Las semanas pasaban. Todo tomó un matiz de caos divertido.
Entre clases y profesores que parecían que hablaban en otro idioma, trabajos que se multiplicaban por arte de magia y salidas improvisadas por Salamanca… la vida universitaria me pasaba por encima, pero de una manera que, en realidad, me gustaba.
Los días parecían no tener suficientes horas, a veces desayunaba corriendo un café frío mientras me ponía los zapatos, otras noches me quedaba despierta hasta tarde, riéndome con mis compañeros de piso por cualquier tontería. Había algo bonito en todo ese desorden: la sensación de que el mundo se abría y yo empezaba a encajar en él, poco a poco.
Hubo días en los que me sorprendía sonriendo sola mientras caminaba por la calle Zamora, pensando que, sin darme cuenta, estaba haciendo mi vida. Que cada café a deshoras, cada carrera para no llegar tarde a clase, cada charla absurda con Carla o Diego era una pieza más de esta nueva versión de mí que estaba naciendo sin que yo lo hubiera planeado.
Julien y yo… pues bien, éramos amigos. Eso decía todo el mundo, y yo me lo repetía como un mantra. Pero creo que nadie que nos viera se lo creía demasiado.
Aunque intentaba evitarlo, poco a poco estaba cayendo en algo que ni yo misma comprendía. Mi estómago hacía volteretas olímpicas cada vez que se sentaba a mi lado.
A veces me pillaba mirándolo sin querer, intentando descifrar qué pensaba detrás de esa calma suya. Julien no era de los que hablaban por hablar; cuando decía algo, lo hacía con esa serenidad que te hacía creer que todo tenía sentido.
Y eso, quizá, era lo que más me atraía: la forma en que conseguía bajar el volumen del resto del mundo con una sola mirada.
A veces, cuando hablábamos, tenía la absurda sensación de que él sabía más de mí de lo que realmente le había contado. Como si entendiera mis silencios de una manera que no era normal para alguien que conocía desde hacía tan poco. Y eso me daba miedo… pero también me gustaba más de lo que admitiría.
Él venía al piso de vez en cuando, ya que era compañero de clase de Diego, y siempre traía una sonrisa lista para desarmarme y el chiste malo de turno para hacerme reír.
A veces ayudaba a Diego con sus apuntes; otras simplemente se quedaban a charlar mientras Carla calentaba un táper de su madre o María se quejaba de algún trabajo imposible.
En esos ratos, Julien parecía parte del piso. Su voz llenaba la cocina, su risa se mezclaba con la nuestra y todo se sentía un poquito más fácil.
Era como si la casa respirara diferente cuando él estaba dentro.
A veces lo escuchaba hablar desde mi habitación, mezclando su español torpe con expresiones francesas que Diego imitaba fatal, y sin querer me encontraba sonriendo. Me acostumbré tanto a su presencia que los días en los que no venía sentía el piso… más vacío. Como si faltara una pieza del ruido habitual.
—¿Estudias? —preguntó un día, asomándose por la puerta de mi habitación.
—Lo intento —resoplé.
—Allez! Te invito a un café, que eso siempre ayuda —insistió.
Era de esos chicos que te hacen sentir interesante con solo preguntarte cómo va tu día. Y yo fingía no darme cuenta de lo mucho que me gustaba eso.
Cuando se iba, el espacio que dejaba en mi habitación tenía una forma rara, como si faltara algo.
Negar lo que estaba empezando a sentir se estaba volviendo una gimnasia emocional agotadora. Cada día costaba un poquito más disimularlo.
A veces me decía: “solo es un amigo que te cae bien”, como si repetirlo fuera a convertirme en alguien inmune. Pero luego recordaba cómo me escuchaba, cómo fruncía el ceño cuando me concentraba, cómo se reía de mis bromas malas… y sabía que estaba completamente perdida.
Ese viernes, Diego se acercó a mi habitación con una noticia que ya se intuía maliciosa.
—Esta noche hay fiesta para los Erasmus. Te vienes —ordenó, sin discusión posible.
—Diego, tengo que estudiar —mentí, fatal.
—Claro —dijo, mirando el libro cerrado frente a mí— Estás estudiando muchísimo.
No tenía muchas ganas de salir, pero algo dentro de mí, una curiosidad o tal vez la posibilidad de verlo a él, terminó convenciéndome. Me pasé más rato frente al espejo del que admitiría, intentando que pareciera que no me había arreglado demasiado. Elegí una camisa sencilla, unos vaqueros y perfume, solo un poco, pero lo suficiente para sentirme distinta.
Demasiado rato eligiendo complementos para alguien que “solo era un amigo”.
Carla me miró desde su cama, con cara de “ya lo sabía yo”, pero no dijo nada. María se limitó a soltar un: “ponte un pintalabios nude, ese le gusta”, como si llevara años analizando mis interacciones con Julien. El problema es que… acertó.
Llegamos a la casa donde se hacía la fiesta. Empezó a moverse la bebida, la música; las voces y las risas se escuchaban desde la calle.
El salón estaba lleno de gente que hablaba en varios idiomas, mezclando inglés, francés y español de un modo divertido. Las luces eran tenues, había olor a cerveza y a colonia dulce. En una esquina, un grupo discutía sobre política, en otra, bailaban sobre el suelo pegajoso. Salamanca tenía esa capacidad: convertir cualquier casa en una pequeña convención de la ONU con estudiantes y caos.
Julien llegó con un grupo de chicos también de Erasmus y con una camiseta que le quedaba... bueno, demasiado bien para mi paz mental.
Yo fingí no haber notado que ya estaba allí, aunque lo había visto en cuanto cruzó la puerta.
—Bonsoir, Lucía —dijo con su acento, que parecía ilegal.
—Hola… —contesté, intentando no derretirme.
Nos saludamos con dos besos y, aunque fueron totalmente inocentes, mi corazón decidió ir por libre y comportarse como si acabara de correr un maratón.
Su olor, una mezcla de jabón y algo que no supe identificar, se me quedó pegado. Era absurdo cuánto podía afectarme un saludo.
Noté el calor de su mejilla incluso después de separarnos. Un calor ridículo, inútil, pero que me dejó sin saber dónde poner las manos. Él se quedó un segundo más cerca de lo habitual, como si fuera a decir algo… pero no lo hizo. Y ese casi, ese gesto suspendido, se me quedó grabado.