La comisaría de Hampstead olía a desinfectante barato y a la tristeza de los que han perdido algo que no saben cómo nombrar. Elena estaba sentada en una sala de interrogatorios que no era interrogatorio, una habitación pintada de verde institucional con una mesa de formica y una ventana que daba a un patio interior donde crecía una higuera marchita. Habían pasado cuatro horas desde el invernatorio. Cuatro horas de declaraciones, de policías con expresiones de sospecha mezclada con fascinación, de médicos que llevaban a Victoria en camilla hacia una ambulancia que no era solo médica sino custodiada.
Elena tenía las manos envueltas en gasas. No por las heridas de la escalera —esas eran rasguños que ella apenas notaba—, sino porque había insistido en presionar la herida de Sarmiento hasta que llegaron los paramédicos, y la sangre se había secado en sus palmas como una segunda piel que no quería soltar. La policía le había ofrecido café. Lo había rechazado. Le habían ofrecido un abogado. También lo había rechazado. Lo único que había aceptado era una manta térmica que ahora colgaba de sus hombros como un manto de derrota temporal.
La puerta se abrió. No entró un policía. Entró Daniel.
Llevaba la misma camisa de lino blanca, ahora manchada de humo y de algo que Elena prefirió no identificar. Tenía ojeras que parecían haber sido dibujadas con carbón, y sus ojos verdes, aunque cansados, brillaban con una intensidad que ella reconocía: la de un hombre que finalmente ha dejado de cargar un peso que lo doblaba.
—¿Cómo está Sarmiento? —preguntó Elena, antes de que él pudiera hablar.
—En cirugía —respondió Daniel, cerrando la puerta tras de sí. Se quedó de pie, apoyado en ella, como si necesitara la pared para sostenerse—. La bala atravesó el hombro, rozó la clavícula, no tocó arterias importantes. Pero perdió mucha sangre. Los médicos dicen que vivirá. Que quizás pierda algo de movilidad en el brazo izquierdo. Pero vivirá.
Elena asintió. El nudo que tenía en el estómago desde que vio caer a Sarmiento se aflojó un milímetro. No desapareció. Pero aflojó.
—¿Y Victoria?
—Custodia médica —dijo Daniel, caminando hacia la mesa pero sin sentarse—. El tumor es real. Los médicos de la policía lo confirmaron. Le quedan meses, quizás semanas. Pero no la enviarán a prisión. No todavía. Hospital psiquiátrico de alta seguridad. Evaluación de competencia. Todo el protocolo para criminales que son también pacientes terminales.
—¿Habló?
—No dejó de hablar —respondió Daniel, y una sombra de sonrisa cruzó sus labios, amarga, exhausta—. Nombres. Fechas. Cuentas bancarias. Como si, al final, la única forma que tenía de existir fuera revelando los secretos que había acumulado. Los detectives no saben si creerla o no. Es demasiado. Demasiado grande. Demasiado monstruoso.
Elena se levantó. La manta térmica cayó de sus hombros. Caminó hacia la ventana, hacia la higuera marchita, y habló con la espalda a Daniel.
—No es demasiado monstruoso —dijo—. Es simplemente... humano. La versión extrema de algo que todos hacemos. Acumular secretos como moneda. Usar a otros como escudos. Construir fortalezas para esconder que estamos vacíos por dentro.
—¿Te incluyes en eso? —preguntó Daniel.
Elena se giró. Lo miró. Y vio, por primera vez desde el sótano, la totalidad de Daniel Prieto. No el analista estratégico. No el hermano vengador. No el hombre que la había seguido a una terraza con una excusa de tres millones de euros. Vio a alguien que, como ella, había pasado años construyendo una versión de sí mismo que podía sobrevivir, y que ahora, finalmente, tenía que preguntarse si esa versión era digna de conservar.
—Me incluyo —dijo Elena—. Hasta hoy. Hasta ahora. —Se acercó a la mesa. Se sentó en el borde, cerca de donde él estaba de pie, cerca enough para que sus rodinas casi se rozaran—. Pero hoy elegí algo diferente, Daniel. Y esa elección... esa elección me cambia. Me obliga a ser alguien que no sé si sé ser.
—¿Quién?
Elena extendió la mano. Tomó la de él. Sus palmas se encontraron, y el contacto fue cálido, húmedo, real.
—Alguien que permite que otros la ayuden —dijo—. Alguien que no tiene que destruir sola a sus monstruos. Alguien que... —Hizo una pausa, buscando la palabra, encontrándola en el fondo de su garganta como un tesoro que había estado enterrado demasiado tiempo—. ...alguien que puede querer sin calcular el retorno de inversión.
Daniel cerró los ojos. Cuando los abrió, había lágrimas en ellos. No las de antes, las congeladas, las de un hermano que no podía llorar. Eran lágrimas nuevas. Calientes. Vivas.
—Camila —dijo, y la palabra salió como una oración—. Camila eligió. Al final. Elegió dejarme un mensaje. Elegió sonreír. Elegió... ser humana aunque la estuvieran convirtiendo en otra cosa. Y yo... yo pasé tres años odiando a Victoria por quitarle esa elección. Pero hoy, en el sótano, cuando vi que tú elegías salvarla en lugar de destruirla... —Se detuvo. Tragó. Y cuando continuó, fue con una voz que Elena sintió en la médula de los huesos—. ...comprendí que Camila no perdió su elección. La ejerció. Y que el verdadero monstruo no es quien quita las opciones. Es quien te hace creer que nunca las tuviste.
Elena tiró de su mano. Lo atrajo hacia ella. No con violencia. Con necesidad. Y cuando estuvo entre sus rodillas, cuando su frente descansó contra su hombro, cuando sintió su aliento cálido contra su cuello, habló en un susurro que era más promesa que palabra.
—Voy a Madrid mañana —dijo—. No a huir. A enfrentar a la quinta. A recuperar mi apartamento. Mi ciudad. Mi vida. Y necesito... —Hizo una pausa, y la mano que no sostenía a Daniel se levantó, acariciando su cabello rubio, desordenado, real—. ...necesito que vengas conmigo. No como protector. No como vengador. Como... como alguien que también está aprendiendo a elegir.
Daniel se apartó lo suficiente para mirarla. Sus ojos verdes recorrieron su rostro con una ternura que Elena no se había permitido sentir en años.