La vuelta a la rutina, clases, trabajos y “distracciones” (alias Julien), se hizo más llevadera gracias a un evento que Diego llevaba semanas anunciando como si fuera la final de la Champions: “el viaje de Semana Santa”.
—Confía en mí —declaraba, revisando una lista interminable —Este viaje va a ser histórico.
—Eso dices siempre antes de meternos en un lío —resopló Carla, sin dejar de mirar el móvil.
—Nunca nos han detenido, no seas dramática —contestó él, muy digno.
—De momento —añadió ella.
Creó un grupo de WhatsApp: “Operación Vacaciones Legendarias”. Se llenó de memes, audios, rutas y fotos del coche que todavía ni teníamos y hasta un bingo de chupitos que daba miedo. Era glorioso ver cómo perdía la cabeza con cada detalle.
Carla logró lo imposible: que su padre le dejara el coche.
—Tened cuidado, ¿eh? Ni un rasguño —advirtió él.
—Soy la responsabilidad en persona —aseguró Diego.
—Sobre todo tú, sí —murmuró Carla, rodando los ojos.
El fin de semana antes del viaje, Carla y Diego fueron a por el coche y volvieron con el maletero lleno de trastos inútiles: nevera portátil, altavoz y hasta un flotador de unicornio “por si acaso”.
El lunes emprendimos el viaje. Hacer encajar las maletas fue un tetris sin instrucciones. Diego puso una playlist de los 2000 que cantábamos a gritos mientras María se comía media despensa de galletas.
—¡Siguiente parada: baño infernal! —gritó Diego, frenando como si compitiera en un rally.
Paramos en una gasolinera de esas que parecen sacadas de una película de terror. Julien, miró el cartel medio roto.
—¿Este sitio es real?
—Inmersión cultural —sentenció Diego— Aquí o te hacen un bocadillo o te crean un trauma, depende del turno.
Nos perdimos tres veces. Carla culpaba al GPS, María casi se atraganta de la risa y yo… yo solo intentaba hacer como si no pasara nada cada vez que Julien me rozaba. El coche olía a perfume, a galletas y a nervios. Era uno de esos viajes donde todo parece ligero por fuera, pero algo por dentro empieza a tensarse sin avisar.
Y aún así, cuando llegamos, todo valió la pena.
La casa rural era increíble: paredes de piedra, techos de madera y una terraza que olía a verano anticipado. Tenía tres habitaciones: una abajo y dos arriba, con ventanitas que daban al salón.
Diego fue el primero en estrenarla, asomando la cabeza desde arriba:
—¡Veo a gente aburrirse sin mí!
Los primeros días lo pasamos genial. Hicimos turismo por el pueblo, hubo siestas interminables en la terraza, vino barato, risas y un picnic improvisado en el lago usando las cazuelas de la casa como túper.
Julien y yo aprovechábamos cada rato para escaparnos solos: paseos por caminos perdidos, besos al atardecer, despertares lentos que sabían a mañanas eternas. Me gustaba verlo relajado, sin la sombra de su casa ni la presión del futuro.
Y aun así, cada vez que me permitía imaginar algo más allá de ese momento, sentía una punzada de miedo, como si estuviera tocando algo frágil.
En esos instantes me engañaba pensando que quizá podríamos vencer al calendario, que el hasta junio no fuera un final, sino una pausa. Pero cuanto más feliz me hacía, más claro veía lo mucho que podía doler perderlo.
Una noche, mientras todos jugaban al “yo nunca”, Julien se inclinó y me susurró al oído:
—Yo nunca he estado en una biblioteca vacía contigo.
—Julien…
—Estudiando “Lucía, tema II”.
—Suspendes.
—Entonces repito curso.
Y ahí estaba yo, al borde entre la risa y el deseo. Era una línea peligrosa… pero deliciosa de cruzar.
María se lió con un chico del pueblo y Diego se convirtió en el alma social del lugar: barbacoas, debates absurdos, entrevistas espontáneas a señores mayores. Todo parecía perfecto hasta que dejó de serlo.
Visitamos un pueblo cercano, uno de esos de postal… y allí el universo decidió ponerse creativa.
Nos cruzamos con alguno amigos de Julien del grupo de Erasmus. Y entre ellos, Camille.
—¡Julien! —saludó ella, sonriendo con una dulzura demasiado calculada.
—Camille —respondió él, tenso.
Mi estómago dio un vuelco.
No eran celos, era algo peor: la certeza de que esa chica conocía una versión de él que a mí no me había mostrado.
Diego no tardó en intervenir:
—¡Fiesta esta noche en nuestra casa!
—¡Sí! —gritaron todos.
Excepto mi sentido común.
El resto del día se me hizo eterno. Julien actuaba normal, pero no lo estaba, y yo lo sabía. Había una distancia nueva en sus gestos, mínima pero constante. Y cada vez que Camille se acercaba demasiado, algo dentro de mí se encogía, un miedo silencioso a ser la que siente más de lo que debería.
La fiesta empezó bien: música, risas, comida, cerveza. Pero pronto no té que algo en el ambiente se torcía.
Camille no se separaba de Julien: lo tocaba al hablar, reía demasiado alto, lo miraba como si compartieran algo que yo desconocía. Intenté ignorarlo, pero dolía. Era como ver cómo alguien ensuciaba un recuerdo que todavía estaba ocurriendo.
Salí a la terraza para respirar. Un chico del pueblo, uno de los amigos de María, se acercó y se puso a hablar conmigo. No entendí la mitad de lo que decía, pero era simpático. Creo que hablaba de su perro, o de su abuela, o de su perro y su abuela. Yo solo asentía mientras mi cabeza estaba en otro lugar.
Entonces sentí una mirada clavada. Julien y Camille estaban en la ventana: él, frunciendo el ceño y ella sonriendo como si hubiera ganado algo.
Y el universo, por supuesto, decidió añadir más drama: el chico del pueblo, confundiendo mi silencio con interés, intentó besarme. Apenas tuve tiempo de reaccionar cuando Julien apareció de la nada, empujándolo.
—¿Qué haces? —gritó.
—¡Julien! ¡para!
Camille intervino con veneno puro:
—Oh, mon dieu, Julien, no cambias. Te encantan estos dramas españoles.