Nunca imaginé que echaría tanto de menos un lugar que, cuando vivía allí, solo quería dejar atrás. Supongo que nadie te avisa de que crecer también es eso: que puedes echar de menos hasta las calles que menos te gustaban. Esas donde todos saben cómo te llamas, qué has comido y si tu perro ha hecho caca tres veces en el mismo paseo.
Nunca pensé que un día echaría de menos incluso aquello que tanto deseaba dejar atrás y que en su momento parecía una cárcel.
Recordaba las calles con grietas donde tropecé mil veces, la tienda que habría incluso los domingos, los “vinos” después de misa. Cuando me despedí, nadie hizo un gran drama, volvería los fines de semana; pero al ver ese paisaje hacerse pequeño desde la ventanilla del coche, sentí que me despedía de una parte de mi infancia.
El adiós parecía fácil… hasta que el coche arrancó. Ahí descubrí que no lo era y que, quizá, crecer no dolía solo en los huesos, también en la nostalgia.
Mi madre iba mirando por la ventanilla como si quisiera retener cada prado, cada curva del camino. Mi padre apretaba más el volante cuanto más nos alejábamos del pueblo. Y yo… yo intentaba guardar en la memoria hasta el olor del aire frío de esa mañana. Me sorprendió incluso echar de menos a la panadera que siempre me preguntaba por qué salía tan despeinada de casa. Es curioso lo que tu corazón decide conservar cuando sabe que algo termina.
Aquel viaje fue silencioso. Mis padres intentaban quitar importancia al hecho de que ya no estuviera en casa todos los días. Yo miraba por la ventana, fingiendo emoción por la nueva etapa, aunque por dentro, esa parte de mí que sentía la inseguridad de enfrentarme a un entorno nuevo quería que el coche diera la vuelta.
El silencio en ese coche pesaba más que las maletas: era el idioma secreto de la incertidumbre.
Hubo un momento, justo al pasar el cartel del “toro”, en el que mi padre carraspeó como si quisiera decir algo, pero no lo hizo. Y mi madre me sonrió, un gesto que usaba cuando no encontraba palabras. En ese momento entendí que no solo me iba yo: ellos también tenían que aprender a dejarme ir.
Pero ahí estaba yo, con mis padres acompañándome a mi primer piso de estudiante. Arrastraba la maleta por las calles de Salamanca sin un rumbo claro y con un GPS que parecía estar todavía más perdido que nosotros.
Había una parte de mí que intentaba tranquilizarme: “ya aprenderás”, aunque aprender significara, esta vez, empezar desde cero.
No sabía si mi nueva vida en otra ciudad, con amigos nuevos, iba a ser tan fácil como me había imaginado.
Era mi primer año de universidad, empezaba Educación infantil, mi vocación desde siempre. Me hacía ilusión pensar que, algún día, podría ayudar a un niño a sentirse un poco más comprendido en el mundo.
Esa ilusión era mi ancla para no salir corriendo de vuelta al pueblo.
Mi nuevo piso estaba a tres calles de la facultad. Compartiría piso con dos chicas: Carla que ya ambientaba el piso con su música ligera, y María, que no paraba de sacar ropa como si su maleta fuera el bolso de Mary Poppins; y también con el primo de Carla, Diego, el futuro abogado más desastroso que he conocido.
No nos conocíamos de nada, pero teníamos algo en común: necesitábamos un techo y fingir que sabíamos ser adultos.
Carla me recibió con un abrazo tan rápido que ni siquiera me dio tiempo a respirar. Olía a flores y a entusiasmo. María me preguntó, sin conocerme, cuál era mi sigo del zodiaco, como si eso determinara el éxito de nuestra convivencia. Y Diego apareció en pantalón corto, una camiseta vieja de su instituto y una sonrisa que decía “bienvenida al caos”. En ese instante entendí que no había marcha atrás.
El piso olía a pintura y a algo diferente, quizás a empezar de cero. Las habitaciones estaban bien, aunque no precisamente decoradas con muebles de Ikea. La cocina, que según el anuncio era “acogedora”, en realidad era tan pequeña que tendríamos que aprender a respirar por turnos. Mi madre insistía en deshacer las maletas conmigo, y mi padre revisaba los enchufes, el grifo, las cerraduras… cualquier excusa para atrasar la despedida.
Cuando al fin se fueron, el silencio me pesó más de lo esperado.
Me quedé quieta unos segundos, sin saber si quería llorar o reír. Esta libertad daba vértigo y también una especie de emoción que rozaba el miedo.
La primera noche apenas dormí. La nevera hacía un ruido extraño, el edificio crujía como si tuviera vida propia, y cada sombra me recordaba que ya no estaba en mi habitación de siempre, con mis fotos, mis libros, y la seguridad de saber quién dormía al otro lado de la pared. Pero también, por primera vez, tuve la sensación de que algo nuevo podía empezar allí, en medio de ese miedo.
Me senté en la cama, mirando las paredes desnudas, y me pregunté si aquello era la liberación de la que todo el mundo hablaba o simplemente una forma distinta de estar sola.
Los primeros días se me escaparon sin darme cuenta. Pasaron entre clases, el olor del café de la cafetería, los paseos por el centro para situarme y mis intentos por fingir que entendía el funcionamiento de la lavadora (me llevaría la ropa a casa el fin de semana).
Carla era puro movimiento; bailaba mientras cocinaba (o eso pensaba ella que hacía calentando un túper de su madre) y hablaba con sus amigas a gritos por teléfono. María era el caos hecho persona: amable, divertida, pero con un talento especial para dejar ropa tirada donde menos te lo esperas.
Yo, en cambio, observaba, intentando entender si encajaba en aquel pequeño universo compartido.
A veces sentía que ellas ya tenían un papel asignado y yo estaba buscando el mío sin saber se había hueco.
Una noche, mientras ellas discutían sobre quién había usado la última cápsula de café, me di cuenta de que me gustaba escucharlas. Que ese ruido, ese caos, ese movimiento constante… también era hogar. Y que quizá yo también podía formar parte de algo así.