Tres veces nosotros

Capítulo 4 - Entre risas, roces y nervios

Me desperté con dos cosas dando vueltas en mi cabeza, ambas igual de peligrosas.

  1. Había dormido con un francés imposible de superar, y eso seguía siendo algo difícil de procesar a estas horas.
  2. Estábamos medio desnudos y tenía su brazo por encima de mi cintura (¡mi cintura!).

Creo que mi estómago estaba a punto de estallar con una revolución de mariposas en mi interior.

Si me hubiesen dicho hace unos meses qué me esperaba de mi primer año… no te voy a mentir: algo así siempre fue un sueño en mi imaginación, pero no esperaba que realmente se cumpliese nada parecido.

Me quedé unos segundo muy quieta, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper el hechizo. No sabía qué me daba más vértigo: que aquello estuviera pasando de verdad, o la idea de que, a partir de ahora, todo fuera distinto entre nosotros.

Ya no era solo “ese chico francés que me gusta”. Era Julien, el Julien que ya conocía mi risa, mi piel y hasta mis nervios

Julien, cuya respiración tranquila contra mi cuello hacía que mi cuerpo recordara cosas que mi mente aún no había procesado.

Intentaba no moverme mucho porque me estaba encantando esta sensación, pero era bastante difícil cuando su mano descansaba justo donde mi imaginación quería que siguiera explorando.

Sentía su tibieza pegada a mí de una forma tan íntima que me costaba decidir si quería huir… o perderme aún más en él.

La verdad es que me asustaba la rápido que mi cuerpo había aprendido a reconocerlo, como si llevara años esperándolo y no solo semanas. Era una familiaridad peligrosa, una que no tendría que existir tan pronto… y, sin embargo, ahí estaba.

—Buenos días —murmuró él, con una voz ronca y profunda. Como si no tuviera ya bastante con todo, además hablaba así recién levantado.

—¿Era necesaria esa voz recién levantado? —me quejé— No te imaginas cómo me lo estás complicando en este momento.

Rió bajito y siguió explorando con su mano por mi cadera.

—Mmm… ¿esto ayuda o lo estoy empeorando? —preguntó con esa inocencia fingida que tampoco ayudaba.

—No ayuda, pero como pares… vas a tener un problema de verdad —admití, mientras mi piel empezaba a tener sensaciones propias.

Se apoyó un poco más contra mí, y noté su sonrisa en mi cuello antes de besarme. Esa mezcla de ternura y descaro era peligrosa. Con él todo parecía un juego, pero por dentro yo sentía que me estaba jugando algo importante, aunque aún no supiera exactamente qué.

Era la sensación de estar en el borde de algo grande, algo que podía salir muy bien… o romperme en mil pedazos. Pero aun así, me seguía acercando.

Su boca rozando mi cuello me enviaba un calor que no tenía nada de inocente.

Nos reímos entre besos perezosos, caricias y mucha exploración.

Y, sin verlo venir pero con mucho deseo, nos volvimos a enredar.

Menos torpes, más seguros, más nosotros.

No hace falta que entremos en detalles… pero sí: volvió a pasar.

Y fue mejor. Mucho mejor.

Esta vez no pensé en si estaba haciéndolo bien, ni en si aquello era como en las películas; solo pensaba en lo bien que encajábamos, en cómo me miraba como si yo fuera lo único importante del mundo.

Eso daba más vértigo que cualquier otra cosa.

Era una forma de mirarme que nadie había tenido antes conmigo, una forma que me hacía sentir vista, elegida… y vulnerable. Mucho más vulnerable de lo que me atrevía a admitir.

El resto de la semana fue un poco como estar en un campo de batalla: trabajos pendientes, clases interminables y yo intentando sobrevivir a todo esto, con la cabeza más centrada en cierto francés guapísimo que en seguir al profesor en clase.

Y, por si faltara algo, Julien se encargaba de alimentar al monstruo que él mismo había creado.

Julien: “Solo puedo pensar en lo mucho que me gusta despertarme pegado a tu espalda”

Yo: “A mi espalda también le gusta”

Julien: “Mmm… me gusta demasiado. ¿Te apetece un café? Tengo una hora libre”.

Yo: “¡Vale! Pero deja las manos traviesas en clase”.

Julien: “Jajaja entonces no voy”.

Así pasábamos los días. Éramos estudiantes, sí, pero nadie dijo que el tonteo estuviera prohibido.

Era un punto intermedio perfecto entre lo que éramos y lo que no queríamos admitir aún.

Y esa zona intermedia, difusa pero cómoda, empezaba a engancharme más de lo que estaba dispuesta a reconocer incluso ante mí misma.

A veces coincidíamos por casualidad en los pasillos de la universidad, y ese “hola” rápido con sonrisa cómplice me duraba toda la mañana.

Diego empezó a sospechar algo, o eso creo, porque nos miraba raro cuando nos veía llegar juntos a casa o cuando Julien se quedaba un poco más de la cuenta en el salón.

Carla y María directamente ya no disimulaban: cada vez que yo miraba el móvil y sonreía, se lanzaban miradas entre ellas y ponían cara de “ya está otra vez hablando con el francés”.

Y sí, tenían razón. Estaba “hablando con el francés” casi todo el día.

Era ridículo lo feliz que me hacía un simple mensaje suyo.

Un fin de semana de esos en los que yo no me iba a casa y no había mucho ambiente de fiesta, decidimos hacer un plan el domingo.

Quedamos los dos solos para disfrutar de nuestra “primera cita” de manera oficial.

Y yo, extraoficialmente, intentaba no parecer desesperada por tener tantas ganas de besarme con Julien en algún rincón perdido de la ciudad.

La noche anterior me la pasé pensando que ponerme, como si eso fuera a cambiar algo. Abrí el armario cinco veces, probé combinaciones absurdas y al final elegí lo de siempre: algo sencillo, cómodo, que me hiciera sentir yo, pero una “yo” ligeramente mejorada.

Quería gustarle. Aunque él ya me miraba como si fuera suficiente.

Y eso, precisamente eso, era lo que más miedo me daba: que me gustara tanto cómo me veía en sus ojos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.