensor del Hotel Meridian descendía con una lentitud que Elena encontró ofensiva. No porque tuviera prisa —de hecho, no tenía ningún destino concreto, solo la necesidad de estar en movimiento, de no quedarse quieta en ningún lugar donde pudieran alcanzarla esas tres miradas—, sino porque la caja de metal y espejos le devolvía su propio reflejo con una crueldad que no estaba preparada para enfrentar. Se veía... alterada. No despeinada —su moño perfecto seguía intacto, un nudo de control en la base de su cuello—, pero había un brillo en sus ojos que no reconocía. Un brillo de hambre. De curiosidad. De la clase de imprudencia que había jurado dejar atrás cuando abandonó Londres con su corazón hecho pedazos y su cuenta bancaria como único consuelo.
El espejo le mostró algo más: la servilleta arrugada asomando del clutch de raso negro. «...yo no muerdo... a menos que me lo pidas.»
Elena cerró los ojos. Cuando los abrió, el ascensor se había detenido en el vestíbulo.
El aire de la noche madrilenesa la golpeó como una bofetada de libertad. Septiembre en Madrid olía a tuberías calientes, a escape de autobuses, a jazmín salvaje que trepaba por las rejas de los jardines de Azca. Elena respiró hondo, dejando que el pulso de la ciudad reemplazara el ritmo de su propia sangre. Caminó sin dirección, los tacones resonando contra el asfalto con una cadencia que sonaba a fuga. No una fuga cobarde. Una retirada estratégica. Necesitaba espacio. Necesitaba que su piel dejara de sentirse demasiado pequeña para contener todo lo que había despertado en esa terraza.
—Eres rápida. —La voz emergió de las sombras de un portal, entre el resplandor de un escaparate y la penumbra de una calle secundaria. —Pensé que te quedarías arriba al menos otros veinte minutos, dejando que te cortejaran con la elegancia de tiburones en un acuario.
Elena se detuvo. No se sobresaltó. Había aprendido en Londres que el miedo físico era el más fácil de controlar; era el miedo emocional el que destrozaba defensas. Y esta voz —rasca, baja, con el dejo de quien ha fumado demasiado o gritado demasiado o ambos— no le inspiraba miedo físico. Le inspiraba... alerta. Esa tensión en la nuca que precede a la tormenta.
Diego Ferreira se separó de la pared contra la que había estado reclinado, iluminado a medias por la luz de una farola que parpadeaba. Tenía una mano en el bolsillo de su chaqueta de cuero y la otra sosteniendo un cigarrillo que no parecía haber tocado en minutos. La ceniza colgaba, larga y vulnerable, a punto de caer.
—¿Me seguiste? —preguntó Elena, girándose para encararlo. Mantuvo la distancia. Tres metros. El espacio que permitía evaluar sin comprometerse.
—Te observé irte. —Diego dio una calada al cigarrillo, finalmente, y el resplandor rojo iluminó por un instante el ángulo duro de su mandíbula, la curva de esa boca que no sonreía pero que prometía demasiado. —Eso no es seguir. Seguir implica no querer ser visto. Yo quería que me vieras. De hecho, aposté contigo misma a que saldrías por esta puerta en lugar de la principal. Pareces del tipo de mujer que evita las despedidas formales.
Elena cruzó los brazos. El gesto era defensivo, lo sabía, pero también le daba algo que hacer con las manos que de repente querían agarrar algo. O a alguien.
—Y tú pareces del tipo de hombre que hace apuestas sobre extraños en lugar de presentarse como la gente normal.
—La gente normal —dijo Diego, y ahora sí sonrió, una expresión torcida, amarga, que no llegó a sus ojos— es aburrida. Y tú, Elena Varela, no me pareces aburrida. Aunque sí me pareces alguien que se aburre mucho. Esa es la diferencia. Hay gente que es aburrida, y hay gente que solo está aburrida de sí misma. Tú eres la segunda.
Elena sintió que algo dentro de ella se tensaba. No era una ofensa. Era un diagnóstico. Y lo peor —lo peor de todo— era que tenía razón.
—No sabes nada de mí.
—Sé que volviste de Londres hace seis meses. —Diego se apartó de la pared y dio un paso hacia ella, lento, dándole tiempo de retroceder. Elena no lo hizo. —Sé que trabajas para Marta Herrera porque te debía un favor del que no habla. Sé que tu apartamento en Chamberí está amueblado con el catálogo de IKEA más caro y el alma más barata. Y sé —dio otro paso, y ahora estaba a un metro y medio, lo que permitía oler el tabaco, algo amaderado, y una base de pintura o solvente que no lograba identificar— que cuando Sarmiento te puso la mano en la espalda, quisiste apartarte pero no lo hiciste. No porque te diera miedo. Sino porque querías saber hasta dónde llegaría.
Elena sintió que el aire se había vuelto denso. No por la humedad de Madrid, sino por la proximidad de este hombre que hablaba como si hubiera estado dentro de su cabeza.
—¿Quién eres tú? —Su voz salió más baja de lo que pretendía. No temblaba. Pero estaba cerca.
—Alguien que también ha pasado mucho tiempo siendo observado. —Diego apagó el cigarrillo contra la pared, sin prisa, sin mirarla, como si el gesto fuera más importante que la conversación. —Cuando te miran constantemente, aprendes a leer las miradas de los demás. Y la tuya, Elena, no es la mirada de alguien que huye. Es la mirada de alguien que está harta de ser la única que juega limpio en un mundo de tramposos.
Elena debería haberse ido. Debería haber girado sobre sus tacones y caminado hacia la boca del metro, hacia la seguridad de su sofá gris y su nevera ordenada. Pero sus pies no se movieron. Porque Diego había dicho *tramposos*, y algo en esa palabra resonó con una verdad que no había compartido con nadie en Madrid.
—¿Y tú? —Elena inclinó la cabeza, imitando el gesto de evaluación que había usado Sarmiento. —¿Eres un tramposo, Diego?
—Soy el peor de todos. —Dijo su nombre con naturalidad, como si ya lo hubiera pronunciado cien veces. —Pero al menos no finjo ser otra cosa. Esa es mi única virtud, si se le puede llamar así. No miento sobre lo que soy. Exconvicto. Hijo de nadie. Artista mediocre que vende cuadros a precios absurdos porque la gente rica necesita sentirse intelectual comprando miseria embadurnada en lienzo. —Se encogió de hombros, y por primera vez Elena vio algo vulnerable debajo de la armadura de cuero y cinismo. —Soy un cliché con chaqueta de moto. Pero soy un cliché honesto.