El crepúsculo se filtraba por los ventanales del despacho de Sarmiento con una luz que parecía hecha de cobre y sangre seca. Elena había ordenado que encendieran todas las lámparas, no por necesidad, sino por simbolismo: no quería sombras donde sus enemigos —y sus aliados— pudieran esconderse. La chimenea eléctrica permanecía apagada, fría, un monumento inútil. En su lugar, Elena había hecho traer una mesa de reuniones circular de la sala auxiliar, una pieza de roble oscuro que Sarmiento utilizaba para las negociaciones hostiles. Hoy, ella sería la anfitriona.
Sarmiento se había recostado contra el escritorio principal, con los brazos cruzados y una expresión que Elena habría descrito, en otro contexto, como la de un monarca observando a sus vasallos disputar por un hueso. Pero había algo más en sus ojos. Una tensión. El mensaje de Victoria había alterado algo en él, una fisura en la armadura del magnate que ella no había previsto. Se movía diferente. Más lento. Como si cada gesto le costara el doble.
Diego llegó primero. No por la puerta principal del vestíbulo, sino por la salida de incendios que daba a la escalera de servicio. Apareció en el despacho con el cabello aún más despeinado que esa tarde, la chaqueta de cuero oliendo a humo de tabaco y a algo más acre, algo que Elena identificó después de un momento: sudor de miedo. No de cobardía. De alarma contenida.
—Margot está en el edificio —dijo Diego sin saludar, sin mirar a Sarmiento, dirigiéndose directamente a Elena como si los demás fueran muebles—. No en el hotel. Aquí. En la Torre Sarmiento. Subió por el garaje con una credencial falsa que, por cierto, es demasiado buena para ser solo una falsificación callejera. Alguien con recursos la fabricó. Alguien dentro.
—¿Cómo sabes que está aquí? —preguntó Sarmiento, y su voz tenía ese filo de hielo que usaba en las juntas de accionistas.
—Porque la vi —respondió Diego, girándose por fin para encararlo. La hostilidad entre ellos fue instantánea, casi física, como dos campos magnéticos que se repelen—. En el piso veintitrés. En la zona de archivo. Estaba hablando con uno de tus empleados de seguridad, Alejandro. Un tipo corpulento con cicatriz en la ceja. ¿Le suena? ¿O también ese es un detalle que omites en tu informe de recursos humanos?
Sarmiento se enderezó. El gesto fue mínimo, pero Elena lo captó.
—Bruno Funes —dijo Sarmiento, y su tono se había vuelto neutral, peligrosamente neutral—. Exmilitar. Exlegionario. Trabaja para mí desde hace cuatro años. Y sí, antes trabajó para Victoria. Lo recluté precisamente porque sabía que ella lo había entrenado. Pensé que era más útil tenerlo cerca que dejarlo en Londres como espía dormido.
—Bueno, se ha despertado —escupió Diego—. Y Margot le estaba entregando algo. Una carpeta. Azul. Con un sello que no pude ver desde la distancia, pero que el tipo guardó como si fuera la hostia.
Elena se interpuso físicamente entre ambos antes de que la tensión escalara. No con un gesto teatral, sino simplemente ocupando el espacio que los separaba, reclamándolo como suyo.
—Basta —dijo, y la palabra no fue fuerte, pero fue definitiva. Ambos la miraron. —Si Margot está aquí, entonces Victoria sabe que estamos reunidos. O lo sospecha. O lo ha planeado. No importa. Lo que importa es que tenemos menos de una semana y ya nos están rodeando. —Se giró hacia Sarmiento—. ¿Puedes confinar a Funes? Sin que sospeche. Sin que alerte a nadie.
—Puedo hacerlo —dijo Sarmiento—. Pero no sin consecuencias. Si Margot está en el edificio, no está sola. Victoria nunca envía a sus peones sin cobertura.
—Entonces no lo confinemos —intervino una voz desde la puerta.
Todos se giraron. Daniel Prieto estaba en el umbral, con el cabello rubio aún húmedo de la ducha —debía haber corrido desde algún lado—, llevando unos vaqueros oscuros y una camisa de lino blanca que le daba un aire de estudiante universitario que contrastaba violentamente con la gravedad de la situación. En su mano sostenía una tableta digital, y sus ojos verdes recorrían la habitación con una rapidez que no disimulaba su evaluación.
—Daniel —dijo Elena, y notó que su voz se suavizaba involuntariamente. Lo notó, y no le gustó, pero tampoco lo corrigió.
—Perdón el retraso —dijo Daniel, entrando y cerrando la puerta tras de sí—. Estaba confirmando algo con mi contacto de Interpol. Y creo que es relevante para lo que Diego acaba de decir. —Se acercó a la mesa circular, depositó la tableta sobre la madera, y deslizó un dedo sobre la pantalla. Una imagen apareció proyectada: un hombre de mediana edad, con gafas de montura metálica y una bata blanca que no ocultaba del todo la camisa de diseñador debajo—. Este es el Dr. Henrik Voss. Neurocirujano suizo. Especialista en algo llamado «neuroplasticidad inducida» y «transferencia de patrones cognitivos». En términos simples: cree que puede transferir personalidades. O al menos, intentarlo.
Elena se acercó a la tableta. La imagen del médico la miró con una sonrisa profesional, vacía, de esas que se usan en folletos de clínicas privadas.
—¿Transferir personalidades? —repitió Elena—. ¿Como en ciencia ficción?
—Como en experimentos ilegales financiados por multimillonarios paranoicos —corrigió Daniel, y su tono era grave—. Voss fue expulsado de la Johns Hopkins hace ocho años por experimentar con pacientes terminales. Intentaba, según sus propios documentos filtrados, «preservar la estructura de toma de decisiones» de mentes brillantes mediante estimulación eléctrica profunda y... —Hizo una pausa, tragando saliva—. ...y clonación de patrones neuronales en receptores vivos. No lo logró. Al menos no oficialmente. Pero desde entonces, ha estado viajando entre paraísos fiscales y yates privados, siempre un paso por delante de las autoridades médicas. Hasta hace dos semanas, cuando apareció en el registro de entrada de Heathrow con un visado de turista británico patrocinado por... —Miró a Sarmiento—. ...por Ashford & Partners.