Tres veces nosotros

Capítulo 17 – Días que parecen de verdad

Me despertó la luz que entraba por la ventana. Era ese tipo de claridad suave que no molesta, que simplemente te obliga a recordar que el mundo sigue ahí, incluso cuando tú desearías quedarte suspendida en ese limbo entre sueño y vigilia.

Tardé unos segundos en darme cuenta de dónde estaba.

El techo no era el de la casa de mi abuela, las paredes no eran blancas, sino de un color casi miel y la ventana daba a árboles, no al puerto.

Y entonces lo sentí.

El peso de un brazo sobre mi cintura, el calor de un cuerpo pegado a mi espalda, la respiración lenta y profunda en mi nuca.

El recuerdo de la noche anterior me golpeó con suavidad, no como un recuerdo, sino como algo que seguía erizando mi piel.

Sonreí sin querer. De esas sonrisas tontas, imparables, que te nacen antes de que puedas decidir si deberías sentirte avergonzada o no.

Me giré con cuidado, intentando no despertarlo. Pero en cuanto me moví un centímetro, sus dedos se cerraron instintivamente sobre mi cintura. Murmuró algo en francés, ronco, completamente dormido.

—Buenos días —susurré.

Abrió los ojos despacio, como si cada párpado pesara toneladas. Tenía esa pelo revuelto, los ojos entrecerrados, la voz ronca de sueño.

—Bonjour… —respondió, con la voz más grave que nunca.

Me miró un segundo, dos, y entonces sonrió con esa mezcla suya de ternura y picardía.

—No quiero levantarme nunca —dijo, arrastrando la voz mientras acercaba su frente a la mía.

Me besó, fue un beso lento, sin prisa, como si fuera un saludo silencioso que llevábamos esperando mucho tiempo.

Yo respondí igual, sin pensar, sin miedo, como si mi cuerpo ya supiera el camino de memoria.

—¿Qué hora es? —murmuré contra sus labios.

—Demasiado pronto para dejar de hacer esto —susurró, y volvió a besarme.

No reímos los dos cuando mi estómago decidió intervenir, gruñendo como un animal.

—Creo que alguien tiene hambre —bromeó él.

—Alguien gastó mucha energía anoche —dije, levantando una ceja.

Se rio y esa risa, otra vez, me acomodó algo por dentro.

Se estiró boca arriba, con los brazos por encima de la cabeza, y dejó escapar un suspiro satisfecho.

—Voy a bajar con cara de sospechoso —advirtió— Théo no va a tardar en hacer comentarios.

—Carla tampoco.

Nos miramos y, coordinados sin querer, dijimos:

—Que pereza.

Más risas, más caricias distraídas, más excusas para no levantarnos. Pero al final nos levantamos, aunque fuera a regañadientes.

La casa olía a tostadas quemándose.

Era una mezcla entre tragedia culinaria y mañana improvisada.

—Louis —murmuró Julien— ha vuelto a intentarlo.

Bajamos las escaleras entre risas, empujones suaves y ese tonteo que parecía surgir solo, como si nuestros cuerpos hubieran decidido coordinarse sin consultarnos.

En la cocina reinaba el caos.

Louis estaba frente a la tostadora, sosteniendo un trozo de pan carbonizado con expresión de trauma.

—No salía así en el tutorial —decía en un español rarísimo.

Carla estaba sentada en la mesa con una taza de café entre las manos y expresión de “sé todo lo que hiciste anoche”.

—Buenos días —canturreó— o… bonjour, parejita.

—No empieces —dije, intentando servirme café como si fuera una persona neutral y digna.

María apareció con las gafas torcidas y la camiseta del revés.

—¿Ha muerto alguien? Huelo a crematorio —murmuró, mirando a Louis como si fuera un criminal de guerra.

Théo entró detrás, con el pelo mojado, sonriente.

—Julien, tu española se ha despertado guapísima hoy —dijo, sin pudor.

“Su española” tiene nombre —le respondí.

Julien pasó por detrás, me rodeó la cintura con las manos y me besó la mejilla en un gesto tan natural que nadie en la habitación fingió sorpresa.

—Buenos días a todos —dijo, totalmente orgulloso de sí mismo.

El desayuno fue un caos delicioso: intentos fallidos de tostadas, Carla criticando el estado de la cocina, María convirtiendo todo en memes, Théo relatando la noche anterior como si fuera un documental de animales.

Julien, cada vez que pasaba a mi lado, encontraba la forma de tocarme: un dedo en la espalda, una mano en mi cintura, un roce breve. No era nada posesivo, solo algo presente y constante.

El parque acuático fue otra historia.

Media hora en coche con discusiones sobre música, fotos ridículas, y Julien buscándome la mano cada vez que el coche tomaba una curva.

El día fue una sucesión de adrenalina y risas: Carla y Théo se tiraron por el tobogán más alto como si estuvieran en un reality de supervivencia; María localizó todas las zonas de sol donde no se moriría de calor; Louis perdió el bañador intentando demostrar un “salto épico”, menos mal que Marc tenía uno de recambio.

Julien y yo nos montamos en toboganes dobles solo para bajar pegados.

—Si morimos, morimos juntos.

—Qué romántico —reí— ahora sí que me siento segura.

Nos lanzaron y gritamos como dos idiotas.

Terminé encima de él, en la piscina, riéndome tanto que me dolía el estómago.

En un momento, cuando él me apartó un mechón de pelo, sentí ese segundo suspendido en el que sabes que estás exactamente donde deberías estar.

Eso era enamorarse, o, quizás, volver a hacerlo.

Los días pasaron como fotografías colgadas en una cuerda:

  • Un paseo en barco al atardecer, con el cielo naranja y los pies de todos colgando por la borda.
  • Carla riendo con Théo como si le conociera de toda la vida.
  • Una barbacoa nocturna con baile improvisado.
  • Julien dibujando figuras en mi brazo mientras hablábamos de nada y de todo.
  • Helados gigantes.
  • Una tormenta de verano que nos obligó a ver películas bajo una manta enorme.

Todo tan fácil… que daba miedo. Demasiado fácil para ser real.

Una tarde, Carla y yo nos pintábamos las uñas mientras hablábamos:




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