El pasillo de la mansión de Hampstead olía a cera de abejas vieja y a traiciones que se habían filtrado en la madera durante décadas. Elena caminaba delante, con el paso firme de quien no huye sino que avanza hacia el campo de batalla que ha elegido. Sus zapatos resonaban contra el parquet con una cadencia que sonaba a veredicto. Detrás de ella, los tres hombres la seguían en una formación que ella no había ordenado pero que, de alguna manera, habían establecido por sí solos: Sarmiento a su izquierda, con la chaqueta aún desabrochada y la respiración agitada; Diego a su derecha, con la pistola ahora guardada en la cintura pero visible, una promesa de violencia contenida; y Daniel detrás, con sus zapatos de estudiante haciendo el mínimo ruido posible, como si su presencia física fuera una disculpa por los secretos que portaba.
Elena se detuvo frente a una puerta de roble oscuro con herrajes de hierro. Sabía, por el olor a cuero y tabaco que se filtraba por el resquicio, que era la biblioteca. El lugar donde Sarmiento había sido confinado minutos antes.
—Aquí —dijo, sin girarse—. Hablamos aquí. Y si alguno de ustedes piensa que va a salir de esta habitación sin contarme toda la verdad, puede quedarse en el pasillo. Solo. Con las arañas de Victoria.
Empujó la puerta. La biblioteca era un cubo de sombras y luz de fuego. Una chimenea real —no la eléctrica de Madrid— ardía con troncos de roble que crujían con una satisfacción animal. Las paredes estaban cubiertas de libros que parecían no haber sido leídos en siglos, con lomos de piel agrietada que olían a polvo de siglos. En el centro, una mesa de billar convertida en escritorio, con botellas de brandy y vasos que no pedían permiso para existir. Elena se dirigió directamente a la chimenea. Se giró. Apoyó la espalda contra la repisa de mármol. Y los miró. A los tres. Esperando.
—Ahora —dijo, y su voz resonó en la habitación con una autoridad que no admitía interrupciones—. Hablamos. Y empiezas tú, Daniel. Porque si hay algo que no soporto más que las mentiras de Victoria, son las mentiras de quienes dicen quererme.
Daniel dio un paso adelante. Sus ojos verdes, iluminados por el fuego, parecían más oscuros, más antiguos. Tenía las manos a los costados, abiertas, mostrando que no portaba armas. Solo su verdad, pesada como una losa.
—Camila no murió de leucemia —dijo, y la frase cayó en la biblioteca como un hacha sobre madera seca—. O al menos, no solo de eso. Tenía leucemia. Era real. El diagnóstico era cierto. Pero mi padre... —Hizo una pausa, y su mandíbula se tensó hasta que Elena creyó ver los huesos bajo la piel—. Mi padre, Richard Prieto, tenía deudas. No millonarias. No glamorosas. Deudas de juego con gente que no acepta excusas. Y Victoria Ashford... ella compra deudas. Las colecciona como quien colecciona sellos raros. Sabe que una deuda humana es más valiosa que una monetaria. —Daniel se acercó a la mesa de billar, apoyó las manos en el borde, y sus nudillos se blanquearon—. Le vendió a Camila. No como esclava. Como... sujeto de investigación. A cambio de liquidez inmediata y de que los acreedores de mi padre desaparecieran. Literalmente desaparecieran. Richard firmó los papeles. Yo encontré los papeles dos meses después de que Camila falleciera. En una caja fuerte que mi padre olvidó que yo conocía.
Elena sintió que el calor de la chimenea le quemaba la espalda, pero no se movió. Observaba a Daniel como quien observa un edificio que se derrumba en cámara lenta, buscando la grieta exacta donde todo había empezado a fallar.
—¿Y cuando me conociste? —preguntó, y su voz era más suave de lo que pretendía—. ¿En la terraza del Meridian? ¿Fue casualidad? ¿O me buscaste?
Daniel levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de ella, y Elena vio algo que la desarmó: no era culpa lo que brillaba allí. Era vergüenza. La vergüenza de un hombre que había construido su vida sobre una mentira y que ahora, finalmente, tenía que desmantelarla piedra por piedra.
—Te busqué —admitió, y la palabra sonó como un suspiro de alivio y de condena—. Hace ocho meses, intercepté un correo de Victoria a su médico en Suiza. Mencionaba a su «cuarta» en Madrid. Describía tus hábitos. Tu trabajo. Tu... vulnerabilidad emocional después de Londres. Supe que estaba preparando el terreno para otra transferencia. Y supe que no podía permitirlo. —Se enderezó, caminó hacia Elena, despacio, dándole tiempo de retroceder hacia el fuego. Ella no lo hizo—. Fui a la terraza esa noche porque Marta Herrera me dijo que asistirías. Pagué por la invitación. La broma de los tres millones... fue real. Leí tu informe. Me impresionó. Pero también fue mi excusa para acercarme. Para verte. Para decidir si valía la pena arriesgarme a... —Se detuvo a un palmo de ella. Tan cerca que el aroma cítrico de su piel se mezclaba con el humo de la chimenea—. ...a arriesgarme a quererte sabiendo que, en algún momento, tendría que confesarte que mi primer interés en ti no fue tu sonrisa. Fue tu nombre en un correo de una asesina.
Elena sintió que la mano se levantaba sola. No para tocarlo. Para golpearlo. Su palma conectó con la mejilla de Daniel con un sonido seco que resonó en la biblioteca como un disparo. No fue un golpe fuerte. Fue un golpe de marca. De reclamo. De *eres mío y me has lastimado*.
Daniel no se apartó. Giró la cara hacia el impacto, y cuando volvió a mirarla, había una huella roja creciendo en su piel. Pero sus ojos... sus ojos la miraban con algo que no era dolor. Era gratitud. Gratitud por que ella todavía se molestara en golpearlo. Porque eso significaba que todavía existía una conexión que no se había roto del todo.
—¿Duele? —preguntó Elena, y su voz temblaba.
—No tanto como mentirte —respondió Daniel.
Elena lo agarró de la camisa. La tela de lino se arrugó bajo sus dedos. Lo atrajo hacia ella, no con suavidad, con una violencia que la sorprendió a sí misma. Y cuando sus labios estaban a un centímetro de los de él, cuando pudo sentir su aliento cálido mezclándose con el suyo, habló en un susurro que solo él pudo oír.