Tres sombras y un solo latido.

capitulo 14

El Hospital Universitario de La Paz olía a desinfección industrial y a la resignación de quienes han aprendido que los cuerpos son máquinas que se descomponen sin consultar al alma. Elena caminaba por el pasillo de la planta de cirugía cardiovascular con una lentitud que no era suya, una lentitud que le había sido impuesta por la realidad de los hospitales, donde el tiempo no avanza sino que se acumula en montones de minutos muertos. Llevaba un abrigo ligero que había comprado en una tienda cercana al hotel —no quería llegar con la ropa de Londres, con la sangre de Sarmiento aún invisible en sus fibras— y en sus manos, un ramo de orquídeas blancas que le parecieron irónicas pero necesarias.

La habitación 342 estaba al final del pasillo, vigilada por un hombre de traje oscuro que Elena reconoció como seguridad de Sarmiento Capital antes de que él la reconociera a ella. El guardia —joven, con el cabello rapado y una expresión que intentaba ser intimidante— la detuvo con un gesto que era mitad cortesía, mitad amenaza.

—Señorita, esta es una zona restringida. El paciente...

—...es Alejandro Sarmiento —terminó Elena, y su voz salió con el filo que usaba en juntas de directorio—. Y yo soy Elena Varela. La persona por la que recibió la bala. Así que aparte, o llamo a su jefe de seguridad y le explico por qué dejó pasar a la única visita que el paciente realmente necesita.

El guardia parpadeó. Evaluó. Y algo en la postura de Elena —en la forma en que sostenía las orquídeas como si fueran un arma, en la determinación de su mandíbula que no admitía réplica— hizo que se apartara.

—Treinta minutos —dijo, como si él tuviera la autoridad para concederlos—. El paciente necesita descanso.

Elena no respondió. Empujó la puerta.

La habitación era privada, amplia, con una ventana que daba a un patio interior donde crecían árboles que parecían haber olvidado que estaban en medio de una ciudad. Sarmiento estaba en la cama, elevada en un ángulo de cuarenta y cinco grados, conectado a monitores que pitaban con una regularidad que Elena encontró obscena. Tenía el brazo izquierdo vendado hasta el hombro, el cabello despeinado de una manera que nunca le había permitido en público, y una barba incipiente que le daba un aspecto de vagabundo aristocrático. Pero era su expresión lo que detuvo a Elena en el umbral.

Estaba mirando por la ventana. Con una concentración absoluta, como si los árboles del patio contuvieran la respuesta a una pregunta que no podía formular. Sus ojos —esos ojos glaciales que ella había aprendido a leer como mapas de traición y deseo— estaban vacíos. No de muerte. De ausencia. De una distancia que no era física.

—Alejandro —dijo Elena, y su voz salió más suave de lo que pretendía.

Sarmiento se giró. Lentamente. Demasiado lentamente. Y cuando sus ojos se encontraron con los de ella, Elena vio algo que la heló más que cualquier mirada de Victoria.

No la reconoció.

No del todo. Hubo un destello, una chispa de algo que podría haber sido familiaridad, pero que se apagó antes de encenderse del todo, como un fósforo en viento.

—¿Señorita? —dijo Sarmiento, y su voz era educada, distante, la de un hombre que había pasado décadas perfeccionando la cortesía como armadura—. ¿Nos conocemos?

Elena sintió que el ramo de orquídeas pesaba toneladas. Caminó hacia la cama. Se detuvo a un metro. Y habló con una calma que no sentía.

—Soy Elena —dijo—. Elena Varela. Estuvimos en Londres juntos. Hace dos días. En la mansión de tu hermana.

Sarmiento frunció el ceño. El gesto fue genuino, una contracción de músculos que no controlaba, y Elena vio que le dolía físicamente intentar recordar.

—Londres —repitió, probando la palabra como si fuera un idioma extranjero—. Sí. Estuve en Londres. Victoria... mi hermana. Está enferma. —Hizo una pausa, y sus ojos se oscurecieron—. Algo pasó. Un disparo. Yo... —Miró su brazo vendado, como si lo viera por primera time—. ¿Me dispararon?

—Sí —dijo Elena, y su voz se quebró, pero se recompuso—. Te disparó Victoria. Para protegerte de mí. O para protegerme de ti. Los motivos... —Se rio, un sonido sin humor—. Los motivos siempre fueron confusos con ella.

Sarmiento la estudió. Con una intensidad que Elena recordaba, pero que ahora era diferente. No era evaluación. Era... exploración. Como un niño que examina un objeto que sabe que debería reconocer pero no logra ubicar.

—Elena Varela —repitió, y esta vez hubo algo en su tono, una vibración que podría haber sido memoria—. Hay algo. Un eco. Como un nombre que oí en sueños. Pero cuando intento alcanzarlo... —Golpeó suavemente su sien con la mano derecha, un gesto de frustración que le costó—. ...se desvanece. Los médicos dicen que es temporal. Que la pérdida de sangre, el trauma, el edema cerebral leve... que volverá. Pero ahora... —Su voz bajó, y por primera vez, Elena escuchó algo que no había escuchado nunca en Sarmiento: miedo—. ...ahora estoy en un país que no recuerdo haber elegido, en una cama que no recuerdo haber buscado, y tú... tú me miras como si yo fuera alguien que importa. Y no sé por qué. Y eso... —Tragó saliva—. ...eso es lo más aterrador de todo. No el dolor. No la amnesia. Es que tú existes, y que yo debería saber quién eres, y no lo sé.

Elena depositó las orquídeas en la mesita de noche. Se sentó en la silla junto a la cama, sin ser invitada, reclamando el espacio como siempre lo había hecho. Pero esta vez, no había estrategia. No había cálculo. Solo necesidad. Necesidad de ser vista. De ser recordada. De ser real para alguien que, de alguna manera, la había hecho real para sí misma.

—No importa —dijo, y la franqueza de sus palabras la sorprendió—. No importa si no me recuerdas ahora. Lo que importa es que estés vivo. Que respires. Que sanes. Y cuando la memoria vuelva... —Hizo una pausa, y su mano se extendió, casi involuntariamente, posándose sobre la de él, sobre la sábana, sobre el espacio donde su piel debería estar—. ...cuando vuelva, estaré aquí. O no. Dependerá de lo que elijas recordar. Pero ahora, en este momento, solo necesito que sepas una cosa.




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