Tres veces nosotros

Capítulo 19 – La ciudad que siempre soñé

El último día en el pueblo amaneció distinto. No era el tiempo, no hacía más frío, ni más viento, era yo la que ya no estaba igual.

Todo parecía tener un brillo raro, como cuando sabes que algo se está terminando y, de repente, hasta las cosas más pequeñas se vuelven importantes: el olor del café de mi abuela, las baldosas de la cocina, el sonido del mar a lo lejos, incluso el crujido de la madera vieja de su casa. Era como si todo se estuviera despidiendo de mí sin hacer ruido.

Carla dormía todavía cuando me levanté y María estaba hecha un ovillo bajo la sábana, con el pelo enmarañado asomando por la almohada. Las miré un momento, en silencio, pensé en todo lo que habíamos vivido juntas y entendí que no me estaba yendo sola a otra ciudad… me estaba despidiendo de una versión de mi vida.

Se me hizo un nudo flojo, no de tristeza profunda, sino de esos que aprietan lo justo para recordarte que hay algo que importa.

Bajé a la cocina y mi abuela estaba allí, como siempre, en bata y con el pelo recogido hacia atrás, removiendo el café en la cafetera italiana como si eso sujetara el mundo.

—Buenos días, mi niña —dijo, sin mirarme.

—Buenos días, abu.

Se giró, me sonrió, y en ese sonrisa hubo algo que no era solo cariño. Había una despedida suave, de las que no se dicen en voz alta.

—¿Has dormido? —preguntó.

Asentí, aunque la verdad era otra. Había pasado la mitad de la noche pensando en aeropuertos, maletas, en mis padres… en Julien… en París.

Dormir se había vuelto secundario desde que dije que “sí”.

Las chicas no tardaron en bajar y la casa se llenó del ruido habitual: quejas sobre madrugar, comentarios sobre lo injusto que era que el verano terminara, empezar la vida adulta…

—Odio las despedidas —murmuró Carla, agarrando una tostada.

—Tú lo que odias es madrugar —respondió María, bostezando tanto que casi se le desencajó la mandíbula.

Yo las escuchaba, pero sentía como si estuviera un poco fuera de mi propio cuerpo. Había tomado una decisión, la había dicho en voz alta, se la había dicho a Julien, pero ahora tocaba la parte difícil: hacerla realidad.

Julien llegó a media mañana.

Lo vi desde la ventana del salón. En cuanto su coche aparcó frente a la casa, algo en mi pecho se adelantó antes que yo. Baje las escaleras sintiendo cada paso demasiado consciente.

Me esperaba apoyado en la puerta del coche, con una camiseta sencilla, el pelo despeinado y esa calma suya que siempre me descoloca.

Cuando me vio sonrió y sentí, otra vez, que ese era mi lugar.

—Bonjour —dijo.

—Hola.

Le di un beso rápido, pero el abrazo no fue rápido, fue largo demasiado largo para ser algo casual.

—¿Lista? —preguntó.

—Para hoy, sí —contesté— lo demás… ya veremos.

Se rió bajo, pero también vi cómo se pasaba la mano por el pelo, nervioso como yo.

—He estado pensando —dijo.

—Yo también.

—No quiero que sientas que esto es una prueba —continuó— no tienes que demostrarme nada. Y si en algún momento no estás bien, si no es lo que esperabas, te vuelves. No hacen falta explicaciones, ¿vale?

Lo miré despacio.

—Julien, si me voy contigo es porque quiero, no me voy para aprobar un examen.

—Lo sé, pero necesitaba decírtelo —insistió— no quiero que un día sientas que te atrapaste por mí.

Suspiré, claro que me daba miedo pero también sentía una especie de calma rara cada vez que lo escuchaba hablar así, tan claro, tan honesto.

—Yo también necesito decirte algo —añadí— tengo miedo, pero no me arrepiento de haberte dicho que sí. Solo… prométeme que hablaremos las cosas, que si algo no va bien, no nos callaremos hasta que explote.

Asintió, serio, pero sincero.

—Te lo prometo.

Nos quedamos unos segundos en silencio, mirando la carretera.

—Voy a organizar mis cosas, hablar con mis padres, hacer maletas… —dije— dame unos días.

—Los que necesites —respondió— yo… te esperaré en París.

Esa frase no sonó como una invitación, era más cómo un salto.

Lo abracé otra vez y él me dio un beso lento, suave, que me supo a despedida y a principio de algo.

Después se despidió de mi abuela, de las chicas, y se fue.

Cuando desapareció el coche, me quedé un segundo más mirando la carretera y ahí lo sentí de verdad: ya no había marcha atrás.

Volver a casa siempre tiene algo raro. Los mismos muebles, los mismos olores… pero tú ya no eres igual. Era como entrar en una vida que ya no terminaba de ser del todo mía.

Mi madre me recibió con un abrazo en la puerta de casa.

—Ay, hija, qué morena estás —dijo, porque su cerebro siempre empieza por lo superficial para no asustarse con lo grande.

Mi padre apareció detrás, con su forma de ser ten silenciosa. No es un hombre de grandes discursos, ni de preguntas directas, es más de observar y soltar una pequeña frase, pero de esas que te deja un rato pensando.

—¿Bien? —preguntó.

—Si, bien.

Subí las maletas a mi habitación y, mientras las dejaba en el suelo, tuve una especie de dejavú extraño: esa habitación me había visto llorar por Julien, estudiar exámenes, reír con mensajes tontos, hacer maletas para irme a Salamanca… y ahora me veía a punto de hacer otra cosa que tampoco entendía del todo.

Por la tarde, después de comer, supe que no podía alargarlo más. Tenía que soltarlo ya.

—¿Podemos hablar? —pregunté desde la puerta del salón.

Mi madre estaba recogiendo la mesa, mi padre hojeando algo en el móvil.

—Uy, qué serio —dijo ella— a ver, siéntate.

Me senté en el sofá, con las manos un poco temblorosas. Me sentía como si tuviera quince años y fuera a confesar alguna que había liado.

—He tomado una decisión —empecé— Y… quiero contárosla porque sé que… os va a afectar también.

Mi madre se sentó a mi lado y mi padre, en el sillón de enfrente, dejó el móvil sobre la mesita.

—¿Te ha pasado algo? —preguntó ella, con esa preocupación automática que les sale a los padres.




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