Madrid a mediodía tenía un color que Elena estaba olvidando. No el gris perla de los edificios de Azca ni el dorado artificial de los hoteles de lujo. Era un color más terroso, más humano: el ocre de las fachadas de Malasaña, el rojo desvaído de las persianas de las tiendas de la Calle Fuencarral, el verde casi negro de los ficus que asomaban desde los balcones con macetas rotas. Elena caminaba sin rumbo fijo, pero sus pies la llevaban inevitablemente hacia el norte, hacia el barrio donde las paredes estaban llenas de grafitis que no entendía del todo y donde el aire olía a café recién hecho y a libertad juvenil que ella nunca había tenido tiempo de ejercer.
Llevaba gafas de sol grandes, no por el sol —que era débil, de septiembre—, sino por la necesidad de sentirse invisible. La llave USB ardía en el bolsillo interior de su chaqueta de lino beige, un peso que la empujaba hacia adelante y hacia atrás al mismo tiempo. Victoria en pantalla. Diego confesando. Sarmiento suplicando con los ojos. Y ella, en el centro, exigiendo un día. Un día que ya llevaba tres horas y que, para su sorpresa, no la había dejado vacía. La había llenado de una urgencia nueva: la de reconstruirse desde los cimientos.
La librería se llamaba La Otra Orilla. Elena la había descubierto dos meses después de llegar a Madrid, en una de sus escapatorias furtivas los sábados por la mañana, cuando aún fingía que su vida tenía espacios de ocio. Era pequeña, abarrotada, con estantes que se inclinaban peligrosamente bajo el peso de libros usados y una dependienta anciana que siempre llevaba un chal morado y que nunca le había preguntado nada. Era el único lugar en la ciudad donde Elena no era la ejecutiva Elena Varela. Era simplemente la chica que compraba poesía uruguaya y dejaba propinas exageradas.
Empujó la puerta de cristal empañado. El timbre sonó con una cadencia familiar. Y fue entonces cuando lo vio.
Daniel Prieto estaba arrodillado en el pasillo estrecho entre los estantes de ensayo y los de poesía latinoamericana, con tres libros abiertos en el suelo de madera desgastada y una expresión de concentración que le hacía parecer un niño perdido en un mundo de adultos. Llevaba vaqueros —no los del traje de la terraza, sino unos gastados, con roturas en las rodillas que parecían genuinas— y una camiseta blanca debajo de una chaqueta de tweed que habría parecido ridícula en cualquier otro hombre, pero que en él adquiría una especie de encanto despreocupado. No la vio enseguida. Estaba demasiado ocupado leyendo un pasaje en voz baja, con los labios moviéndose casi imperceptiblemente.
Elena se quedó quieta junto a la puerta. La dependienta anciana levantó la vista de su revista, la reconoció, y una sonrisa casi imperceptible cruzó su rostro arrugado. Elena le devolvió un gesto mínimo. Y luego, sin decidirse aún si avanzar o retroceder, escuchó las palabras que Daniel murmuraba:
—«Y si no puedo amarte con mi boca, te amo con mis ojos silenciosos...» —Hizo una pausa, frunciendo el ceño, y luego rio para sí mismo. —Benedetti, Benedetti... siempre el mismo truco. Hacer que lo simple parezca inevitable.
Elena sintió que algo se aflojaba en su pecho. Un nudo que no sabía que tenía. Caminó hacia él, y el crujido de sus zapatos sobre la madera vieja lo hizo girar la cabeza.
—Elena. —Su expresión de sorpresa fue genuina, pero no excesiva. Como si, en algún rincón de su mente, hubiera estado esperándola sin admitírselo. Se levantó de un salto, dejando los libros en el suelo, y se pasó una mano por el cabello rubio, que estaba más despeinado que nunca. —Dios. Esto es... bueno, o es una coincidencia estadísticamente imposible, o Madrid es mucho más pequeña de lo que parece. O te estoy siguiendo y soy mucho más creepy de lo que intento proyectar.
—¿Cuál de las tres? —preguntó Elena, deteniéndose a un metro de distancia. Mantuvo las gafas puestas. Se sentía más segura detrás de los cristales oscuros.
—La segunda —dijo Daniel, y su sonrisa apareció, el hoyuelo y todo—. Madrid es pequeña. Y yo vengo a esta librería los sábados por la mañana desde hace años. Mi hermana... —Hizo una pausa, y algo pasó por sus ojos verdes, una sombra rápida—. Mi hermana me trajo aquí por primera vez. Dijo que era el único sitio de la ciudad donde los libros no te juzgaban por no tener dinero para comprarlos nuevos.
Elena bajó las gafas. Lo miró por encima de las monturas. Y vio algo que no había visto en la terraza ni en la calle oscura de anoche: una vulnerabilidad que él no estaba ofreciendo como táctica. Era real. Era antigua. Era suya.
—¿Tienes hermana? —preguntó, y la pregunta salió más suave de lo que pretendía.
—Tuve —corrigió Daniel, y su voz bajó un tono. Se agachó para recoger los libros del suelo, y Elena notó que sus manos temblaban ligeramente—. Murió hace tres años. Leucemia. Rápida. Injusta. —Se enderezó con los libros contra el pecho, como escudo. —Ella también leía a Benedetti. Decía que era el único poeta que entendía que el amor no es una conquista, sino una rendición voluntaria. Siempre me pareció una estupidez romántica. Hasta... —Se detuvo. Se mordió el labio inferior. —Hasta hace poco.
El silencio entre ellos se llenó de algo que no tenía nombre. No era tensión sexual, aunque había de eso también, latente, esperando. Era reconocimiento. Elena pensó en su propia pérdida —su madre, años atrás, cuando aún era una estudiante que no podía pagar el funeral y Victoria había aparecido como un ángel de la destrucción— y sintió que un puente invisible se tendía sobre el espacio que los separaba.
—¿Puedo invitarte a un café? —preguntó Daniel, y la pregunta fue tan simple, tan desprovista de agendas ocultas, que Elena sintió que decir que no habría sido un rechazo a él, sino una traición a sí misma.
—Sí —dijo. —Pero no en una cadena. En algún sitio donde no haya pantallas ni gente hablando de fondos de inversión.
—Conozco el lugar perfecto —dijo Daniel, y su sonrisa recuperó algo de luz, aunque la sombra de su hermana seguía allí, en los bordes—. Sígueme. O mejor, caminemos juntos. Para que no parezca que te secuestro.