Tres veces nosotros

Capítulo 14 – Lo que vuelve a empezar sin avisar

Nos quedamos quietos, a un metro del otro, como si el aire entre nosotros tuviera memoria. Una memoria que no entendía de años ni de distancia, solo de sentimientos, miradas, roces. Parecía que incluso el puerto hubiese bajado el volumen por un segundo, como si todo el ruido del mundo se hubiera quedado en “pausa” solo para ver qué hacíamos.

Julien fue el primero en moverse, siempre lo era. Dio un paso hacia mí y me miró como si intentara reconocer a la chica que una vez fue suya. Yo también lo observé, con esa mezcla de sorpresa y vértigo que solo se siente cuando ves a alguien que marcó una etapa de tu vida.

Había cambiado, ya no era el chico de veinte años con la mochila al hombro y la sonrisa fácil. Era un poco más hombre, más firme. El cuerpo un poco más ancho, los hombros más rectos, la mirada más profunda. Llevaba una barba incipiente que le daba un aire interesante, y una camiseta blanca que le quedaba demasiado bien como para concentrarme.

Y aun así, cuando sonrió, fue como si el tiempo retrocediera de golpe, era la misma sonrisa, la misma forma de fruncir los ojos. Era él, solo que parecía distinto.

Yo tampoco era la misma, y lo sabía, pero en ese momento no supe si eso era bueno o malo. Sentí que también él me escaneaba: el pelo más largo, otra forma de plantarme sobre mis propios pies, una luz en la mirada que yo sabía que no tenía cuando nos conocimos. Me incomodó y me gustó a la vez.

—Hola —dijo, y mi nombre pareció estar escondido en su voz, aunque no lo pronunciara.

—Hola.

Nos quedamos en esa incómoda distancia que no sabes cómo resolver.

¿Dos besos? ¿Un abrazo? ¿Una reverencia formal como si estuviéramos en la corte de Enrique VIII?

Antes de que pudiera decidir, él se inclinó hacia mí. Me dio dos besos, lentos, un poco más lentos de lo normal. Su piel rozó la mía, y me costó disimular el escalofrío que me recorrió. Noté el olor de su colonia mezclado con el salitre del mar y, por un instante, tuve la sensación absurda de estar otra vez en la puerta de mi piso en Salamanca, con dieciocho años y cero defensas.

—Sigues igual —susurró.

No lo estaba, pero agradecí la mentira. O quizá no era del todo mentira, pensé.

Sonreí, algo torpe, y solté la primera frase que se me ocurrió:

—Tú no. Estás… distinto.

—¿Distinto bien o distinto mal?

—Distinto bien —dije sin pensarlo.

Y entonces se rió, y el mundo volvió a parecerme un poco mejor. Esa risa actuaba en mí como un resorte antiguo: me aflojaba los hombros, me quitaba tensión de la mandíbula, me recordaba que entre él y yo también había existido mucha alegría.

Caminamos hasta el puerto. El aire parecía traer promesas, ese tipo de promesas que no se dicen, pero se sienten.

El sol caía despacio, tiñendo de dorado el horizonte y el agua se movía con calma. Nos sentamos en una terraza, una de esas con sillas de hierro y vistas al puerto. Pedimos un café, aunque lo que más me hacía falta era aire, respirar. Me entretenía mirando cosas absurdas (la marca de la taza, la textura del mantel, el ruido de las cucharillas) para no quedarme atrapada en la intensidad de su mirada.

Era curioso: después de tanto tiempo imaginando este momento, ahora que estaba ocurriendo no sabía muy bien qué hacer con él.

No hubo silencios incómodos al principio, supongo que ambos estábamos demasiado preocupados en no estropearlos.

Me preguntó por la universidad, y le conté todo: cómo terminé la carrera, los últimos exámenes, las fiestas, las noches de pizza con las chicas, las tonterías de Diego, cómo se había echado una novia gallega y se había mudado a Galicia.

Julien escuchaba con atención, con esa forma tan suya de no interrumpir, de dejar que el silencio también hablara. A veces asentía, a veces sonreía de lado, como si se alegrara de poder verme en otra etapa, desde la distancia, pero aún cerca.

Le conté mis planes, las dudas que me perseguían.

—No sé qué hacer ahora —confesé— Tengo la opción de irme un año a Londres a mejorar el inglés, o quedarme en Madrid. Hay una asociación pequeña que trabaja con niños con dificultades de aprendizaje. Me gusta mucho ese proyecto, pero también me asusta, viajar y conocer mundo era algo que también me apetecía y no sé si aceptándolo me limito.

Julien asintió despacio, con una mirada que parecía entenderme demasiado bien.

—Te pega —dijo— lo de ayudar. Siempre fuiste así.

—¿Así cómo?

—De las que piensan más en lo demás que en sí mismas.

Sonreí, aunque esa frase me atravesó un poco. Era curioso cómo alguien al que no ves en años puede seguir sabiendo cosas de ti que poca gente conoce.

De repente me vinieron flashes: yo llevándole café cuando estaba saturado de estudiar, yo haciendo resúmenes para los dos, yo mediando entre él y Diego cuando discutían. No me había dado cuenta de cuánto cuidaba yo también.

Después me tocó preguntarle a él, por su vida en París, su máster, su trabajo. Me habló de la empresa familiar, del estrés, de su padre y de los domingos en los que se escapaba solo a recorrer la ciudad en bici, buscando aire fresco.

—No me gusta lo que hago —admitió— pero de momento es lo que hay. Me gustaría cambiar cosas, hacer las cosas a mi manera, respetando la idea de mi abuelo… pero mi padre tiene su propio mundo, y yo sigo intentando encajar en él.

—¿Y lo soportas?

—A ratos. Pero no sé cuánto más.

—Eso también es hacerse mayor —dije.

—¿Aceptar lo que no te gusta?

—No. Saber cuándo dejar de fingir que sí te gusta.

Me miró como si mis palabras se le quedaran dentro.

En su expresión había una mezcla de cansancio y ternura. Sus ojos, que antes yo recordaba siempre llenos de chispa, tenían ahora un cansancio que no tenía nada que ver con trasnochar estudiando: era el cansancio de quien lleva mucho tiempo sosteniendo una vida que no termina de ser la suya.

Había algo tan triste en su voz, y por un segundo, quise poner mi mano sobre la suya, decirle que lo entendía, que no estaba solo, pero no lo hice. No quería romper ese frágil equilibrio.




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