Tres veces nosotros

Capítulo 6 - Entre exámenes, besos y migas extremeñas

Los días pasaban entre biblioteca y besos… bueno y no solo besos. Llamémoslo método de relajación postbiblioteca. No estoy muy segura, pero si el estrés universitario tuviera algún tipo de cura, igual cierto francés que me trae loca podría ser una de ellas.

—Lucía, concéntrate.

—Lo intento, pero tienes la camisa medio abierta.

—Es una distracción visual necesaria para comprobar tu resistencia, mademoiselle.

¿Y cómo se supone que iba a concentrarme así? A veces no sabía si aprobaba por esfuerzo o por motivación, pero su sonrisa valía más que cualquier manual de psicología. Cuando me inclinaba para ver mis apuntes, notaba su olor mezclado en el ambiente y me hacía perder el hilo hasta del abecedario. Y cada vez que recuperaba el hilo… él encontraba una nueva forma de distraerme. A veces pensaba que, si algún día suspendía algo, no iba a saber si culpar al sistema educativo o a sus malditos ojos verdes.

Los exámenes no fueron fáciles; nos dejaron medio zombis, pero con Julien cerca todo parecía más fácil. Los descansos de estudio cada vez duraban más y Diego empezó a sospechar:

—¿Estudiando o “estudiando”? —preguntaba haciendo comillas con los dedos.

—Trabajo de campo —respondí con orgullo profesional.

Aun así, avanzábamos. Por cada aprobado hacíamos fiestas improvisadas en el piso: pizza congelada, música alta, cerveza fría y bailes que no debían alargarse... aunque a veces se nos iba un poquito de las manos la celebración.

Carla y María se encargaban de que nadie cayera dormido antes de las tres, mientras Diego ponía el caos, las bromas y el café… pero no de su cafetera italiana traumatizada. Y Julien… Julien se dedicaba a arruinarme cualquier intento de concentración solo con existir.

Se había convertido prácticamente en uno más del piso. Estudiaba con Diego en el salón, dejaba zapatillas tiradas en mi habitación y su aroma impregnaba hasta las toallas.

—Ya solo te falta un cepillo de dientes aquí —le dije.

—Tengo el tuyo —me guiñó un ojo.

Mi cerebro hizo cortocircuito y le lancé un cojín.

—¡Eso es asqueroso! Has invadido mi espacio.

—No —rió— solo es organización logística aplicada en una relación.

Y claro, selló el comentario con un beso, asique adiós queja y bienvenida a la amnesia selectiva. Era imposible enfadarme con él más de tres segundos seguidos. Había discutido más fuerte con la tostadora que con él.

Esa era nuestra rutina: estudiar, reírnos, besarnos, discutir por tonterías, volver a reírnos. No había grandes planes, pero había una calma bonita, una sensación de estar justo donde tenía que estar. Y quizá por eso mismo me daba miedo pensar en lo que vendría después.

A veces pensaba lo raro que sería cuando se marchara… aunque intentara no pensarlo. Cada vez que alguien mencionaba junio, mi estómago hacía un pequeño nudo. Lo desataba rápido, como quien guarda un cable en un cajón y cierra deprisa para no verlo.

Cuando terminaron los exámenes, me sentí libre por primera vez en semanas, pero esa sensación duró poco.

Julien recibió una llamada y su cara cambió.

—Mi abuelo está enfermo —dijo en voz baja— Tengo que irme a casa.

Me quedé helada, no solo por la noticia, sino por la forma en que se cerró de golpe, como si levantara una muralla invisible. Hablaba poco y parecía que esquivaba mis preguntas con frases cortas.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—No lo sé.

Esa respuesta pesó más de lo que debería.

Mencionó algo sobre su padre y la empresa familiar, pero sin detalles. Todo me sonaba misterioso, como si no solo estuviera triste por la enfermedad de su abuelo. Vi algo en sus ojos que no había visto antes: una mezcla de miedo, rabia contenida y cansancio antiguo, como si aquella llamada hubiera abierto una puerta que llevaba años esforzándose por mantener cerrada.

—Si necesitas hablar con alguien… —intenté— te puedo ayudar.

—No sé cómo hacerlo… y ahora mismo tampoco tengo fuerzas para intentarlo.

Fue la primera vez en nuestra historia en la que no supe qué decir. Así que ni dije nada, solo lo abracé y lo sostuve, intenté transmitirle mi calor de una manera que no hicieran falta palabras. Porque a veces abrazar es lo único que puedes ofrecer… y también lo único que de verdad sirve.

—Cuando quieras hablar, aquí estoy—susurré.

—Lo sé, mon ange —me besó la frente— Te escribo cuando llegue.

Asentí, aunque algo dentro de mí dudó de esa promesa.

Y así, sin más explicaciones, se fue, con un billete de avión, una mochila ligera y un parte de mí haciendo fuerza para no irme detrás. Su abuelo falleció unos días después.

Los primeros días sin él fueron un poco grises, no tormentosos pero si grises.

Me acostumbré al silencio del piso, a la ausencia de su taza de café, a los mensajes breves que llegaban tarde por las noches. Antes me escribía para todo; pero ahora parecía elegir cuándo desaparecer.

Me daba miedo escribirle demasiado, como si al hacerlo lo interrumpiera en algo importante.

Cada vez que sonaba el móvil, me sobresaltaba y cada vez que no era él dolía más de lo que me atrevía a admitir. Era ese tipo de dolor pequeño, silencioso, pero constante… Como una gota cayendo siempre en el mismo sitio. No te rompe de golpe, pero te va desgastando.

Aproveché mis días libres tras los exámenes, y la ausencia de Julien que se hacía notar en cada esquina, para pasar unos días en casa. Volver al pueblo siempre era como un reseteo mental: dormir sin alarma, comer como si no existiera el hambre, dejar que mi madre me tratara como si tuviera diez años…

El pueblo seguía igual, pero sentía que yo no. Parecía que estaba entre dos mundos: demasiado adulta para estar allí, demasiado niña para entender lo que estaba viviendo con Julien. Y mientras mi padre hablaba de política y mi madre criticaba el realities…, yo pensaba en París. En si estaría bien, si comería algo más que café y cruasanes, si dormía o si pensaría en mí. Era como echar de menos a alguien que estaba lejos… y a la vez a una versión de mí que aún no sabía quién era. Me miraba en el espejo de mi habitación de siempre, con el mismo edredón, los mismos pósters medio despegados, y sentía que la chica que se veía reflejada ya no encajaba del todo en ese decorado. Como si me hubiera quedado pequeña incluso yo misma.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.