Tres veces nosotros

Capítulo 3 - La (otra) noche que lo cambió todo

Desperté con resaca, pero no solo de alcohol: también con una resaca emocional por el beso, ese beso que me tenía la cabeza peor que mis apuntes de Psicología.

Era como si mi cerebro se hubiera quedado suspendido en ese momento, repitiéndolo una y otra vez en bucle. Cada vez que cerraba los ojos lo veía, lo sentía. Y al mismo tiempo, una parte de mí se negaba a creer que todo aquello hubiera pasado de verdad.

Me miré en el espejo antes de ir a clase, y no sé qué era peor: si las ojeras y el moño de emergencia, o la sonrisa de idiota que se me había quedado de forma permanente.

Intenté poner cara de persona normal, pero ni con corrector ni con café conseguí disimular la felicidad. Tenía un brillo absurdo en la mirada, como si me hubieran encendido una luz dentro, una de esas luces que sabes que no se va a apagar fácilmente.

Y aun así, debajo de esa luz, había un miedo suave, como si una parte de mí temiera que él no sintiera lo mismo al despertar. Era la duda de siempre: ¿y si para él había sido solo un impulso? ¿Y si yo ya estaba sintiendo demasiado?

Al salir al portal, sonó el móvil.

Julien: “Bonjour, belle!”

Tardé tres minutos en responder porque, en mi interior, se estaba celebrando una fiesta.

Yo: “¡¡Buenos días!!”

Borré y reescribí el mensaje tres veces antes de enviarlo. No quería parecer demasiado emocionada, aunque por dentro estaba gritando como una adolescente en un concierto.

Era ridículo lo nervioso que me temblaba el dedo para pulsar “enviar”.

Nunca un mensaje tan simple me había puesto tan nerviosa.

El resto de la semana fue un poco caótico: trabajos interminables, prácticas, café aguado de la facultad y profesores que parecían hablar en subtítulos, pero, en medio de ese desastre, estaba él.

Pasaba a buscarme después de clase, me traía chocolates (a veces incluso me los encontraba por la mochila). En la biblioteca me buscaba desde lejos y me guiñaba un ojo, como si compartiéramos un secreto que nadie más veía.

A veces me mandaba audios en francés, de los que no entendía ni una palabra, pero que sonaban…

Julien: “esta noche no puedo dejar de pensar en ti…”

Creo que cada mensaje suyo me derretía un poco más.

Empecé a vivir la semana como si todo girara en torno a esos pequeños momentos: el mensaje inesperado, el saludo en la biblioteca, el roce de su mano cuando me daba un libro. Tenía la sensación constante de estar al borde de algo, sin saber si debía avanzar o retroceder.

El jueves, Diego escribió en el grupo del piso:

Diego: “Esta noche, fiesta de Halloween. Cuento con vosotras”

Carla: “Me encanta disfrazarme”

María: “¡¡Cena y botellón!!”

Carla y María se pusieron en modo organización militar. Carla sacó mil pinturas de maquillaje y María encontró sangre falsa que manchaba hasta por dentro.

—Vamos a ser zombis, pero de los que dan envidia —declaró Carla.

—Zombis sexys —corregí yo.

El salón se convirtió en un campo de batalla de purpurina, lentillas de aspecto dudoso y risas sin control.

—¿Y Julien? —preguntó María con sonrisa maliciosa.

—No sé, no he hablado con él esta tarde. No he pensado mucho en él con esto de la fiesta —mentí fatal, cardándome el mismo mechón de pelo por cuarta vez.

Llevaba toda la tarde pensando en él. ¿Tanto se me notaba?

—Claro, claro… —dijo Carla, alzando las cejas.

Las dos me miraban con esa complicidad peligrosa de quien sabe más de lo que deberían y aunque intenté cambiar de tema, no sirvió de mucho. Estaba claro que mi cara de idiota me delataba.

Muchas risas después, terminamos una botella de vino barato que, para nosotros, sabía a Rioja de buen año. Diego había preparado una playlist llamada “Canciones para perder la dignidad con estilo”.

Cantamos a gritos, bailamos entre los muebles del salón y hasta hicimos una coreografía improvisada con escobas y linternas del móvil. Ese caos tenía algo de hogar, de juventud haciéndose adulta a trompicones.

Nos fuimos a la fiesta.

La discoteca estaba a reventar: música alta, luces naranjas, decoración terrorífica y gente disfrazada. Pero lo que de verdad daba miedo eran los precios de las copas.

Hasta que alguien en la barra gritó:

—¡Un chupito gratis para las chicas más terroríficas!

Se nos iluminó la cara. Salamanca en estado puro.

El ambiente olía a maquillaje y cerveza derramada. Había esqueletos bailando con piratas, ángeles abrazados a demonios y zombis bailando reguetón.

Era imposible no reírse.

Julien apareció un rato después con unas chicas de su grupo de Erasmus. Venía disfrazado de vampiro.

Un condenado vampiro sexy con sangre en la comisura de sus labios y una pinta que no ayudaba nada a que yo mantuviera la calma.

Me vio y vino directo hacía mí.

—Estás… wow —dijo, recorriéndome con la mirada.

—Tú también estás wow —le contesté, y luego me insulté mentalmente por ser tan poco original.

Él se rió, esa risa grave que me gustaba tanto, y me puso una mano en la cintura mientras seguíamos moviéndonos al ritmo de la música. Su cercanía era casi tangible. Tenía la sensación de que todo mi cuerpo había estado esperando ese gesto.

Bailamos pegados. Él se reía de mis pasos zombis y yo le robaba sorbos de su vaso porque le decía que era “medicina contra la muerte”.

Su mano se deslizaba con cuidado por mi espalda.

A veces hablábamos, a veces solo nos mirábamos.

Cada movimiento suyo era una amenaza directa a mi autocontrol.

Entre baile y baile, sus labios rozaron mi oído.

—No puedo dejar de querer besarte —susurró.

Mi cerebro dio error. Mi corazón se derritió.

Me quedé quieta, con la piel ardiendo, sintiendo su respiración contra mi cuello.




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