No dormí y no porque no tuviera sueño, sino porque mi cabeza no dejaba de dar vueltas. Ese mensaje de Julien seguía repitiéndose una y otra vez, como una canción que no sabes si te gusta o te duele.
“Me gustaría verte, aunque sea solo para tomar un café.”
Solo un café, qué fácil lo decía pero para mí, esa frase era como abrir una caja que llevaba años cerrada con cinta adhesiva, recuerdos y no todos de los bonitos.
Abrirla era aceptar que todo lo que había intentado ordenar dentro de mí podía desparramarse otra vez por el suelo.
Me quedé tumbada en la cama, mirando el techo de madera que crujía con el viento norte. El mar se oía de fondo, golpeando rítmicamente las rocas, como si también quisiera decirme algo. Cerraba los ojos e intentaba pensar en otra cosa, pero era inútil. En cuanto me despistaba, ahí estaba él, sentado frente a mí, con ese gesto entre serio y divertido que me dejaba sin aire.
Me imaginaba incluso la escena completa: una mesa pequeña, dos tazas humeantes y esa manera suya de apoyarse hacia delante cuando empieza a decir algo importante. Solo de pensarlo, el estómago se me encogía como si mi cuerpo recordara antes que mi cabeza.
Durante la noche recordé cada detalle de lo nuestro: el olor a café de la cafetería de la facultad, las risas en la biblioteca, sus acentos inventados cuando intentaba hablar español… y sobre todo, cómo me hacía sentir. No sé si fue mi primer amor o mi gran amor, o quizás ambas cosas.
Recordé también lo que vino después: la tristeza silenciosa de los días en que no llegaban sus mensajes; las tardes en que, sin razón alguna, sentía que algo me faltaba, aunque todo siguiera en su sitio. Recordé el último día juntos en Salamanca, las manos entrelazadas, la promesa muda de que el tiempo no borraría lo nuestro.
Y, aun así, el tiempo lo hizo. O al menos eso fue lo que me repetí durante mucho tiempo para poder seguir adelante.
Recordé también las pequeñas victorias de “estoy bien sin él”, los planes nuevos, las risas con otras personas… y cómo, aun así, su nombre seguía apareciendo en mi cabeza en los momentos más tontos.
Y, lo peor de todo, es que creía tenerlo superado. Creía que era solo un bonito recuerdo guardado en una caja con fotos, canciones y exámenes viejos.
Pero no, solo bastó un mensaje para que todo volviera a latir.
Cuando por fin amaneció, bajé a la cocina. El olor a café recién hecho me recibió como un abrazo, y allí estaba mi abuela, con el delantal lleno de harina y una sonrisa de esas que te desarman.
—Buenos días, dormilona.
—No he dormido —confesé.
Se sentó frente a mí con dos tazas y esa mirada suya que lo adivina todo. No tuve que contarle nada, pero aun así lo hice, en voz baja, como si dijera algo prohibido.
—He vuelto a saber de él.
—¿De ese él? —preguntó, con media sonrisa.
Asentí.
—A veces —dijo mientras removía el café— el primer amor se queda ahí, aunque no quieras. No para arruinarte la vida, sino para recordarte quien fuiste.
—Pero… ¿y si vuelve cuando ya creías que lo habías olvidado?
—Entonces es porque aún hay algo que necesitas aprender —respondió— verle puede doler, pero quedarse con la duda duele mucho más.
Me quedé en silencio, observando cómo el vapor subía de la taza y se confundía con la luz que entraba por la ventana.
Mi abuela se levantó despacio, abrió el armario y sacó una cajita de lata abollada. Dentro había cartas viejas, fotos en blanco y negro, trozos de tela y flores secas.
Nunca había visto esa caja.
—A mí también me pasó algo parecido —dijo— Debía de tener tu edad. Se llamaba Íñigo. Era pescador y tenía las manos más grandes que he visto nunca. Me prometió que volvería después del invierno. No lo hizo. Pero durante años, cada vez que oía una campana o el mar estaba en calma, pensaba en él.
—¿Y se te pasó?
—Nunca se pasa —sonrió— pero aprendí a vivir solo con su recuerdo, a quererlo sin esperarlo. Eso es hacerse mayor, Lucía.
—¿Y si vuelve? —pregunté, casi sin querer.
—Entonces no eres la misma que se quedó esperándolo la primera vez —dijo, encogiéndose de hombros— y eso también juega a tu favor.
Su forma de decir las cosas siempre me desmonta. No me dijo qué hacer, ni me empujó a nada pero sus palabras se quedaron conmigo todo el día, como si de alguna manera las hubiera cosido a mi pecho.
Por la tarde, las chicas organizaron una “intervención amistosa”. Carla apareció con sus gafas de sol enormes, y una frase decisiva:
—Hoy toca día de tiendas y decisiones existenciales.
—Y helado —añadió María— no olvidemos lo importante.
Pasamos horas entre escaparates, vestidos imposibles y risas en los probadores.
Carla insistía en que un vestido nuevo curaba cualquier problema emocional (“la moda es terapéutica, punto”), y María grababa vídeos que juró que jamás subiría… aunque yo no confiaba del todo.
Yo las miraba y pensaba que, pasara lo que pasara con Julien, al menos tenía esto: a ellas, su humor absurdo, su manera de tirar de mí cuando me quedo enganchada en una idea.
En una tienda de artesanía, la dueña nos ofreció pulseras hechas a mano. Carla eligió una azul para mí.
—Para la buena suerte —dijo, colocándomela en la muñeca sin esperar permiso— por si acaso el universo está conspirando a tu favor.
No creo mucho en esas cosas, pero aun así la acaricié con el pulgar.
Al sentarnos en una terraza con granizados, comenzó el interrogatorio formal.
—Analicemos —dijo Carla, apoyando los codos en la mesa— él te escribe. Tú piensas en él. ¿Qué es lo peor que puede pasar si le ves?
—Que me rompa el corazón otra vez.
—Bueno —intervino María—eso ya pasó, técnicamente ya estás vacunada.
—Inmunizada, diría yo —añadió Carla, chocando su pajita con la mía.
Me reí, era imposible no hacerlo. Y entre risas, helado derritiéndose y confesiones a media voz… tomé mi decisión. Esa misma noche, le escribí: