Puerto Madero brillaba con una artificialidad que Elena encontró ofensiva. Torres de cristal y acero que reflejaban el Río de la Plata como si fueran monolitos de un futuro que nadie había pedido, restaurantes con nombres en inglés que servían comida que ningún local comería, yates amarrados en diques que olían a dinero viejo y a pretensión nueva. El Edificio Dársena era el más alto de la zona, una aguja de cristal tintado que se alzaba contra el cielo nocturno de Buenos Aires como una advertencia: *aquí vive gente que no quiere ser encontrada*.
Margot detuvo el Renault a dos cuadras de distancia, en una calle lateral donde la basura se acumulaba en bolsas rotas y la única iluminación provenía de un farol parpadeante que parecía a punto de rendirse.
—Entrada de servicio —dijo Margot, señalando hacia un callejón estrecho que descendía hacia el río—. Allí. Tres metros bajo tierra. Puerta de carga. Sin vigilancia visible, pero con cámaras en las esquinas.
Diego y Daniel salieron del coche. Se miraron. Por primera vez, Elena vio algo que no esperaba: un asentimiento mutuo. Una tregua silenciosa. Dos hombres que habían competido por ella y que ahora, finalmente, competían junto a ella.
—Veinte minutos —dijo Diego—. Nos das veinte minutos para posicionarnos. Luego entras.
—Quince —corrigió Elena, ajustándose la chaqueta, comprobando que la carta de Victoria seguía en el bolsillo interior—. Cada segundo que Lucía está con Iris es un segundo que puede cambiarla para siempre.
Diego asintió. No discutió. Se giró hacia Daniel.
—¿Sabes usar un pisapapeles como arma?
—¿Un pisapapeles?
—O un extintor. O una silla. —Diego sonrió, y fue su sonrisa torcida de siempre, la de la terraza, la del callejón—. En mi experiencia, las armas improvisas son más útiles que las reales. Menos esperadas.
Daniel rio. Un sonido breve, sorprendido, que rompió la tensión como un cristal bajo el agua.
—Eres completamente irreal —dijo.
—Ya me lo dijeron —respondió Diego. Y se fueron, desapareciendo en el callejón como sombras que se funden con la noche.
Margot se giró hacia Elena. En la penumbra del coche, sus ojos parecían dos puntos de luz reflectante, como los de un animal nocturno.
—¿Estás segura? —preguntó Margot—. Iris no es Victoria. Es peor. Victoria era fría. Calculadora. Iris es... ferviente. Cree realmente en el Proyecto Dafne. Cree que está salvando a las niñas de la mediocridad. Que las está elevando.
—Entonces le mostraré la verdad —dijo Elena—. Le mostraré lo que Victoria realmente hacía con sus Dafnes. Los archivos. Los videos. Las sesiones con Voss. Y si eso no la detiene... —Hizo una pausa, y su mano se cerró en puño sobre su rodilla—. ...entonces la detendré yo.
Margot asintió. Encendió el coche. Avanzó las dos cuadras hasta la entrada principal del Edificio Dársena.
El vestíbulo era un templo de mármol blanco y ascensores de cristal. Un conserje dormitaba en un mostrador de recepción que parecía más escultura que mueble. Elena pasó junto a él sin ser detenida —Margot había desactivado el sistema de seguridad desde el coche, una habilidad que Elena no preguntó de dónde venía— y se dirigió a los ascensores.
El 14B requería tarjeta de acceso. Elena no tenía tarjeta. Pero tenía la carta. Y en la parte de atrás, escrita con tinta invisible que Margot había revelado con una luz ultravioleta en el coche, había un código.
Introdujo los números. El ascensor ascendió.
El pasillo del decimocuarto piso era de alfombra gruesa que absorbía el sonido, de paredes con paneles de madera que imitaban calidez pero que solo lograban parecer sepulcrales. Elena caminó hacia el final, donde una única puerta de acero mate esperaba. No había timbre. Solo un lector de huellas y una cámara oculta en una jardinera de orquídeas artificiales.
Elena se detuvo frente a la cámara. Sonrió. No la sonrisa de la general. La sonrisa de la madre que viene a reclamar a su hija. La sonrisa que Victoria habría querido que tuviera.
—Soy Elena Varela —dijo, dirigiéndose a la cámara—. He recibido la carta. Vengo por Lucía. Mi hija.
Silencio. Largo. Penetrante.
Y entonces, un clic. La puerta se deslizó hacia un lado.
El apartamento 14B no era un hogar. Era un museo. Un museo dedicado a Elena Varela.
Las paredes estaban cubiertas de fotografías. No de Lucía. De ella. Elena en la universidad, con una mochila gastada y una sonrisa que no recordaba haber tenido. Elena en su primer día en Ashford & Partners, con un traje que le quedaba grande. Elena en Londres, caminando por el Támesis, con una bufanda que Victoria le había regalado y que ella había perdido. Elena durmiendo, en una fotografía que no recordaba haber posado, con la luz de la mañana iluminando su rostro con una ternura que la hizo sentirse violada.
Y en el centro de la habitación, en un sofá de cuero blanco, estaba Iris Vance.
No llevaba el vestido gris de Londres. Ahora vestía de blanco, un blanco puro, casi religioso, con un cuello alto que ocultaba su cuello y mangas largas que ocultaban sus muñecas. Su cabello, antes castaño claro teñido de ceniza, ahora era platino perfecto, el mismo tono que Victoria había usado durante décadas. Y en su regazo, un collar de perlas. El collar. El de la inscripción. El que Elena había dejado en Madrid.
—Elena —dijo Iris, y su voz era una imitación perfecta de Victoria, con la misma cadencia hipnótica, el mismo control de cada sílaba—. Por fin. Te he estado esperando. Te he estado preparando.
—¿Preparando? —Elena caminó hacia el centro de la habitación, obligándose a no mirar las fotografías, a no sentir la violación de su privacidad convertida en decoración—. ¿Preparando qué, Iris? ¿Otro museo? ¿Otra celda? ¿Otra versión de mí que no pedí?
Iris se levantó. Caminó hacia ella con pasos medidos, con la elegancia de quien ha practicado cada movimiento frente a un espejo durante años.