Tres sombras y un solo latido.

capitulo 13

El avión aterrizó en Barajas con una suavidad que Elena encontró ofensiva. Después de todo lo que había ocurrido —después de Victoria, del disparo, de la sangre de Sarmiento en sus manos—, el mundo debería temblar. Los cimientos deberían crujir. La gravedad debería exigir un tributo. Pero no. El avión tocó la pista, el piloto anunció las veintitrés grados de Madrid, y los pasajeros de business class aplaudieron con la rutina de quienes no saben que el infierno puede existir en una mansión de Hampstead mientras ellos piden otra copa de champán.

Elena miró por la ventanilla. Madrid se extendía bajo ella, una mancha de luces que no había cambiado en las veinticuatro horas de su ausencia, pero que a ella le parecía irreconocible. O quizás era ella la irreconocible. La mujer que había salido de esta ciudad huyendo de fantasmas ahora regresaba para exorcizarlos. Y los fantasmas, se había dado cuenta, llevaban su cara.

—¿Estás lista? —preguntó Daniel a su lado.

Llevaba gafas de sol oscuras que no necesitaba —eran las once de la mañana, y el sol madrileño era un resplandor pálido de septiembre—, pero Elena sabía que las usaba para ocultar ojeras que no habían desaparecido con el vuelo. No habían dormido. No en el avión, no en la sala VIP de Heathrow donde esperaron la conexión, no en ningún momento desde que dejaron la comisaría de Hampstead. Habían hablado en susurros durante la noche, no de estrategia, sino de nada. De películas que no recordaban bien. De canciones que les gustaban de adolescentes. De si el café de avión era bebible o un crimen contra la humanidad. Conversaciones de supervivencia, de dos personas que necesitaban recordar que podían existir sin el peso del mundo sobre sus hombros.

Diego los esperaba en la terminal de llegadas. No en la puerta, sino en una columna central, apoyado con una indolencia calculada que no engañaba a nadie. Llevaba la misma chaqueta de cuero, ahora con una nueva rasgadura en el hombro que Elena no preguntó de dónde venía. Tenía un ojo morado que no estaba allí cuando se despidieron en Londres. Y en su mano, un teléfono desechable que hacía girar entre sus dedos como un pretexto para no tener que mirarlos directamente.

—Margot está en el Meridian —dijo Diego sin saludar, sin preguntar cómo había ido el vuelo, sin reconocer la tensión que Elena sentía irradiar de su propio cuerpo—. Se hizo pasar por periodista de *El País*. Tiene una entrevista programada con la quinta para las dos de la tarde. En el salón de té del hotel.

—¿La quinta aceptó? —Elena caminó junto a él, con Daniel a su izquierda, formando un triángulo que se movía por la terminal como una unidad militar improvisada.

—La quinta no sabe que es Margot —respondió Diego, y una sombra de sonrisa cruzó sus labios, la primera desde que habían regresado—. Cree que es una periodista interesada en «el fenómeno de las herederas corporativas». La quinta... —Hizo una pausa, y su mano dejó de girar el teléfono—. ...la quinta habla mucho. Demasiado. Como si llevara años ensayando un personaje y finalmente tuviera audiencia.

Elena sintió que algo se encendía en su pecho. No era esperanza. Era reconocimiento. La quinta hablaba demasiado porque estaba insegura. Porque era nueva. Porque, a diferencia de Victoria, no había tenido décadas para pulir su máscara.

—Es joven —dijo Elena, y no era una pregunta.

—Veintidós años —confirmó Diego—. Licenciada en Economía por la Universidad de Navarra. Hija de un ejecutivo de Telefónica que murió en un accidente de coche hace tres años. Madre en tratamiento psiquiátrico en Suiza. Sin hermanos. Sin familia. Un perfil que Victoria habría diseñado si hubiera podido diseñar perfiles.

—¿Nombre? —preguntó Daniel.

—Alba Ruiz —respondió Diego—. Pero en el protocolo de Victoria, en los archivos que copiamos, aparece como Dafne V. Y en su pasaporte falso, como Elena Varela.

Elena se detuvo en medio de la terminal. Un grupo de turistas japoneses la esquivó, murmurando disculpas que ella no escuchó. El nombre propio resonaba en su cabeza como un campanazo. *Elena Varela*. Su nombre. Su identidad. Usado por otra. Llevado por otra. Como un traje que le quedaba mal pero que ella había elegido de todos modos.

—No —dijo Elena, y la palabra salió más fuerte de lo que pretendía.

—¿No qué? —preguntó Diego.

—No la llamaremos así —dijo Elena, reanudando la marcha con pasos que resonaban contra el mármol como tambores de guerra—. No es Elena Varela. No es Dafne V. Es Alba Ruiz. Una mujer de veintidós años que Victoria usó. Que Victoria manipuló. Que Victoria robó. Y cuando hablemos con ella... —Se giró, mirando a Diego, luego a Daniel, y su voz bajó hasta convertirse en un murmullo que solo ellos pudieron oír—. ...cuando hablemos con ella, no será como enemiga. Será como víctima. Como Iris. Como Margot. Como yo.

Diego la miró con una expresión que Elena tardó en descifrar. No era desacuerdo. Era... ¿orgullo? ¿Tristeza? ¿Ambas?

—Eso es peligroso —dijo—. Si la tratas como víctima, podría aprovecharse. Podría ser una trampa. Victoria podría haberla entrenado para...

—Victoria no entrenó a nadie para ser víctima —interrumpió Elena—. Entrenó a sus Dafnes para ser sobrevivientes. Para ser frías. Para ser... yo. Y la única forma de romper ese ciclo es mostrarle a Alba que hay otra salida. Que no tiene que ser ni Victoria ni su versión de mí. Que puede ser simplemente ella.

Daniel se movió a su lado. Su mano se posó en la parte baja de su espalda, un gesto que no fue posesivo sino de apoyo, de anclaje en medio de la tormenta que se avecinaba.

—Entonces —dijo Daniel—. ¿Cuál es el plan?

Elena sonrió. Y fue una sonrisa que no había usado nunca. No de seducción. No de triunfo. De determinación maternal, de hermana mayor, de mujer que había visto el abismo y había decidido tender una mano a quien aún estaba a punto de caer.

—El plan —dijo—. es que yo entre primero. Sola. Sin ustedes. Sin armas. Sin protección.




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