Cuando llegamos a Salamanca, cada uno tomó su camino. Ninguno dijo nada, pero los dos sabíamos que algo se había roto por dentro. Yo necesitaba silencio, respirar, pero sobre todo, distancia. Era como si mis pensamientos ya no cupieran dentro de mí, como si necesitara espacio para no desbordarme. Y, al mismo tiempo, había una parte de mí que quería salir corriendo detrás de él y pedirle que no se alejara.
Durante el viaje de vuelta, las palabras no salieron, Julien tampoco dijo nada. Cuando me despedí de él en el portal, sentí ese vacío incómodo que dejan las cosas que no se cierran bien. No quería llorar, pero tampoco sabía cómo actuar con él en ese momento, había un temblor en mi pecho que no podía controlar, una mezcla de orgullo y miedo que me dejó muda.
Entré en mi habitación, dejé la maleta tirada en el suelo y me senté en la cama, el silencio era ensordecedor. Y entonces pensé:
“¿De verdad tiene que ser así?”
Y por primera vez me di cuenta de que, si no hacía nada, probablemente sí lo sería.
Los días siguientes fueron como un eco sin forma, me despertaba con la sensación de haber olvidado algo importante, de que faltaba una presencia invisible entre las paredes del piso. Hasta el aire parecía distinto sin él: sin sus bromas por las mañanas, sin sus notas pegadas en la nevera, sin su taza olvidada en el fregadero.
Era como vivir en una casa donde todo estaba en su sitio, pero nada se sentía vivo.
Pasaron los días, me obligué a centrarme solo en las clases.
Me levantaba, iba a la facultad, volvía a casa, cocinaba algo rápido y me dormía sin permitirme pensar demasiado. La vida universitaria, antes caótica y emocionante, ahora me sabía a café frío y rutina. Y lo peor de todo era que, aun intentando distraerme, cada rincón parecía murmurar su nombre.
Cada rincón de Salamanca me lo recordaba: la cafetería de siempre, la esquina donde me besó por primera vez, la biblioteca que aún olía a nuestros cafés derramados. Intenté evitar todos esos lugares, pero era imposible: estaban cosidos a mí.
Y lo peor era que, aunque me dolía, una parte de mí no quería olvidarlo.
Una parte terca, vulnerable, que seguía esperando que él tocara la puerta y dijera “ya está, volvamos a ser nosotros”.
Cuando tuve oportunidad, hice la maleta y me fui al pueblo, a casa. Ese lugar que siempre está ahí, esperándote, sin preguntas ni juicios.
Los primeros días fueron como un bálsamo. Desayunos sin prisa, paseos con mi hermano redescubriendo los alrededores, tardes de chocolate caliente con mi madre. Ella lo notó enseguida, claro. Las madres tienen ese radar invisible que todo lo detecta.
—¿Ha pasado algo con Julien? —me preguntó una tarde mientras recogíamos la mesa.
—No sé… —contesté, sin atreverme a mirarla— Supongo que sí.
Le conté lo que fui capaz: lo de la foto, Camille, la discusión… pero no le hablé de mis celos ni de las noches en vela, ni de lo mucho que me dolía. Y aun así, ella lo entendió todo, porque las madres leen entre líneas incluso cuando tú intentas dejarlo todo en blanco.
Me escuchó sin interrumpir, con esa paciencia suya que lo cura todo. Cuando terminé, se sentó frente a mí con un café entre las manos.
—Lucía, cariño —dijo con voz suave— a veces la gente se calla las cosas no porque quiera ocultarlas, sino porque no sabe cómo decirlas.
—Ya, pero… a mí me dolió.
—Claro que te dolió y es normal, pero si de verdad sientes que lo vuestro era bonito, no lo tires por miedo o por orgullo. Habla, escucha, vive.
Me quedé callada, intentando absorber cada palabra. Ella sonrió.
—Y si no sale bien, al menos que te duela por haberlo intentado, no por quedarte con la duda.
Esa frase se me quedó clavada, incómoda, como una verdad que todavía no estaba preparada para aceptar del todo.
Esa noche me costó dormir. Afuera llovía despacio, y el sonido del agua golpeando las ventanas me recordó a las tardes con Julien estudiando junto a la lluvia. Mi madre tenía razón, claro. Siempre la tiene. Pero entender algo no significa que se haga más fácil. Había una guerra dentro de mí: una parte quería protegerme, la otra quería correr hacia él aunque me rompiera mil veces.
Al día siguiente, me levanté temprano y salí a caminar por los alrededores. El campo estaba húmedo, los castaños brillaban y olía a tierra mojada. Me senté en una piedra y, por primera vez desde hacía días, respiré sin prisa. Quizá ese era el principio de todo: volver a respirar, aunque doliera.
Sus palabras se me quedaron grabadas: “Disfruta, intensamente”. Y creo que en ese momento entendí que el miedo no sirve como escudo, solo como jaula. Y yo llevaba semanas viviendo encerrada en una que yo misma había reforzado con cada silencio.
Volví a Salamanca con otra energía. Seguía melancólica, sí, pero un poco menos rota. Más… más siendo yo. Más decidida a no dejar que el miedo decidiera por mí.
Cuando llegué al piso, los chicos me habían preparado una cena improvisada de bienvenida. Había pizza, vino barato y demasiadas risas. Diego intentó hacer de DJ, María contaba anécdotas absurdas de su pueblo y Carla no podía parar de reírse. Por primera vez en días, me sentí ligera. Como si la chica que llegó a Salamanca con ganas de comerse el mundo siguiera ahí, solo necesitaba recordármelo. Era como volver a ponerme mi propia piel después de días sintiéndome una versión borrosa de mí misma.
Esa noche, mientras todos hablaban a la vez, pensé en lo afortunada que era de tenerlos, de haber encontrado una pequeña familia lejos de casa. Y aunque no lo dijera, sabía que sin ellos me habría hundido. A veces, el amor no viene solo de una persona: viene de todos los que te sostienen sin pedir nada a cambio.
Y supe también algo más: que nos merecíamos al menos una conversación. Una oportunidad de entendernos. No quería quedarme con un “¿qué habría pasado si…?”.