Hay veranos que no se olvidan, no por las cosas que pasan, sino por lo que despiertan en ti, por lo que te obligan a mirar de frente. Este… iba a ser uno de esos aunque todavía no sabía hasta qué punto.
Había terminado la universidad, por fin. Después de años de cafés fríos, apuntes imposibles y noches en vela, había sobrevivido. Supongo que debería haber sentido euforia, alivio o ganas de salir al mundo a comérmelo. Pero, en realidad, lo único que sentí fue vértigo.
Porque cuando termina algo tan importante, te das cuenta de que la vida que conocías se acaba, y no tienes ni idea de cómo empezar la siguiente. Y, claro, entre tanto cambio, había un nombre que seguía ahí, ocupando su pequeño rincón de siempre: Julien. Un rincón muy pequeño pero imposible de desalojar.
Sí, el francés. Ese que se había quedado pegado a mis recuerdos como el olor del mar en la ropa después de un día de playa. He estado con otros chicos, claro. No voy a mentir pero ninguno fue él.
Ninguno supo mirarme con esa mezcla de calma y revolución interior que siempre conseguía desordenarme la vida en un segundo. Y lo peor (o lo mejor) era que ni siquiera lo intentaban. Julien tenía una forma de quedarse incluso cuando no estaba, como si hubiera aprendido el mapa exacto de mis grietas.
Con el tiempo, aprendí a guardar su recuerdo en un cajón. Uno que se abre solo de vez en cuando: en los cumpleaños, en las noches de insomnio, o cuando me cruzo con alguien que me recuerda su olor. Hemos seguido en contacto, pero lo justo: mensajes de “feliz cumpleaños”, “¿cómo va todo?”, “locuras varias de Diego” y “qué rápido pasa el tiempo”.
Nada más, nada menos. Ni suficientes mensajes para construir algo, ni tan pocos como para olvidarlo del todo. Supongo que los dos sentíamos que los detalles duelen, y ninguno de los dos quería mencionarlos. Porque nombrar lo que duele lo hace real.
Pero a veces, incluso cuando crees que el pasado está dormido, basta una chispa para que despierte. Y lo hace con una fuerza que asusta, porque hay historias que, aunque se congelen, nunca se apagan del todo.
Después de los exámenes finales, decidí que necesitaba un descanso de todo: de la ciudad, de los correos, de pensar en el futuro. Por primera vez en mucho tiempo, me permití desconectar.
Sentía una mezcla rara de libertad y desorientación, como si me hubiera quedado sin un mapa justo cuando más lo necesitaba.
Desde que era pequeña, mis veranos tenían un destino fijo: la casita de mi abuela en el norte, en un pueblo del País Vasco. Allí el tiempo pasaba a otro ritmo; el aire olía a sal, y el tiempo se medía por el color del cielo. Ese verano, decidí volver pero esta vez, no lo hacía sola.
—Chicas, ¿qué os parece si hacemos un último viaje antes de convertirnos oficialmente en adultas? —propuse en el grupo.
Carla tardó tres segundos en contestar:
“¿Dónde y cuándo? Mi maleta ya está hecha”
María añadió:
“Si hay playa, vino y cero responsabilidades, cuenta conmigo”
Y así, sin pensarlo mucho, lo hicimos. Sería nuestra despedida de la vida universitaria. Tres amigas, un coche lleno de maletas, planes y expectativas ridículas.
El viaje fue una especie de catarsis. Música a todo volumen, las ventanillas bajadas, y el viento en la cara. Cantábamos mal, muy mal, pero con mucho entusiasmo. Cada kilómetro era una despedida de una etapa que se nos escapaba entre las manos. De fondo, sin que lo dijera, yo sabía que también me alejaba de la versión de mí que había amado a Julien. O al menos, eso intentaba creer.
Carla gritó que necesitábamos un lema para el viaje; María votó por “sin dramas ni dietas”, y al final, entre carcajadas, así lo bautizamos.
El paisaje iba cambiando lentamente. El verde se volvía más intenso, las montañas aparecían al fondo, y el aire se hacía más húmedo. Cuando por fin olimos el mar, todas gritamos como niñas. Era como si algo en nosotras despertara después de mucho tiempo dormido.
Llegamos al pueblo a mediados de julio. Mi abuela nos recibió con un abrazo de los que huele a hogar y con más comida de la necesaria. La casa seguía igual: paredes encaladas, flores en las ventanas, el sonido de las gaviotas discutiendo a lo lejos.
Solo habíamos cambiado nosotras.
La primera noche fue casi mágica, nos quedamos en el porche hasta tarde, escuchando el mar y viendo las luces del puerto. Mi abuela, con su eterna sabiduría, nos trajo chocolate caliente “porque las estrellas se disfrutan mejor con algo dulce”. Y allí estábamos, tres adultas en teoría, pero riendo como cuando teníamos quince.
Esa noche me dormí con las ventanas abiertas, el aire olía a sal y a playa, y sentí que mi cabeza se vaciaba. Sin Julien, sin metas, sin miedo, solo era el sonido del mar respirando en la oscuridad. Y, por un instante, creí que quizá estaba lista para soltarlo del todo.
Pasamos los primeros días entre playa y terrazas del puerto. Carla se enamoró de un camarero con acento vasco que le servía zuritos “demasiado despacio”; María decidió que el objetivo del verano era ponerse morena (spoiler: acabó roja como un langostino), y yo… bueno, yo intentaba no pensar en lo que no debía.
Me levantaba temprano y bajaba descalza hasta el jardín solo para mirar al mar. El olor a algas, el sonido de las olas, el canto de las gaviotas… todo me hacía sentir en pausa. Y, en esa pausa, por mucho que lo negara, él siempre aparecía, como si el mar tuviera su nombre escondido en la espuma. Julien era como ese libro que intentas no releer, pero recuerdas cada frase.
A veces me preguntaba si él también pensaría en mí. Si recordaba esas tardes en Salamanca en las que soñábamos con ir a la costa juntos. Nunca lo hicimos, pero era una de esas promesas pequeñitas que se quedan suspendidas en el aire.
Pero claro, el día de mi cumpleaños, el universo decidió recordarme que algunos fantasmas nunca se duermen del todo.