El avión a Buenos Aires atravesaba una turbulencia sobre el Atlántico que hacía que las luces de la cabina parpadearan con un ritmo que Elena encontró poético: luz, oscuridad, luz, oscuridad, como el pulso de un corazón indeciso. Llevaba las horas de vuelo contando en la palma de la mano —siete desde Madrid, tres más hasta la escala de São Paulo, otras cuatro hasta Ezeiza— y en cada hora había intentado dormir, intentado leer, intentado no pensar en la niña que la esperaba en el otro extremo del mundo con su apellido en los labios como una oración.
Daniel dormía a su lado. No profundamente —sus párpados se movían con la urgencia de los sueños que no permiten descanso—, pero dormía. Tenía la cabeza inclinada hacia ella, casi tocando su hombro, y Elena no se había movido para evitar que el contacto se rompiera. Era un gesto pequeño, íntimo, de esos que no se planean pero que definen más que cualquier declaración.
Diego estaba tres filas atrás. Había insistido en ello, no por distancia sino por vigilancia —«Si alguien nos sigue, mejor que no vea a los tres juntos»—, pero Elena sabía que también era una concesión. A Diego le costaba compartir espacios cerrados con Daniel. Le costaba compartir espacios abiertos también. Pero lo hacía. Por ella. Porque había elegido que ella valía la pena, incluso con las complicaciones que eso implicaba.
La azafata pasó ofreciendo agua. Elena tomó un vaso. Bebió un sorbo. Y fue entonces cuando el teléfono de Daniel vibró en la mesa plegable entre ellos.
Elena miró la pantalla. Un mensaje de Margot Chen. No debería leerlo. Lo leyó.
«Lucía no está en el colegio. Desapareció hace cuarenta y ocho horas. La tutora dice que recibió una carta. De Victoria. O alguien que firma como Victoria. Dile a Elena que se apure.»
Elena sintió que el agua se convertía en hielo en su estómago. Tomó el teléfono. Despertó a Daniel con un codazo que fue más fuerte de lo que pretendía.
—¿Qué...? —Daniel abrió los ojos, confundido, todavía atrapado entre el sueño y la realidad.
—Lucía desapareció —dijo Elena, y su voz salió más dura de lo que pretendía, el filo de la general que no admitía excusas—. Hace dos días. Una carta de Victoria. O de alguien que se hace pasar por ella.
Daniel se enderezó. El sueño desapareció de sus ojos, reemplazado por algo que Elena reconocía: la urgencia del analista, la capacidad de procesar información bajo presión que había perfeccionado durante años de crisis financieras.
—¿Margot lo confirmó?
—Margot lo envió. —Elena le mostró el mensaje—. ¿Puede ser una trampa? ¿Victoria, desde Londres, desde el hospital, organizando esto?
—No —dijo Daniel, y su tono fue definitivo—. Victoria está bajo custodia médica. Monitoreada. Imposible que envíe cartas. Pero... —Hizo una pausa, y sus dedos volaron sobre la pantalla del teléfono, buscando, conectando—. ...pero Victoria tenía ejecutores. Gente que actuaba en su nombre sin preguntar. Gente que no sabía que ella estaba detenida. Que seguía recibiendo órdenes programadas. Cartas escritas de antemano.
—¿Crees que Victoria planeó esto? ¿Que sabía que podía caer y dejó instrucciones para que la sexta desapareciera?
—Creo —dijo Daniel, dejando el teléfono—. que Victoria nunca deja nada al azar. Y que, si Lucía recibió una carta, esa carta fue escrita hace meses. Programada para enviarse en caso de emergencia. Como su botón rojo. Como todo en ella.
Elena se levantó. Caminó por el pasillo estrecho, ignorando la señal de cinturones, ignorando las miradas de los otros pasajeros. Llegó a la fila de Diego. Se sentó en el asiento vacío a su lado, el que había reservado para «vigilancia».
—Lucía desapareció —dijo, sin preámbulos.
Diego no se sobresaltó. Sus ojos, que habían estado cerrados, se abrieron con una calma que Elena envidió. La calma del hombre que ha aprendido que el panico no salva vidas.
—¿Cuándo?
—Hace dos días. Carta de Victoria.
—Entonces no es Victoria —dijo Diego, y su lógica fue implacable—. Es alguien que sigue sus protocolos. Iris, quizás. Margot. O alguien que no conocemos todavía.
—¿Iris? —Elena frunció el ceño—. Iris estaba en Londres. Detenida. Custodiada.
—¿Estás segura? —Diego la miró, y en sus ojos había algo que Elena no supo leer—. ¿Segura de que Iris no escapó? ¿Segura de que no tiene contactos? ¿Segura de que no odia lo suficiente como para continuar el legado de Victoria incluso contra la voluntad de Victoria?
Elena no estaba segura. De nada. La certeza se había evaporado en el invernatorio de Hampstead, cuando Victoria disparó a su propio hermano y Elena comprendió que nunca había entendido realmente el alcance de la red que tejía.
—¿Qué hacemos? —preguntó, y la pregunta salió más pequeña de lo que pretendía. No era la general preguntando a su soldado. Era una mujer preguntando a un hombre que había sobrevivido al mismo infierno que ella.
Diego extendió la mano. La posó sobre la de ella, apretando con una fuerza que era ancla, no posesión.
—Llegamos a Buenos Aires —dijo—. Contactamos a Margot. Encontramos a la tutora. Seguimos el rastro de la carta. Y cuando encontremos a Lucía... —Hizo una pausa, y su voz bajó hasta convertirse en un murmullo que solo ella pudo oír—. ...cuando la encontremos, le ofrecemos lo que Victoria nunca le ofreció. Elección. Verdadera elección.
Elena asintió. Se levantó. Regresó a su asiento junto a Daniel, pero esta vez no se sentó. Se quedó de pie, sosteniéndose en el respaldo, mirando por la ventanilla hacia la oscuridad del océano que no se veía pero que se sentía, un vacío negro bajo las alas del avión.
—Cuando aterricemos —dijo, dirigiéndose a ambos, aunque Diego estaba demasiado lejos para oírla y Daniel ya lo sabía—. no vamos al hotel. Vamos directamente al colegio. Hablamos con la tutora. Vemos la carta. Y luego... —Hizo una pausa, y la determinación se apoderó de su voz como un manto—. ...y luego encontramos a Lucía. Antes de que quienquiera que la tenga la convierta en lo que Victoria quería. Antes de que pierda la oportunidad de elegir quién es.