La Torre Sarmiento a media tarde tenía una luz distinta. No la luz matutina de ejecutivos que conquistaban el mundo con café y ambición, sino una luz dorada y pesada, la de las horas muertas entre el almuerzo y la cena, cuando los edificios de oficinas parecen mausoleos de papel y plástico. Elena cruzó el vestíbulo sin ser detenida. El recepcionista de las gafas sin montura la reconoció, asintió con una deferencia que ella no solicitó, y pulsó el código del ascensor privado sin preguntar si tenía cita. El poder, notó Elena con amargura, se contagiaba por proximidad. Ya no era una visitante. Era la mujer del dueño.
El ascensor ascendió en silencio. Ella se miró en los espejos tintados. Llevaba el mismo traje de lino beige, ahora arrugado por el calor de la calle y la tensión de la espalda. Se había recogido el cabello en un moño más flojo, más desordenado, dejando escapar mechones que le rozaban la nuca. Un detalle insignificante, pero que le pareció simbólico: estaba dejando que las cosas se escaparan de su control. A propósito.
Las puertas se abrieron. Y el despacho de Sarmiento no estaba vacío como esa mañana.
Alejandro estaba de pie junto a la chimenea eléctrica, que ahora sí emitía calor, una anomalía en septiembre. Llevaba la chaqueta del traje azul marino sobre una silla, las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, y tenía en las manos un archivo grueso que parecía más antiguo que todo lo demás en esa oficina de cristal y acero. Pero no fue su apariencia lo que hizo que Elena se detuviera en el umbral. Fue la mesa.
Sobre la losa de madera negra, donde esa mañana solo había una orquídea y una laptop, ahora yacía un caos ordenado de fotografías. Docenas. Tal vez cientos. Rostros de mujeres. Algunos borrosos, otros nítidos, algunos en blanco y negro y otros en color saturado. Y en el centro, como una estrella negra alrededor de la cual orbitaban todos esos rostros, había una fotografía enmarcada de Victoria Ashford, joven, quizás de veinticinco años, con una sonrisa que Elena nunca le había visto. Una sonrisa sin cálculo. Sin hielo.
—Has venido —dijo Sarmiento sin girarse. Su voz sonó ronca, como si hubiera estado hablando solo durante horas—. Pensé que tardarías más. Que irías primero al Meridian. Que dejarías que Diego o Daniel te convencieran de que yo era el enemigo principal.
Elena cerró la puerta tras ella. El clic resonó con una finalidad que ambos entendieron.
—No estoy aquí para elegir enemigos, Alejandro —dijo, caminando hacia la mesa sin pedir permiso. Se detuvo a medio metro de las fotografías. No las tocó. Pero sus ojos devoraban los rostros. Mujeres jóvenes. Todas con algo en común. No eran idénticas, pero compartían una estructura. Una elegancia de mandíbula. Una forma de portar la cabeza. Algo en la mirada. Algo que ella reconocía horrorizada en su propio reflejo mental—. Estoy aquí para que me digas qué es todo esto. Y si me mientes una palabra más, me iré. No a otro barrio. A otra ciudad. A otro país. Y te juro que la próxima vez que me encuentres, si es que me encuentras, seré yo quien te destruya. No tu hermana.
Sarmiento giró la cabeza. Sus ojos, sin la máscara de la mañana, eran dos pozos de agotamiento. Tenía una sombra de barba que no había estado allí a las nueve, y una arruga entre las cejas que parecía haberse profundizado en horas.
—No mientas —dijo, y la palabra sonó como una promesa rota que intentaba recomponerse—. No te mentiré más. Pero antes de que veas esto, necesito que sepas que yo no sabía. No todo. No hasta hace dos horas, cuando Margot Chen apareció en mi oficina de Londres por videollamada y me envió esto.
—¿Margot te contactó a ti? —Elena sintió que el suelo, que ya había dejado de ser estable, se inclinaba un poco más.
—A mí. No a ti. No a Diego. A mí. —Sarmiento dejó el archivo sobre la mesa y señaló las fotografías con un gesto que parecía doloroso, como si cada rostro le quemara la yema de los dedos—. Porque soy el hermano. El depositario de los secretos familiares. El guardián del armario donde Victoria guarda sus esqueletos. Y Margot... —Tragó saliva. —Margot sabe que Victoria me mantiene cerca no por afecto, sino por funcionalidad. Soy su caja fuerte humana. El lugar donde esconde lo que no quiere que el mundo vea, sabiendo que yo, por alguna razón patética que ni siquiera yo comprendo, no la traicionaré del todo.
Elena se acercó a la mesa. Tomó una fotografía. Una mujer asiática, veintitantos años, con el cabello corto y una sonrisa forzada en la escalinata de alguna universidad que Elena reconoció: la London School of Economics. Margot Chen, en sus años de estudiante, antes de convertirse en la segunda heredera.
—¿Qué es esto, Alejandro? —Elena tomó otra foto. Una mujer rubia, esta vez, con ojos azules que no eran los de Victoria pero que parecían... familiarizados con el mismo tipo de oscuridad. —¿Un álbum de recuerdos? ¿Un muro de las lamentaciones?
—Es el archivo del linaje —dijo Sarmiento, y su voz bajó hasta convertirse en un murmullo que Elena tuvo que acercarse para oír—. Victoria lo llama «El Proyecto Dafne». Cada mujer que ves aquí fue seleccionada, evaluada, moldeada... y luego descartada o integrada. No como empleada. No como protegida. Como extensión. Como... versión.
Elena sintió que el aire del despacho se había vuelto irrespirable. Dejó la fotografía de la rubia y tomó otra. Y otra. Y entonces la vio. En una esquina, casi oculta bajo una foto más grande. Una mujer que no reconoció de inmediato, pero que luego... sí. Los pómulos. La forma de la boca. El ángulo de la mirada. Era ella. O casi ella. Con el cabello teñido de un castaño más claro, con unas gafas de montura gruesa que Elena nunca había usado, con una expresión de sumisión que Elena nunca había sentido. Pero era ella. Una versión deformada, atenuada, domesticada. De ella.
—Esto es... —La voz se le quebró, y odió la quebradura, pero no pudo evitarla. —Esto es imposible.