Tres veces nosotros

Capitulo 11 - Lo que nunca termina

El curso llegaba a su fin, Salamanca empezaba a vaciarse poco a poco, como si la ciudad también se preparara para las despedidas. Las calles, antes llenas de estudiantes y ruido, se volvían más tranquilas. El aire olía a verano; parecía el ambiente idóneo para esas despedidas que uno no sabe cómo afrontar. Los días se alargaban, las noches eran más cálidas… y, sin embargo, todo parecía desvanecerse a cámara lenta, como si el tiempo quisiera que lo miráramos bien antes de llevárselo.

Julien y yo seguíamos disfrutando de nuestros momentos, o al menos lo intentábamos. Seguíamos riéndonos, compartiendo cafés, durmiendo juntos cada vez que podíamos. Pero había algo distinto, un silencio suave, casi imperceptible, que se había instalado entre nosotros, como si respirara en medio de cada conversación. No era incómodo, pero dolía, porque los dos sabíamos lo que escondía: el final. Y lo más extraño era que nadie lo estaba provocando, simplemente estaba llegando.

No era tristeza, era más bien esa calma rara que llega cuando comprendes que algo hermoso está a punto de terminar, por mucho que quieras detenerlo. Él tenía que volver a París para terminar sus estudios. Yo seguiría aquí, en esta ciudad que había sido testigo de lo nuestro. Y aunque ninguno lo decía en voz alta, sabíamos que mantener esto a distancia sería una batalla perdida, no porque no nos quisiéramos lo suficiente, sino porque a veces el amor no compite bien contra la vida real.

Aun así, no dejamos de exprimir cada día que nos quedaba juntos. No hablábamos del futuro, solo del ahora. Como si mirar medio paso más allá pudiera romper lo que todavía intentábamos sostener.

Una noche, aprovechando el calor de principios de verano, Julien me propuso salir a cenar.

—Un italiano —dijo, con esa sonrisa a la que nunca supe decir que no— Barato, pero con encanto.

Y tenía razón, una terraza pequeña, escondida en una callejuela cerca de los cines.

Manteles de cuadros, sillas de madera y el olor a pizza recién hecha mezclándose con el murmullo de las terrazas vecinas.

Julien hablaba y sonreía, pero en sus ojos había algo distinto, una melancolía dulce, como si ya estuviera practicando el adiós, pero aun así, fue una noche perfecta. Brindamos con vino barato, compartimos el postre, nos reímos de todo y de nada. Por un rato, el mundo fue solo nuestro otra vez. Había una especie de tregua silenciosa entre el presente y el futuro, como si ambos hubieran decidido dejarnos respirar un poco más, como si supieran que el reloj ya estaba en marcha.

Cuando salimos del restaurante, me agarró de la mano y caminamos hasta el río. El Tormes brillaba con reflejos anaranjados, y las luces del puente parecían temblar sobre el agua. Julien se sentó en el muro, mirando el reflejo de la catedral. No dijo nada durante un rato, solo jugaba con mi pulsera.

—¿Te has fijado en que la ciudad siempre brilla más cuando nos vamos? —dijo de repente.

—Es su forma de decirnos que volvamos —contesté.

Él sonrió y me besó, ese beso no fue apasionado, ni largo, ni intenso. Fue un beso de agradecimiento, un “gracias por existir” disfrazado de despedida amable, y lo peor fue que los dos lo supimos.

Seguimos caminando sin rumbo, parecía uno de esos momentos que sabes que vas a guardar toda la vida. Caminábamos en silencio, con las manos entrelazadas, y en ese silencio cabía todo lo que no queríamos decir en voz alta: te voy a echar de menos. Te estoy echando de menos incluso ahora, mientras aún te tengo.

En un lado del río, un grupo de chicas con un altavoz escuchaban “La vie en rose”. Julien se rió.

—¿Ves? Hasta las canciones quieren que vuelva a Francia.

—O que me vaya contigo —respondí, medio en broma.

Él me miró, serio un instante.

—¿Y lo harías?

—No lo sé —admití— sería increíble… pero pensarlo me da vértigo.

—A mí también —susurró.

La conversación llegó unos días después, en una de esas tardes tranquilas que parecen hasta aburridas. Estábamos en su habitación, viendo una película mala (de esas que olvidas en cuanto terminas). Yo tenía la cabeza apoyada en su pecho, y me sentía tan tranquila escuchando su respiración… Hasta que habló.

—Lucía… —susurró.

Su tono bastó para que me incorporara, no necesitaba más palabras para saber por dónde iría esa conversación.

No hubo lágrimas, ni enfados, ni reproches. Solo la comprensión tranquila de dos personas que se quieren más de lo que admiten, pero que saben que la vida a veces empuja en direcciones distintas.

—Tengo que volver a París —dijo— No puedo retrasarlo más.

—Lo sé —respondí.

Hablamos poco, pero dijimos mucho. Era curioso cómo, después de todo, nos entendíamos mejor en silencio que con cualquier explicación. No queríamos prometer algo que no sabíamos si podríamos cumplir, así que solo nos miramos, y esa mirada fue más sincera que cualquier conversación. En sus ojos vi un adiós suave, uno que no quería pronunciar, pero que ya estaba decidido y entendí que, aunque lucháramos, había decisiones que no se toman en pareja.

Antes de irme, Julien me devolvió un libro que le había prestado meses atrás.

—Para que no digas que me llevo todo lo bueno —bromeó, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

Lo guardé en el bolso sin pensarlo. No me di cuenta de que dentro había algo más.

Esa noche decidimos que esa sería nuestra despedida. Sin estaciones, sin maletas, sin público, solo él y yo sin la presión de los finales formales ni las promesas que pesan demasiado.

Cenamos algo rápido, vimos otra película mala, nos reímos a ratos y cuando terminó, el silencio se quedó entre nosotros.

Julien me miró, y por un momento el tiempo se detuvo.

—Gracias —dije al fin, con la voz temblorosa.

—¿Por qué?

—Por hacerme sentir que podía ser libre. Ser yo.

Me acarició la mejilla, despacio.

—Prométeme algo, Lucía.

—Lo que quieras.




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