Tres veces nosotros

Capítulo 9 – Lo que no nos dijimos

Cuando Julien me dijo:

—Hay algo que tengo que contarte.

Supe que era una frase cualquiera. No tenía ese tono de excusa, sino el peso de algo que llevaba tiempo queriendo decir. Algo que, incluso antes de pronunciarlo, ya parecía tensar el aire entre nosotros. Y en ese instante tuve miedo de lo que iba a escuchar.

Caminamos sin rumbo, dejando atrás la Plaza Mayor y sus tonos dorados. No hablábamos, pero el silencio ya no era incómodo: era de esos que anuncian verdades. Yo notaba cómo él se debatía entre hablar o seguir callando, y yo… solo podía esperar. Cada paso se sentía como un “ahora o nunca” silencioso. Había algo en su forma de caminar, más lenta, más pesada, que me hizo entender que aquello no iba a ser una conversación cualquiera.

—Mi padre y yo… —empezó al fin— nunca hemos tenido una buena relación.

Me miró, buscando en mis ojos una señal para continuar.

—Supongo que eso no lo sabías —añadió, con una media sonrisa triste.

Negué con la cabeza.

—No, nunca has hablado mucho de tu familia.

—Prefería fingir que no existía —dijo sin rodeos— Es más fácil no pensar en lo que duele.

—¿Qué te pasó con él? —pregunté.

Respiró hondo, como quien se prepara para sacar algo que ha tenido guardado demasiado tiempo.

—Siempre fue un hombre exigente. Frío. De esos que no muestran cariño, pero espera que seas perfecto. Dirige una empresa de inversión y quiere que algún día la dirija yo.

—¿Y tú no quieres? —pregunté, aunque la respuesta era evidente.

—No, sentir tu vida diseñada por otro es como vivir en una jaula con vistas bonitas. Esa empresa era de mi abuelo y él la creó para ayudar a la gente a financiar sus proyectos, para dar oportunidades. Pero mi padre la convirtió en una máquina de hacer dinero. Se perdió el propósito… y, con él, también se perdió a sí mismo.

Pateó una piedra, como si peleara con algo invisible.

—Mi abuelo era todo lo contrario. Era mi referente, mi refugio cuando las cosas se torcían en casa. Me enseñó que la vida no va solo de tener éxito, sino de hacer algo que te haga sentir orgulloso. Con él podía ser yo.

Cuando habló de su abuelo, sentí una ternura profunda, como si acabara de entender una parte de él que hasta ahora había permanecido escondida. El Julien que yo conocía se volvió más nítido, más humano; como si la luz cambiara y revelara detalles que siempre estuvieron ahí. Y al mismo tiempo me di cuenta de lo poco que sabía realmente de él… y de lo fácil que había sido juzgar lo que no entendía.

Seguimos caminando. Las farolas se encendían una a una y la luz anaranjada se reflejaba en sus ojos.

—Venir a Salamanca fue mi forma de escapar—siguió— De dejar atrás todo eso. Pero volver en Navidad fue como abrir una herida que creía cerrada.

—¿Qué pasó? —pregunté.

Se pasó una mano por el pelo y suspiró.

—Nada nuevo. Discusiones, reproches… Mi padre diciéndome que estaba perdiendo el tiempo aquí, de fiesta en España, que debería estar en París trabajando con él. Y yo… exploté. Le dije que no quería ser como él, que no me importaba su empresa ni sus planes.

Guardó silencio unos segundos.

—Supongo que eso lo enfureció aún más. Me llamó malcriado. Dijo que no sabía valorar lo que tenía.

—¿Y tu madre?

—Intentó mediar, como siempre. Pero también se cansa. Yo acabé en mi habitación, sintiéndome otra vez como cuando tenía quince años: atrapado.

Sentí un pellizco en el pecho. De repente, todas esas veces en las que Julien parecía huir de una conversación cobraron sentido: no era evasión, era costumbre, una cicatriz profunda.

No pude evitar recordar la primera vez que lo vi enfadarse en serio. Fue durante una partida de cartas en el piso, cuando Diego le ganó por décima vez. No gritó ni hizo aspavientos; solo se quedó callado, con los puños apretados. En aquel momento pensé que era orgullo. Ahora entendía que era contención. Una forma silenciosa de protegerse, incluso de sí mismo.

Pasamos junto a la catedral, envuelta en una luz que parecía latir. Julien hablaba sin mirarme, y yo sentía que cada palabra era una parte de sí mismo que me entregaba con cuidado.

—Cuando murió mi abuelo —dijo por fin— fue como si todo se derrumbara. Llegué a tiempo de despedirme, pero me faltaron tantas cosas por decirle… Y, por supuesto, mi padre aprovechó para recordarme que había fallado por no estar allí.

—Julien… —susurré.

—No sabes lo que fue volver después de eso. No podía hablar con nadie, ni contigo. No sabía cómo. Estaba enfadado con el mundo, conmigo mismo… y también contigo, aunque no tenía sentido. Me sentía tan fuera de lugar que lo único que sabía hacer era encerrarme.

—Por eso no me hablaste durante las vacaciones —dije en voz baja.

Asintió.

—Sí. Pero no fue por ti, Lucía. Me refugié en mis amigos porque era la única manera de no pensar. Estaba tan saturado que cualquier conversación que removiera algo dentro de mí me daba miedo.

Me miró, y por un instante su voz tembló.

—No quería alejarme de ti, de verdad. Solo que no sabía cómo hablar contigo sin arrastrarte a mi caos…

Lo escuché sin interrumpir. Era la primera vez que le oía hablar con esa mezcla de vulnerabilidad y alivio. Y sentí algo extraño: no solo pena por él, sino también culpa por no haber visto antes lo que llevaba dentro.

—No hacía falta que lo hicieras solo —murmuré.

Él sonrió con tristeza.

—Lo sé. Pero cuando pasas la vida callando lo que sientes, pedir ayuda se vuelve imposible.

Nos detuvimos frente a la verja del Huerto de Calixto y Melibea.

Entramos. Estaba casi vacío, cubierto por el último brillo del día. Nos sentamos en el mismo banco donde habíamos estado aquella primera vez, cuando todo era nuevo y fácil. Y me di cuenta de que aquel lugar ya no significaba lo mismo: antes era ilusión, ahora era memoria… y quizá también una segunda oportunidad.

—He aprendido a callar antes que a discutir —dijo despacio— Por eso escondí lo que sentía. Incluso de ti.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.