El sótano de Victoria Ashford olía a ozono y a secretos que se descomponían lentamente, como fruta madura a punto de pudrirse. Daniel había conectado tres discos duros externos a la consola principal, y las luces LED parpadeaban en secuencias que parecían un lenguaje que solo él entendía. Sus dedos volaban sobre el teclado con una precisión que Elena encontró hipnótica —no era la elegancia de un pianista, sino la urgencia de un cirujano en campo de batalla, cortando y suturando información a velocidad de supervivencia.
—Quince minutos —dijo Diego sin girarse. Estaba de espaldas a ellos, con la pistola apuntada a la puerta de acero, su silueta proyectada sobre el azulejo blanco como una sombra de vigilante ancestral—. Sarmiento no aguantará más.
—Aguantará —respondió Elena, pero su voz sonó más como una orden que como una certeza. Caminó hacia la pared de fotografías, esa galería de candidatas a la aniquilación que Victoria había coleccionado como sellos postales de países que no existían. Extendió la mano. Tocó una cara al azar. Una joven de Bombay, quizás, o de Singapur. Ojos oscuros que la miraban desde el papel con una esperanza que Elena sabía estaba ya extinguida—. ¿Crees que alguna de ellas sospechó? —preguntó, más para sí misma que para los demás—. ¿Que alguna se despertó una mañana y supo que su vida no era suya?
—Margot sospechó —dijo Diego, y su voz rasca reverberó contra las paredes de azulejo—. Por eso huyó. Por eso fingió su muerte. Por eso ahora vaga por Madrid como fantasma con chaqueta de seda.
—Margot no huyó —corrigió Daniel sin detenerse, sin mirar—. Margot fue expulsada. Victoria la consideró defectuosa. Demasiado independiente. Demasiado... humana. —La palabra salió con una amargura que Elena no supo atribuir a Camila o a sí mismo—. Las que huyen son las que Victoria no puede controlar. Las que quedan son las que ya no tienen yo propio.
Elena retiró la mano de la fotografía. Se giró hacia Daniel. La luz de los monitores iluminaba su perfil con una palidez azulada que lo hacía parecer un icono bizantino, algo sagrado y distante al mismo tiempo.
—¿Y tú, Daniel? —preguntó, y la pregunta salió más suave de lo que pretendía—. ¿Tienes yo propio? ¿O eres solo la suma de tu venganza por Camila?
Daniel dejó de escribir. Sus dedos se congelaron sobre el teclado. Durante tres segundos —tres segundos que Elena contó con el latido de su propio corazón— no respondió. Luego, lentamente, giró la silla hacia ella. Sus ojos verdes, iluminados por la pantalla, parecían dos pozos de agua estancada donde algo se había ahogado hacía mucho tiempo.
—Hace tres años —dijo, y su voz era tan baja que Elena tuvo que acercarse para oír—, encontré a Camila en el baño de nuestra casa en Hampstead. No estaba muerta. Estaba... suspendida. Entre la vida y algo que Victoria llamaba «preparación». Tenía electrodos en las sienes. Un goteo en el brazo. Y una sonrisa. —Su mandíbula se tensó. Una vena pulsó en su sien—. Una sonrisa que no era suya. Como si alguien más estuviera usando su rostro. Como si ya no fuera ella.
Elena sintió que el aire del sótano se había vuelto irrespirable. Se acercó a Daniel. Se agachó frente a él, a nivel de sus ojos, obligándolo a mirarla no como estratega sino como mujer.
—¿Qué hiciste? —susurró.
—La desconecté —dijo Daniel, y la franqueza de la confesión fue más brutal que cualquier grito—. Arranqué los cables. Llamé a una ambulancia. Pero cuando llegaron, Camila ya no respiraba. Y Victoria... —Se rio, un sonido sin humor que resonó en el sótano como cristal roto—. Victoria estaba en la puerta, con brandy en una mano y un cheque en la otra. Dijo que había sido un accidente. Que Camila había solicitado el tratamiento experimental. Que yo era un hermano histérico que no entendía los deseos de su propia sangre. Y el hospital... —Tragó saliva. Sus ojos se humedecieron, pero las lágrimas no cayeron. Se había quedado sin lágrimas hacía años—. El hospital aceptó el cheque. La policía no investigó. Y yo... yo me convertí en analista estratégico. En el hombre que lee informes de mercado y encuentra patrones. Porque los patrones son seguros. Los patrones no mueren en tu brazos.
Elena extendió la mano. La posó sobre la rodilla de Daniel. El contacto fue ligero, casi imperceptible, pero ambos lo sintieron como una corriente eléctrica.
—No eres solo venganza —dijo Elena—. Eres supervivencia. Y hay diferencia.
Daniel miró su mano sobre su rodilla. Luego miró a Elena. Y algo en su expresión cambió. No se suavizó. Se afiló. Como un cuchillo que finalmente encuentra su filo después de años de desuso.
—Tienes razón —dijo—. No soy solo venganza. —Se enderezó en la silla. Sus dedos volvieron al teclado, pero ahora con una determinación diferente—. Soy el hombre que va a exponer cada archivo, cada video, cada nombre de esta sala antes de que amanezca. No para Camila. No para mí. Para que ninguna otra hermana, ninguna otra hija, ninguna otra Elena tenga que desconectar a alguien que ama de una máquina que le roba el alma.
Un pitido agudo cortó el aire. Los tres se tensaron. Pero era solo el primer disco duro, completado. Daniel extrajo la unidad y le tendió a Elena.
—Veinte por ciento —dijo—. Dos discos más. Diez minutos.
—No tenemos diez minutos —dijo Diego, girándose por primera vez. Su rostro, iluminado desde abajo por la luz de los monitores, parecía una máscara de tragedia griega—. Siento pasos. Arriba. Muchos. Y algo más. —Su nariz se arrugó—. Humo. Queman algo.
Elena se levantó de un salto. Tomó el disco duro. Lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta, junto al sobre de Margot, junto a su pasaporte falso, junto a todas las verdades que había acumulado como escudos.
—Victoria sabe —dijo. No era una pregunta.
—O Sarmiento la delató —respondió Diego, y su mano se cerró con más fuerza alrededor de la pistola.
—No —dijo Elena, con una certeza que no sabía de dónde venía—. Sarmiento no nos delataría. No ahora. No cuando finalmente ha elegido un lado.