Tres sombras y un solo latido.

capitulo 3

Elena no durmió.

No fue insomnio de preocupación, al menos no del tipo que ella conocía: el de las hojas de cálculo que no cuadran, el de las reuniones que se avecinan, el de los errores pasados que regresan en la oscuridad con facturas por cobrar. Esta noche fue diferente. Fue un insomnio de cuerpo despierto, de piel que recordaba tres contactos distintos —la mano posesiva de Sarmiento en su espalda, los dedos de Diego en su sien, la palma cálida de Daniel envolviendo la suya— y que se negaba a olvidarlos. Fue un insomnio de preguntas que no tenían forma todavía, de deseos que no sabía si eran suyos o si los había heredado de la Elena de Londres, esa mujer que gritaba y lloraba y sentía con una intensidad que la Elena de Madrid había sepultado bajo protocolos y prudencia.

A las seis de la mañana, Elena abandonó la lucha. Se levantó de su cama de matrimonio —demasiado grande, demasiado vacía, comprada con la ilusión de que algún día alguien ocuparía la otra mitad— y caminó descalza hasta la ventana. El apartamento de Chamberí olía a café de la máquina que había programado la noche anterior y a la lavanda de las sábanas recién cambiadas. Orden. Control. Una vida construida con la precisión de un informe de auditoría. Pero cuando miró por la ventana, hacia la calle aún gris del amanecer, vio reflejado en el cristal no su propio rostro desmaquillado, sino el de Diego Ferreira, emergiendo de las sombras con una sonrisa torcida. Parpadeó. El reflejo desapareció. Solo quedó ella, con ojeras que ningún corrector conseguiría disimular y una resolución que comenzaba a gestarse en algún rincón profundo de su pecho.

A las ocho y media, Elena cruzaba la puerta giratoria del edificio Torre Sarmiento en el Paseo de la Castellana. El vestíbulo era un templo al capitalismo contemporáneo: mármol blanco de Carrara que reflejaba la luz como hielo, una escultura de metal que parecía un corazón retorcido —¿ironía deliberada o mera ostentación artística?— y guardias de seguridad con auriculares que la evaluaron con la misma frialdad con la que Sarmiento la había evaluado en la terraza. Elena llevaba un traje de chaqueta gris perla, camisa de seda blanca, y tacones que cliqueaban contra el mármol con un sonido que ella había ensayado mentalmente para que sonara a propósito, no a prisa.

—Señorita Varela. —El recepcionista, un hombre joven con gafas sin montura, consultó una tablet con la eficiencia de quien sabe que está siendo observado por cámaras. —El señor Sarmiento la espera en la planta cuarenta y dos. Ascensor privado, a su derecha.

Elena asintió. No sonrió. Sonreír en territorio enemigo era entregar información gratuita.

El ascensor privado de Sarmiento no tenía botones. Solo una pantalla táctina donde el recepcionista había introducido un código antes de que ella entrara. Las puertas se cerraron con un siseo hermético, y Elena se encontró atrapada en una caja de espejos tintados y madera oscura que olía a cuero nuevo y a algo más sutil, algo que identificó después de un momento: el mismo aroma de Sarmiento, esa mezcla de cedro y especias que había percibido cuando se inclinó sobre ella en la calle. El ascensor ascendió con una velocidad que presionó contra sus tímpanos, y Elena se agarró a la barra de latón pulido, obligándose a respirar lento. Cuatro. Tres. Dos. Uno.

Las puertas se abrieron no a un pasillo, sino directamente a un despacho. Un espacio tan vasto que la luz de la mañana, entrando por ventanales de cristal que iban del suelo al techo, parecía insuficiente para llenarlo. El escritorio —una losa de madera negra que parecía flotar sobre la moqueta gris— estaba vacío salvo por una laptop cerrada y una única flor blanca en un jarrón de cristal. Orquídea. Elena reconoció la variedad: Phalaenopsis, la orquídea mariposa. Resistente. Adaptable. Capaz de sobrevivir en condiciones que matarían a flores menos pragmáticas.

Sarmiento estaba de pie junto a la ventana, con la espalda hacia ella, contemplando la ciudad que se extendía bajo sus pies como un reino. Llevaba un traje azul marino que parecía haber sido tejido alrededor de su silueta, y tenía las manos entrelazadas detrás de la espalda con una formalidad que Elena asoció con militares o reyes. No se giró cuando ella entró.

—Llegas temprano —dijo, y su voz resonó en el espacio vacío con una intimidad que Elena encontró perturbadora. —Eso significa que no dormiste. O que dormiste poco y mal. ¿Cuál de las dos?

—Significa que soy puntual —respondió Elena, caminando hacia el centro de la habitación sin que nadie la invitara a sentarse. —Y que no me gusta que me hagan esperar. Ni siquiera a mí misma.

Sarmiento se giró. La luz de la mañana iluminó su perfil desde atrás, transformándolo en una silueta recortada contra el cielo de Madrid. Pero sus ojos —esos ojos glaciales que ella recordaba— estaban en sombra, y eso, de alguna manera, los hacía parecer más humanos. Más peligrosos.

—¿Te gusta el café? —preguntó, y antes de que ella respondiera, tocó un botón invisible en el borde de su escritorio. Una puerta lateral se abrió y una mujer con uniforme de catering entró con una bandeja de plata. Dos tazas. Una cafetera de prensa francesa. Ningún azúcar. Ninguna leche. Solo café negro, intenso, inevitable.

—No me has dado opción —observó Elena cuando la mujer depositó la bandeja en una mesa auxiliar y desapareció con la misma eficiencia silenciosa con la que había llegado.

—Nunca te doy opciones, Elena. —Sarmiento se acercó a la mesa, sirvió dos tazas con movimientos precisos, y le extendió una. —Te doy elecciones. Hay una diferencia crucial. La opción implica que puedes negarte. La elección implica que ya sabes lo que quieres, y solo necesitas permiso para tomarlo.

Elena aceptó la taza. El porcelana era fina, casi transparente, y el café olía a tierra quemada y promesas. No bebió todavía. Esperó.

—Anoche —dijo Sarmiento, tomando asiento en uno de los dos sillones de cuero que flanqueaban una chimenea eléctrica que no emitía calor pero sí una luz que simulaba llamas—, te prometí la verdad. O al menos, una parte de ella. Siéntate, Elena. No porque te lo pida. Siéntate porque la conversación que vamos a tener dura más de lo que tus tacones permiten estar de pie.




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