Tres veces nosotros

Capítulo 16 – El lugar donde todo vuelve a empezar

El viaje en coche fue raro y perfecto a la vez.

Íbamos las tres cantando a voces, inventándonos trozos de la letra cuando no nos la sabíamos, con las ventanillas bajadas y el pelo hecho un desastre por culpa del viento. Entre curva y curva veía cómo iba cambiando el paisaje, cómo las montañas iban quedando atrás, cómo el verde se mezclaba con el azul del mar.

Carla, al volante, estaba en modo piloto de Fórmula 1 y María, de copiloto, en modo GPS humano y dj oficial.

—Próxima salida, hacia nuestra muerte romántica —anunció María, como si fuera la voz del GPS.

—Si morimos, que sea en Francia y con buena luz —añadió Carla.

Yo iba detrás, con la cabeza apoyada en la ventanilla y el corazón latiendo un poco más deprisa de la cuenta. El aire del coche olía a chicle, crema solar e ilusiones.

Y, entre risa y risa, había algo que no desaparecía: la sensación de que estaba yendo hacia algo que podía cambiarlo todo.

Cuando cruzamos la frontera, el GPS del coche decidió que ya no le apetecía trabajar y la pantalla se quedó gris.

—Genial —dijo Carla— ahora sí, bienvenidas a la aventura.

Los carteles cambiaron de idioma, los nombres de los pueblos sonaban preciosos y complicados, y una emoción rara me subió por el pecho: esa mezcla de “qué estoy haciendo” y “menos mal que lo estoy haciendo”. No hacía más que pensar que, si todo salía mal, al menos habría venido a un sitio bonito a desordenarme la vida.

Decidí que no quería adelantarme. Que iba a dejarme llevar por el viaje, el paisaje, las risas… y la emoción de no tener ni idea de qué iba a pasar.

Si la cosa no funcionaba, ya me preocuparía después.

La casa estaba en una colina suave, mirando al mar.

Cuando por fin llegamos, el GPS seguía muerto, pero la vista lo compensaba todo.

Era la típica casa del sur de Francia que se ve en las películas: madera, tonos cálidos, contraventanas blancas, el tejado algo envejecido por el mar. Y un jardín descuidado pero vivo, con flores que no supe identificar y dos sillas de metal al lado de la puerta.

Oía voces al fondo, probablemente de la famosa barbacoa.

El ambiente era el de una historia a punto de empezar.

—Vale, retiro mis palabras —dijo Carla— esto parece una serie de Netflix.

—Solo falta que uno de los chicos toque la guitarra —añadió María.

En cuanto aparcamos, lo vi.

Julien apareció por un lado de la casa, con el sol detrás de él. Llevaba una camiseta gris clara, unos vaqueros cortos y el pelo un poco despeinado.

Dejó la cerveza a medio camino en cuanto me vio.

Sonrió. Y no fue una sonrisa cualquiera, fue de esas que dicen “estás aquí de verdad”.

Caminó hacia nosotras sin prisa, pero con esa seguridad suya que siempre me descoloca. Yo me quedé en mi lado de la puerta del coche, inmóvil.

—Bonjour —dijo, pero no me dio tiempo a contestar.

Antes incluso de que pudiera decir “hola”, ya me estaba besando.

Me agarró con suavidad por la cara, como si necesitara comprobar que no era una ilusión, y su boca encontró la mía con una facilidad que daba vértigo. El mundo desapareció un segundo. La casa, el coche, el jardín, el mar…

Todo se redujo a ese beso. Un beso que tenía sabor a “por fin” y a algo más peligroso: continuidad, como si no hubiera pasado el tiempo.

Me olvidé de que las chicas estaban allí. Pero solo duró un momento porque, en cuanto nos separamos, las burlas llegaron.

—Bueno, bueno, bueno —aplaudió Carla— bienvenidas francesas, ¿no?

—En España damos dos besos, pero esto está mejor —añadió María.

Sentí como se me encendían las mejillas.

Julien se rió, y esa risa me relajó un poco.

—Perdón —dijo, mirándome solo a mí— no sabía si decir “hola” o…

—Has elegido bien —le contesté, con una sonrisa que me salió sola.

—Y sin cafés de por medio —añadió María.

Y me sorprendió lo poco que me costaba estar ahí, como si nunca me hubiera ido del todo.

Julien nos ayudó con las maletas y nos llevó dentro. Luego hacia la parte trasera, donde el olor a brasa se hacía más intenso.

Allí estaban los chicos. Tres chicos, todos con pinta de haber pasado el día preparando una fiesta improvisada y pasándolo bien mientras lo hacían.

—Los sospechosos habituales —anunció Julien con una sonrisa.

El primero en levantarse fue Théo, su mejor amigo. Me estrechó la mano con entusiasmo.

—Así que tú eres Lucía —dijo— Julien nos ha hablado tanto de ti que ya casi siento que te conozco.

—Entonces supongo que debería preocuparme —respondí.

Carla ya le había echado una mirada con brillo.

—Y con razón —susurró en voz baja, haciéndome reír.

Marc era más tranquilo, saludó con una sonrisa amable. En cuestión de minutos él y María hablaban de música. Fue sorprendente lo rápido que encajaron, como si él hubiera estado esperando a que ella llegara para completar una conversación empezada hace meses.

Louis, tenía el pelo rizado y una energía contagiosa. Mezclaba francés y español con entusiasmo y cero precisión. Carla lo miraba como si hubiera encontrado su espíritu animal.

Habían colgado luces entre los árboles, y sobre la mesa había platos de pan recién hecho, verduras asadas, vino, y un queso que olía tan fuerte como prometía.

El ambiente tenía algo casi mágico, como esos momentos veraniegos que sabes que recordarás incluso antes de vivirlo del todo.

—Esto parece una película —dijo Carla, mirando alrededor.

—De bajo presupuesto, pero con buena banda sonora —dijo Théo, mientras Julien encendía otra tanda de carbón.

Nos sentamos y el ambiente se volvió cálido, fácil, casi como si nos conociéramos desde siempre.

Julien, cada vez que pasaba cerca, me tocaba la espalda o me guiñaba el ojo. A veces lo observaba sin que se diera cuenta.

Y me di cuenta de algo: no estaba recordando al Julien de antes. Estaba conociendo al de ahora y eso parecía más interesante aún.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.