Tres sombras y un solo latido.

capitulo 4

La pantalla brillaba con una luz azulada que hacía que el despacho de Sarmiento pareciera una sala de cine clandestina, uno de esos lugares donde se proyectan películas prohibidas que nadie debe ver. Elena se sentó en la silla de cuero de Sarmiento —la silla del trono, pensó con amargura, apropiándose del territorio enemigo— y apoyó los codos en el escritorio. Sus manos se entrelazaron para evitar que temblaran. Diego se quedó de pie a su lado, una sombra inmóvil, pero ella sintió su presencia como un escudo caliente contra su hombro.

En la pantalla, Victoria Ashford ocupaba el centro de un despacho que Elena reconocía instantáneamente. El de Londres. El mismo escritorio de roble donde ella había pasado noches enteras revisando proyecciones de mercado, el mismo ventanal que daba al Támesis gris, la misma lámpara de Tiffany que Victoria había comprado en una subasta en Sotheby's y que Elena siempre había encontrado vulgar en su opulencia. Victoria llevaba un traje de tweed color burdeos, su cabello rubio platino recogido en un moño impecable, y sus ojos —grises, fríos, del mismo tono glacial que los de Sarmiento pero sin la máscara de civilidad— miraban directamente a la cámara con una intensidad que Elena recordaba demasiado bien. Era la mirada que precedía a las órdenes imposibles. A las noches que no terminaban. A las manos que se posaban donde no debían.

—Elena —dijo Victoria, y su voz salió del altavoz de la laptop con una claridad cristalina que hizo que Elena se estremeciera—. Si estás viendo esto, significa que Alejandro finalmente creció un par de ovarios y te lo entregó. O que se lo quitaste. En cualquier caso, me enorgullece. Siempre supe que tenías instinto depredador. Solo necesitabas el escenario correcto para dejar de fingir que eras herbívora.

Elena apretó los dientes. Herbívora. Esa había sido la palabra favorita de Victoria para describir a quienes consideraba inferiores. Presas que no sabían que lo eran.

—No voy a pedirte perdón —continuó Victoria, inclinándose hacia adelante, y la cámara capturó el destello de un collar de perlas alrededor de su cuello. Perlas que Elena reconocía. Le había pertenecido a su madre. O eso creía. O eso le había dicho Victoria cuando se las regaló en Navidad, hace tres años, con una sonrisa que entonces Elena interpretó como afecto y ahora leía como reclamo—. Porque lo que ocurrió entre nosotras en Londres no fue un error. Fue una prueba. Y tú, querida, la aprobaste. No al principio. No cuando huiste como una cobarde con tu maleta mal hecha y tu billete de avión de última hora. Pero ahora, aquí, viendo esto... estás aprobando la prueba final. El regreso. La confrontación.

Diego se movió a su lado. Elena no miró hacia arriba, pero sintió que su mano se posaba en el respaldo de la silla, a centímetros de su hombro. No la tocó. Pero estaba allí. Presente.

—Hace cinco años —prosiguió Victoria, y su tono cambió, adquiriendo una cadencia que Elena asociaba con sus discursos ante el consejo de administración, esa musicalidad hipnótica que hacía que los números más brutales sonaran a poesía—, fundé algo más que una firma de inversión. Fundé una sucesión. Un linaje. No de sangre, porque la sangre es volátil y traicionera. Un linaje de lealtad. De capacidad. De... obediencia selectiva. Y tú, Elena, fuiste mi candidata desde el primer día que entraste a mi oficina con tu currículum impreso en papel barato y tu chaqueta que olía a humedad de estudiante pobre.

Elena sintió que el calor subía por su cuello. No era vergüenza. Era furia. Una furia que había mantenido congelada durante meses, años, y que ahora sentía descongelarse con un dolor casi físico.

—Te enseñé todo —dijo Victoria, y ahora su voz bajó, se volvió íntima, y Elena odió esa intimidad con una intensidad que la sorprendió—. Te enseñé a leer el mercado como quien lee el futuro en las entrañas de un animal sacrificado. Te enseñé a negociar con hombres que te subestimaban. Te enseñé a usar tu silencio como arma. Y luego, cuando estuviste lista... —Victoria hizo una pausa, y en esa pausa Elena escuchó su propio corazón, un tamborileo salvaje en sus oídos—. Te enseñé a quererme. No como jefa. No como mentora. Te enseñé a quererme como... heredera. Como la hija que nunca tuve y que, créeme, nunca quise tener de forma convencional. Porque las madres convencionales producen hijas convencionales. Y yo necesitaba una sucesora. Alguien que pudiera tomar las riendas cuando yo decidiera que el mundo ya no me divertía lo suficiente.

Elena cerró los ojos. No quería ver. No quería escuchar. Pero la voz de Victoria seguía fluyendo, imparable como el agua que encuentra grietas en un dique.

—Pero cometí un error —continuó Victoria, y por primera vez hubo algo en su tono que sonó a... ¿arrepentimiento? No. Victoria no se arrepentía. A lo sumo, recalculaba estrategias—. Te permití conocer demasiado. Te permití ver los libros reales. Las cuentas ocultas. Los nombres de los hombres —y mujeres— que realmente gobiernan este continente desde las sombras de los bancos y los paraísos fiscales. Y cuando te diste cuenta de que no eras mi protegida, sino mi... recluta, te asustaste. Hiciste lo que las presas hacen: huir. —Victoria se recostó en su silla, y la luz del Támesis iluminó su perfil con una frialdad que la hacía parecer una estatua de mármol—. Pero aquí está la verdad que Alejandro no te contará, porque él todavía cree que puede protegerte de mí con cheques de alquiler y miradas de cachorro herido: no huyes de mí, Elena. Nunca lo hiciste. Huyes de ti misma. De la mujer que te convertí. De la mujer que, en el fondo, ya eres y que temes reconocer.

El video se cortó abruptamente. No había más. Victoria desapareció, dejando solo una pantalla negra con el reflejo de Elena, pálida, con los ojos brillantes de lágrimas que no caían, y de Diego, inclinado sobre ella con una expresión que ella no supo leer.

El silencio en el despacho fue absoluto. El zumbido de la chimenea eléctrica había cesado. El tráfico de la Castellana parecía haberse detenido. Solo existía el latido de Elena, cada vez más fuerte, como un animal enjaulado que finalmente encuentra las barras.




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