Tres veces nosotros

Capítulo 10 - Primavera con olor a despedida

La primavera ya había entrado en Salamanca como un soplo cálido que lo envolvía todo: las calles olían a flores, a terrazas llenas, a exámenes que se acercaban peligrosamente, y a despedidas que nadie estaba nombrando pero que ya se notaban en el aire.

Habían pasado unas semanas desde nuestro viaje a Sanabria y, más o menos, las aguas habían vuelto a su cauce.

Con Julien todo parecía de nuevo en equilibrio, aunque, si soy sincera, después de todo lo que ocurrió, cada mirada suya tenía un sabor distinto: más suave, más sincero, más… nosotros. Poco a poco había vuelto a ser el de siempre: seguro, divertido, con esa sonrisa que me desarma y con más picardía que nunca. Solo que ahora, a veces, se quedaba callado de golpe, como si recordara algo que no quería decir, y yo fingía no notarlo.

¿Y sabéis qué? Puede que me guste aún más esta versión suya. Más relajada, más libre, más “voy a hacerte reír aunque me cueste la vida”.

Había algo en su mirada que antes no estaba: una especie de calma dulce, como si por fin pudiera ser él sin esconderse. Y eso, aunque me daba un poco de vértigo, también me hacía sentir especial. Como si hubiéramos cruzado una línea invisible que nos acercaba sin que nadie lo dijera en voz alta. Era como si, después de haber visto lo peor de cada uno, lo que quedaba entre los dos fuera más verdadero y precisamente por eso daba tanto miedo pensar en el final.

Los días se llenaban de planes pequeños pero intensos: tardes de estudio que terminaban en besos, paseos improvisados por el centro al salir de la biblioteca, cenas sorpresa con los chicos y conversaciones infinitas en el sofá, que siempre terminaban en tonterías.

Entre clases, trabajos acumulados y Julien, me costaba concentrarme. Cada vez que intentaba estudiar, aparecía un mensaje suyo:

“Biblioteca o café (y no vale elegir las dos)”

Y, por supuesto, siempre ganaba el café, bueno siempre ganaba él.

Lo cierto es que me he perdido demasiado en Julien. Y, aunque a veces me da miedo todo esto, no me arrepiento, porque había días en lo que él era mi único respiro entre tanto caos, mi pausa favorita, mi manera de recordar que también sabía ser feliz.

Él era mi descanso, mi interrupción preferida, mi forma de no rendirme al agotamiento universitario. Mi recordatorio constante de que, incluso a mitad del estrés, había algo (alguien) por lo que merecía la pena el esfuerzo. Y aun así, algunas noches me preguntaba si estaba guardando recuerdos o despidiéndome sin querer.

En el piso todo seguía igual de caótico que siempre. Carla estaba oficialmente en modo “me salen corazones hasta por los ojos” con su nuevo novio, que aparecía más por casa que el casero. Diego lo llevaba fatal.

—No me cae bien —sentenció un día— Ese tío es sospechosamente amable. Nada dice “gracias” tres veces por un vaso de agua… ¡del grifo!

—Eso llama educación —le contesté riendo.

—No, eso se llama manipulación. Empieza con un “gracias” y termina robándote a tu prima.

Julien, desde la cocina, remató con su acento francés:

—En Francia diríamos que Diego tiene jelousie fraternelle…

—No tengo celos —replicó él, indignado— Algún día me lo agradecerá.

La convivencia se había vuelto un caos divertido. Julien pasaba más tiempo en nuestro piso que en el suyo, y no lo culpo: entre desayunos improvisados, cenas tardías y risas de madrugada, nuestra casa parecía más un hogar que un piso de estudiantes. A veces me sorprendía pensándolo como “nuestra casa” y me entraba un escalofrío, como si la vida me recordara que no era del todo verdad.

Había mañanas en las que me despertaba y lo encontraba dormido en el sofá, con sus apuntes en el pecho, como si hubiera intentado estudiar y se hubiese rendido. Otras veces, se levantaba antes que yo y dejaba un café humeante sobre la mesa, con una nota escrita en una servilleta:

“para mi universitaria favorita (aunque a vece se distraiga demasiado)”

(sí, con falta incluida, porque él decía que era “acento español” y yo decía que era “delito lingüístico”)

Cada uno de esos gestos se me quedaba clavado entre las costillas, como recordándome que querer a alguien también es esto: aprender a guardar pequeñas cosas que duelen bonito. Guardar detalles como si fueran fotos invisibles que solo yo podía ver. Y cuanto más los guardaba, más miedo me daba el día en que me tocara mirarlos desde lejos.

A veces, cuando pensaba en todo lo que habíamos vivido, me parecía imposible que el final estuviera tan cerca. Intentaba no pensarlo, pero el calendario no perdona. Cada día de abril me sonaba a cuenta atrás, aunque nadie lo dijera en voz alta. Era como vivir una historia preciosa con un reloj en la nuca y lo peor era que, por primera vez, Julien también parecía escucharlo.

Y justo antes de encerrarnos en la cueva para los exámenes, Diego tuvo una de sus ideas brillantes:

—Vamos a hacer una fiesta de despedida.

—¿Despedida de qué? —pregunté sin levantar la vista de los apuntes.

—De la vida, Lucía. De la libertad y la dignidad que vamos a perder en época de exámenes.

Suspiré.

—Pero algo pequeño, por favor.

—Pequeñísimo —respondió él, con una sonrisa que no me gustó nada.

Spoiler: no fue una fiesta pequeña.

No sé cómo, pero aquella noche acabó en el piso medio Salamanca. A las once ya no cabía ni un alfiler en el piso. Había gente por todas partes: en la cocina, en el pasillo, en las habitaciones… incluso en el descansillo. El salón había más desconocidos que muebles y yo solo pensaba:

“esto acaba en desahucio o en anécdota”

Pasé por la habitación de Carla y encontré a un chico durmiendo boca arriba con una botella de ron en la mano como si fuera un tesoro.

—¿Y este quién es?

—Ni idea —respondió Carla riendo— pero ronca como si pagara alquiler.




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