El resto del trimestre pasó como una ráfaga por delante de mi cara: clases, café y besos; biblioteca, siestas imposibles y besos; trabajos de la uni, cenas cutres y más besos.
Julien estaba en todo, como un complemento que me acompañaba durante toda la semana.
Me propuse poner orden en mi vida y, aunque la vida de estudiante intentó devorarme viva, Julien ayudaba: se convirtió en mi premio al final del día… o, a veces, en el motivo por el que el día empezaba mejor de lo que merecía.
Era mi caos favorito dentro del caos general.
A veces sentía que todo lo demás (los trabajos, los exámenes, el cansancio) lo aguantaba mejor solo porque sabía que al final del día iba a verle, aunque fuera diez minutos en la cafetería o un beso rápido en la puerta de la facultad.
En casa reinaba el caos habitual. Inauguramos la temporada de “villancicos estilo Diego” a mediados de noviembre. Carla y María montaron un Belén que ellas llamaron “minimalista” (pero era más bien ridículo), con tres figuritas compradas en el chino y un dinosaurio de plástico porque le daba “el toque rústico”.
El dinosaurio llevaba un gorrito de Papá Noel que María insistía en que le daba personalidad.
Y la verdad… tenía más carisma que los Reyes Magos.
—Lucía, ¿has visto mi jersey de renos? —gritó Diego desde el pasillo.
—El que tiene un cascabel no, por favor.
—Ese mismo. La Navidad es todo actitud y estilo.
—Y un delito estético —rematé.
Entre risas y atracones de turrón del Mercadona, llegó la Nochevieja Universitaria: brilli brilli por todas partes, uvas de gominolas y una plaza llena de estudiantes contando hacia atrás como si practicáramos matemáticas bajo los efectos del alcohol.
Esa noche apareció Camille, una amiga de Julien de su grupo de Erasmus.
No apareció como una tormenta, sino como un viento suave que anuncia que algo va a cambiar, aunque no sepas el qué.
Era muy guapa: labios rojos, abrigo elegante y una seguridad que me atravesó hasta el alma. Tenía ese tipo de toque europeo que parece heredarse genéticamente.
La clase que yo no tendría ni estudiándola en la universidad.
—Bonsoir, Lucía —me dijo con una sonrisa educada.
—Hola, Camille —respondí con mi mejor imitación de mujer empoderada.
—Julien habla mucho de ti —añadió, dejando el comentario flotando como una lucecita navideña.
No hubo tensión… pero algo en mí se encogió un poquito.
Quizá fue verla reírse con él minutos después o quizá porque yo vengo de un pueblo pequeñito y ella parece sacada de una revista parisina.
Fue solo un pellizco, algo pequeño pero suficiente para quedarse.
No era una escena de celos dramáticos, era más bien una punzada silenciosa: la sensación de que, al lado de ella, yo era la versión “básica” de todo. Ella decía “bonjour” y sonaba a cine francés; yo decía “hola” y sonaba a bar de pueblo con tapas.
La noche siguió entre caos y diversión: Diego intentó bailar encima de un banco; Carla ligó con un Papá Noel verde; María se perdió cinco minutos y volvió con un gorro nuevo y espumillón por todas partes.
Julien y yo nos fuimos cuando el frío empezó a sentirse en los huesos.
Llegaron las vacaciones y decidimos pasar nuestra última noche en la ciudad dando un paseo.
Vimos un mercado navideño, con luces y figuritas que te atrapaban en el ambiente, y un árbol gigante en la Plaza Mayor con un espectáculo de vídeo y luces que te hacía sentir dentro de una película.
Julien miraba todo con ojos asombrados, como si la Navidad española fuera un descubrimiento arqueológico.
Cada vez que sonreía, yo también me iluminaba un poco.
Me gustaba verlo así, como niño grande, señalando cosas, haciéndome preguntas tontas sobre los Reyes Magos o por qué aquí comíamos uvas en Nochevieja. Me hacía sentir que, por primera vez, yo era la que enseñaba, la que sabía más que él de algo.
Fuimos también a nuestro huerto favorito donde habían colocado luces con forma de animales.
La verdad que no tenían ningún sentido navideño, lo cual lo hacía aún más divertido y eso hizo que Julien no parara de hacer comentarios absurdos buscando algo de lógica.
Mientras veíamos el espectáculo de luces en la Plaza Mayor, me susurró algo en francés que no entendí (como siempre). Podría haber sido una receta de cocina, pero con su voz sonaba a poesía.
Y luego me besó lento, despacio, como si quisiera alargar el momento para no irse de vuelta a casa.
Nos despedimos con las manos frías pero la piel ardiendo.
Cero dramas, pero con hambre de más.
Las vacaciones empezaron fuertes: videollamadas eternas tumbada en mi cama del pueblo; audios con su risa de fondo; fotos tontas de mi perro con gorrito ridículo; fotos suyas con un croissant haciendo como que estaba triste.
Julien: “Echo de menos tus manos”
Yo: “Mis manos también te echan de menos”
Seguimos con nuestras tonterías… hasta que, sin darnos cuenta, todo empezó a frenarse.
Los mensajes empezaron a tener más espacio entre ellos, hubo llamadas pospuestas, silencios que al principio no estaban.
No era algo grave, pero sí era diferente.
Como si el invierno se hubiera colado también entre nosotros.
Yo me repetía que era normal, que cada uno estaba con su familia, con amigos, con planes… pero había ratos en los que miraba el móvil cada cinco minutos y el silencio pesaba como si fueran piedras en la pantalla. No era lo que decía, era lo que no decía.
Yo me reencontré con mis amigas del pueblo entre cervezas, raciones de croquetas y mucho, mucho cotilleo.
Les hablé de Julien, y ellas me miraron con esa sonrisa de “estas muy pillada”.
Me sentí querida, en casa, pero también un poquito fuera de lugar.
Era raro: llevaba años soñando con irme del pueblo, y ahora que lo había hecho, volviendo allí sentía que estaba a medias en todas partes. Ni del todo de aquí, ni del todo de Salamanca. Y con Julien… tampoco sabía muy bien dónde estaba.