Tres sombras y un solo latido.

capitulo 9

Elena despierta con el sabor del cloroformo aún en la garganta, una amargura química que le recuerda a los laboratorios de la universidad, a esos experimentos que salían mal y llenaban el aire de humo blanco y decepción. Pero esta vez el experimento es ella. Está sentada, no acostada, en una silla de madera dura que parece antigua, de esas que usan en salas de interrogatorio de películas de espionaje. Sus manos están atadas detrás del respaldo con una brida de plástico que corta la circulación apenas lo suficiente para ser dolorosa pero no para causar daño nervioso permanente. Victoria calcula todo así: dolor funcional, no destrucción prematura.

La habitación es blanca. No blanca hospitalaria, sino blanca de galería de arte. Una pared tiene una ventana alta, estrecha, con barrotes de hierro forjado que imitan el diseño del invernadero. A través de ella, Elena ve el cielo de Londres, gris y bajo, y una rama de rosal que golpea contra el cristal con un ritmo que parece contar los segundos.

—Dieciocho minutos —dice una voz desde la esquina.

Elena gira la cabeza. Iris Vance está sentada en una silla similar, pero sin ataduras. Tiene la jeringa ahora vacía sobre una mesa auxiliar de cristal, junto a un vaso de agua y un frasco de pastillas. Su vestido gris cuelga de sus hombros como una piel que ya no le pertenece. Sus ojos, esos ojos grises que son clones de los de Victoria, miran a Elena con una curiosidad que parece genuina, casi infantil.

—¿Dieciocho minutos de qué? —pregunta Elena, y su voz sale ronca, pero firme. No muestra miedo. O al menos, no lo muestra.

—Desde que te inyecté el sedante —responde Iris, y su voz tiene una cadencia extraña, como si estuviera leyendo un guion que no entiende del todo—. Victoria dijo que despertarías en veinte. Llevas dieciocho. Eres resistente. Eso es bueno. Las resistentes duran más en el proceso.

—¿El proceso de convertirme en ella? —Elena tira de las bridas. Son de plástico industrial, el tipo que usan en construcción. No ceden. Pero la silla sí. Es antigua, la madera tiene juntas. Si empuja con suficiente fuerza...

—No en ella —corrige Iris, inclinando la cabeza como un pájaro—. En nosotras. En el nosotras que ella quiere. No es posesión, Elena. Es... expansión. Ella no quiere dejar de existir. Quiere dejar de estar sola. Quiere que seamos muchas, para que cuando una muera, las otras sigan. Es lógico, ¿no? El miedo a la muerte es irracional. La solución es multiplicarse.

Elena estudia a Iris. Hay algo en su discurso que no es natural. No es fanatismo. Es... repetición. Memorización. Como si Iris estuviera recitando las palabras de Victoria para convencerse a sí misma.

—¿Tú querías esto, Iris? —pregunta Elena, cambiando de táctica. No la confrontación. La empatía. El vínculo entre víctimas—. ¿Querías dejar de ser tú?

Iris parpadea. Por primera vez, algo humano cruza su rostro. Una grieta en la máscara.

—Yo... —Empieza, y su mano se mueve hacia el frasco de pastillas, tentativa—. Yo quería que me salvara. Eso es lo que pensé. Que si la ayudaba, si era buena, si seguía las reglas... me salvaría. Como salvó a Margot. Como salvó a...

—¿A quién? —presiona Elena, moviendo las muñecas discretamente, buscando el punto débil de la brida—. ¿A la tercera? ¿A la quinta?

Iris se levanta. Camina hacia la ventana. Su silueta contra la luz gris parece un espectro.

—La tercera no importa —dice, y su voz se vuelve más áspera, más real—. La tercera no resistió. Se rompió. Pero la quinta... la quinta es especial. La quinta es la que reemplazará a todas si tú fallas. Y tú estás fallando, Elena. Porque no deberías estar despierta aún hablando. Deberías estar... receptiva.

Elena siente un escalofrío que no es solo del sedante residual. La quinta. Siempre la quinta. El respaldo del respaldo.

—¿Quién es la quinta, Iris? —pregunta, y su voz baja, se vuelve íntima, conspirativa—. Dímelo. No para Victoria. Para ti. Para que alguien más sepa quién eres tú realmente, aparte de lo que ella te hizo creer.

Iris se gira. Y en sus ojos, Elena ve lágrimas que no caen. Lágrimas congeladas por años de entrenamiento.

—La quinta es... —empieza.

La puerta se abre. Victoria entra, apoyada en un bastón de ébano con empuñadura de plata. Ya no lleva el kimono. Ahora viste un traje de chaqueta blanco que cuelga de su cuerpo como un estandarte de guerra. Su cabello está recogido con una precisión que contrasta con su palidez cadavérica. Pero sus ojos... sus ojos arden.

—Iris, cariño —dice Victoria, y su voz es suave, venenosa—. Estás contando secretos de familia. Y eso no es educado. Ni siquiera con la cuarta.

Iris se encoge. Literalmente se encoge, como un niño castigado. Recoge la jeringa y el frasco y se dirige hacia la puerta con pasos apresurados.

—Espera —dice Elena—. Iris. No tienes que irte.

Iris se detiene. Mira a Victoria. Y por un instante, Elena ve algo que la sorprende: odio. Odio puro, profundo, enterrado bajo capas de obediencia.

—Sí tengo —susurra Iris. Y sale.

Victoria cierra la puerta. Se apoya en ella, jadeando ligeramente. El tumor le está robando energía, nota Elena. Pero la mente... la mente sigue siendo un templo de estrategias.

—Eres impresionante —dice Victoria, caminando lentamente hacia ella—. Realmente lo eres. Margot huyó en la primera oportunidad. Iris se sometió demasiado pronto. La tercera... bueno, la tercera no tenía tu fortaleza. Pero tú... tú me miras como si fueras tú quien tiene el cuchillo.

—Porque lo tengo —dice Elena, y sonríe.

Victoria arquea una ceja.

—¿Ah, sí? ¿Dónde?

—En mi boca —responde Elena—. En mis palabras. En el hecho de que aún puedo hablar y tú, a pesar de todo tu poder, necesitas venir aquí personalmente para intimidarme. Eso significa que no me tienes. Que estás nerviosa. Que el tiempo no es tu aliado, Victoria. Es tu enemigo. Y lo sabes.

Victoria se detiene a un metro de ella. Sus ojos recorren el rostro de Elena con una ternura que es más aterradora que cualquier amenaza.




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