A la mañana siguiente me levanté con los ojos hinchados y la sensación de no haber dormido nada, aunque sabía que en algún momento me había quedado profundamente dormida, con la mano de Julien en la espalda como un ancla. La almohada olía a él, a jabón y a ese perfume que en Salamanca me parecía una promesa y aquí, en París, a veces me parecía una pregunta sin respuesta.
Él no estaba en la cama, escuché ruido en la cocina: vasos, cajones, el grifo… Me quedé unos segundos mirando el techo, intentando recordar por qué me dolía tanto el pecho. Quizás era una mezcla de todo: París, Julien, mi nueva vida, el miedo, que parece que siempre aparece. Y la vergüenza tonta de haber llorado como una niña cuando se supone que yo había venido a “ser valiente”.
Me obligué a levantarme. Me puse una camiseta suya (la más vieja), como si llevarla puesta me diera un poquito más de valor.
En la cocina, Julien estaba en camiseta, con el pelo revuelto y un café en la mano. Se giró al oír mis pasos y sus ojos se detuvieron un segundo más de lo normal en mi cara, sabía que había llorado. No lo dijo, pero lo vi en la forma en la que bajó un poco la mirada, como si quisiera cuidarme sin invadirme.
—Buenos días —dijo, con voz suave.
—Buenos días.
Se acercó y me dio un beso lento en la frente, como si tuviera miedo a tocarme demasiado fuerte y que me rompiera. Me sostuvo la barbilla un instante, solo lo suficiente para comprobar que yo estaba ahí.
—He pensado… —empezó— que quizá hoy podíamos hacer algo juntos por la tarde. Salgo antes, o eso espero, y damos un paseo, cenamos fuera, lo que te apetezca.
Asentí, aunque por dentro no tenía mucha energía para hacer planes. Me notaba la cabeza pesada, como si llevara dentro un idioma que todavía no entendía del todo.
—Vale —respondí.
Me puso una taza de café delante. La taza era de las suyas, blanca, con una grieta pequeña en el borde. Me hizo gracia que hasta eso me pareciera íntimo.
—Lucía —añadió, mirándome con cuidado— lo de anoche… no tienes que ser fuerte todo el rato, ¿vale? No pasa nada si te cuesta, es normal.
Me mordí el labio, intentando no llorar.
—Lo sé —dije— solo necesito… tiempo.
Él asintió, con esa expresión tan suya entre preocupada y comprensiva que parecía que se le había quedado fija en los últimos días. Se quedó de pie a mi lado un segundo más de lo normal, como si no quisiera irse todavía.
Cuando se fue al trabajo, el apartamento se quedó en un silencio raro. No era calma, era el silencio de una casa que todavía no sabe si puede llamarse hogar.
Ese día decidí que tenía que hacer algo, por mí. No podía seguir esperando que Julien volviera cada noche para sentir que mi vida empezaba, no era justo para él ni para mí. Y tampoco era justo para la Lucía de antes, la que se prometió que no volvería a encogerse por nadie, ni siquiera por amor.
Abrí el portátil, respiré hondo y me puse a buscar trabajos, prácticas, voluntariados, becas… Cualquier cosa que tuviera un mínimo sentido con lo que yo sabía hacer, con lo que quería hacer. Abrí pestañas como si fueran salvavidas: “assistante éducative”, “orthophoniste”, “association enfants difficultés”, “soutien scolaire” … palabras que parecían pertenecer a otra persona.
Escribí un currículo en francés con la ayuda de un traductor y de lo que había aprendido, luego lo revisé como diez veces y mandé correos a una asociación que trabajaba con niños, a un centro educativo, a un pequeño gabinete de apoyo escolar que encontré en internet.
Cada vez que daba a “enviar”, sentía una pequeña chispa de esperanza, pero luego volvía el vacío de la pantalla en blanco. Ese segundo después del clic en el que te das cuenta de que ya no puedes controlar nada.
Los días siguientes los dediqué a eso: clases de francés, búsquedas en internet, correos, paseos para llevar el currículum impreso a sitios que ni siquiera sabía si me iban a aceptar recogerlo. Me aprendí de memoria el camino de tres calles distintas solo por tener la sensación de que “yo también tenía rutina”.
En algunos sitios fueron amables, pero en otros… ni siquiera lo intentaron.
—Tu perfil es interesante, pero el idioma… —me decían con una sonrisa.
Me aprendí de memoria la frase:
“Por ahora no podemos, quizá más adelante.”
Y el “quizá” era siempre un lugar en el que yo no entraba.
Salía de las entrevistas cortas con una mezcla de orgullo y derrota, orgullo por haberlo intentado y derrota por sentir que no era suficiente.
“Quiero estar aquí… pero ¿quién soy aquí?”
Esa frase empezó a rondarme la cabeza, porque ese era el problema: en España yo sabía quién era. Era la chica responsable, la que estudiaba, la que cuidaba de los demás, la que tenía una idea (aunque fuera difusa) de a qué quería dedicarse.
En París era “la novia española de Julien” y eso, aunque a mí me gustaba quererlo, no podía convertirse en mi único nombre porque cuando Julien se iba al trabajo y yo me quedaba sola, ¿qué quedaba de mí aparte de esperar?
Con mi familia fingía, las videollamadas con mi madre eran un espectáculo digno de cualquier escenario y eso a veces también ayudaba a disimular.
—¿Qué tal, hija? —preguntaba ella, con la cara pegada demasiado cerca de la cámara, como si así pudiera verme mejor.
—Bien, mamá, muy bien. La ciudad es preciosa —contestaba yo, buscando el ángulo en el que no se me vieran tanto las ojeras. A veces me ponía filtro sin darme cuenta. El filtro como armadura.
—¿Has encontrado trabajo?
—Estoy en ello, de momento voy a clases de francés y estoy hablando con varias asociaciones —respondía, eligiendo las palabras con precisión quirúrgica. No era mentira, solo… omitía cosas.
—¿Y Julien? ¿Se porta bien?
Ahí sonreía de verdad.