Tres sombras y un solo latido.

capitulo 8

El aeropuerto de Barajas a las seis de la mañana tenía una luz grisácea que hacía que todo pareciera un sueño de media consciencia. Elena caminaba por la terminal de salidas con un maletín de piel negra que no había empacado ella: Sarmiento lo había enviado a su apartamento durante la noche, junto con una nota escrita en papel de hilo que decía, con una caligrafía demasiado elegante para la hora: «Londres no perdona la improvisación. Ni siquiera la mía.» Dentro del maletín, Elena había encontrado tres trajes de chaqueta en tonos que no habría elegido —carbón, marfil, un azul medianoche que parecía líquido—, ropa interior de seda que no llevaba etiqueta de tienda sino un sello de costurera privada, y un pasaporte diplomático falso con su fotografía pero un nombre que no era el suyo: Elena Sarmiento. Había quemado la nota en el fregadero de su cocina antes de salir, observando cómo las cenizas caían como nieve negra.

Sarmiento la esperaba en la puerta de embarque de business class. Llevaba gafas de sol que ocultaban la mitad de su rostro, un abrigo de cachemir color carbón, y una actitud de hombre que no ha dormido pero que ha aprendido a transmutar el insomnio en autoridad. Cuando la vio acercarse, no sonrió. Solo inclinó la cabeza un centímetro, un gesto que en otro contexto habría sido reverencia y en este era reconocimiento de igual a igual.

—El vuelo sale en veinte minutos —dijo, tomando el maletín de su mano sin pedir permiso, pero también sin asumir que ella no podría llevarlo—. He reservado dos asientos en la fila delantera. No es mi jet, como ordenaste, pero tampoco es una pena de cattle class. ¿Te parece un compromiso aceptable?

—Todo en ti es un compromiso, Alejandro —respondió Elena, deteniéndose a su lado, lo suficientemente cerca para que los demás pasajeros los vieran juntos, lo suficientemente lejos para que ningún contacto accidental pudiera interpretarse como intimidad—. La pregunta es si alguna vez has hecho algo sin calcular el término medio.

Sarmiento bajó las gafas un milímetro. Sus ojos, en la luz mortecina de la terminal, parecían más grises que azules. Más cansados.

—Una vez —dijo, y su voz bajó hasta convertirse en un murmullo que solo ella pudo captar entre el altavoz anunciando embarques—. Una sola vez en treinta y ocho años. Y fue anoche, cuando decidí que si tú morías en Londres, yo también quería morir. No como redención. Como... elección.

Elena no respondió. No sabía cómo. En su lugar, caminó hacia la puerta de embarque, sintiendo la mirada de Sarmiento clavada entre sus omóplatos como una marca que no pedía pero que tampoco rechazaba.

El avión era un Boeing de largo radio, medio vacío en clase business. Sarmiento había reservado los asientos 1A y 1B, una fila que Elena sabía que normalmente se dejaba libre para posibles upgrades de última hora. Pero Sarmiento no dejaba nada al azar, ni siquiera el azar. Se sentó junto a la ventanilla, dejándole el pasillo, un gesto que ella interpretó correctamente: él no planeaba moverse durante el vuelo. Él era el muro. Ella era la salida.

Cuando el avión despegó, Elena observó Madrid reducirse bajo ellos, una mancha de luz que se diluía en la penumbra del amanecer. Pensó en Diego, que en ese momento estaría en algún callejón del Meridian, observando las sombras de Iris Vance. Pensó en Daniel, que estaría frente a su pantalla en algún apartamento de Salamanca, escribiendo correos encriptados a contactos de Interpol. Pensó en Margot Chen, que había desaparecido en la noche madrileña con un sobre de secretos médicos y una advertencia sobre el poder intoxicante. Y luego pensó en Victoria, a setecientos kilómetros de distancia, esperándola con un tumor en el cerebro y un ejército de ecos femeninos.

—¿Qué llevas en el bolsillo? —preguntó Sarmiento cuando el avión alcanzó la altitud de crucero y la señal de cinturones se apagó.

Elena no se sobresaltó. Sabía que él lo sabía. Lo había visto guardar el sobre de Margot en la chaqueta antes de salir del despacho.

—La muerte de tu hermana —dijo, sin adornos—. En formato documental.

Sarmiento desabrochó su cinturón. Se giró hacia ella, apoyando el hombro contra el respaldo, creando un espacio privado entre ellos que la pantalla del asiento delantero no alcanzaba a invadir.

—¿La has leído?

—No. —Elena sacó el sobre. Lo sostuvo entre los dedos, observando cómo la luz artificial del avión se reflejaba en el papel pergamino—. Quería leerlo contigo. O frente a ella. No sola. Porque si lo que Margot dice es cierto... si esto contiene las pruebas de experimentos en seres humanos... —Hizo una pausa, tragando saliva—. ...no quiero que sea mi carga exclusiva. Quiero que pese sobre todos los que permitimos que Victoria existiera.

—Permitimos —repitió Sarmiento, y una sombra de sonrisa cruzó sus labios, amarga, autocrítica—. Esa es la palabra correcta. No combatimos. No denunciamos. Permitimos. Porque era más fácil. Porque ella era útil. Porque... —Se detuvo. Miró por la ventanilla, hacia las nubes que parecían un desierto de algodón helado—. ...porque, en el fondo, todos los que estamos cerca de Victoria sentimos que sin ella seríamos menos. Menos inteligentes. Menos poderosos. Menos reales. Y eso, Elena, es su verdadera habilidad. No el dinero. No los contactos. Es la capacidad de hacerte creer que tu identidad es un préstamo que ella te concede.

Elena abrió el sobre. Extrajo un fajo de páginas finas, mecanografiadas en una fuente que parecía de máquina de escribir antigua, como si el documento hubiera sido redactado en otra época. En la primera página, un selto circular con un diseño que no reconoció: una dafne, la flor mitológica, pero con pétalos que parecían dedos humanos extendiéndose hacia el centro.

—«Proyecto Dafne: Protocolo de Transferencia Cognitiva» —leyó Elena en voz baja, lo suficiente para que Sarmiento la escuchara pero no el auxiliar de vuelo que pasaba repartiendo periódicos—. «Fase uno: Aislamiento sensorial del receptor. Fase dos: Administración de coctel neuroquímico DNF-7. Fase tres: Estimulación eléctrica profunda del lóbulo temporal y corteza prefrontal. Fase cuatro:...»




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