Tres veces nosotros

Capítulo 21 – La primera grieta

Hay días en los que el miedo llega disfrazado de cosas pequeñas, como una conversación o una comida o incluso una frase dicha demasiado tranquila.

Aquella mañana empezó con café y tostadas. Y aún así, algo dentro de mí llevaba rato sintiendo que el día iba a terminar raro.

Julien fue quien lo dijo.

—Hoy vendrá mi padre a la oficina.

Levanté la vista. Estábamos desayunando en silencio, él tenía el portátil abierto a un lado con el café medio frío y esa expresión que últimamente aparecía demasiado: cansancio mezclado con algo que no terminaba de nombrar.

—Después quiere comer con nosotros —añadió.

La taza se quedó suspendida entre mi mano y la mesa.

—¿Con nosotros?

Asintió.

—Quiere conocerte.

No sonó muy feliz al decirlo, ni orgulloso, ni siquiera nervioso. Sonó… resignado. Miré mi café, “conocerte” qué palabra tan inocente para algo que sentí más parecido a un examen.

Julien debió notarlo porque cerró el portátil.

—No va a pasar nada.

Le miré.

—Eso no ha sonado muy convincente.

Apareció una sonrisa pequeña y cansada.

—Lo siento.

Se levantó, rodeó la mesa y se inclinó para besarme la frente.

—Solo quiero que salga bien.

Apoyé la cabeza un segundo contra él.

—Yo también.

Pero ninguno de los dos parecía creer del todo que fuera tan sencillo.

La academia estaba en una calle estrecha, escondida entre una panadería y una librería diminuta que siempre tenía flores secas en el escaparate.

Subí las escaleras despacio. Éramos los mismos de siempre: las dos italianas, el chico brasileño, la pareja alemana, la chica japonesa y yo.

La profesora entró sonriendo.

—Hoy trabajaremos las presentaciones formales —anunció— quiénes sois, qué hacéis y qué queréis.

Noté algo pequeño apretarse dentro de mí. Qué hacéis, qué queréis… parecían preguntas sencillas hasta que ya no lo eran.

Nos puso por parejas. Me tocó con Aiko. Nos sonreímos con esa complicidad silenciosa de la gente que todavía piensa antes de decir cada palabra.

—Bonjour —empecé— je m´apelle Lucía… je viens d´Espagne.

Las frases salían. Torpes, sí, pero salían.

Hasta que llegó el momento de explicar a qué me dedicaba. Me quedé quieta, porque en España habría sabido responder: estudiante, educación infantil, prácticas, planes… Un camino del que aquí no estaba segura.

—Je… je cherche… —empecé.

La profesora se acercó.

—Un travail? —preguntó.

La miré y negué despacio.

—Non…

Bajé la vista.

—Je cherche ma place.

Hubo un silencio breve, pero la profesora me sonrió con suavidad.

—C´est aussi important.

Pero yo seguía pensando lo mismo. No estaba buscando solo trabajo, tampoco estaba buscando París. Estaba buscando a la Lucía que había prometido encontrar cuando se subió a aquel avión.

Cuando salí de clase el aire estaba frío. Miré el móvil y tenía un mensaje de Julien:

“¿Todo bien?”

Lo leí dos veces, quise responder que sí o solo un poco nerviosa o que creo que me estoy perdiendo un poco. Pero al final respondí:

“Todo bien. Nos vemos luego

Una mentira pequeña, de las peligrosas. Porque empiezan siendo para proteger a los demás y terminan escondiéndote de ti misma.

La mañana se me fue entre correos pendientes y una pelea absurda con el armario. Me cambié tres veces, una me sentía demasiado arreglada, otra sencilla, otra muy seria… Al final elegí unos pantalones negros, un jersey claro y una chaqueta fina. Nada especial, o eso intenté.

Cuando Julien llegó ya estaba lista. Se quedó mirándome un segundo.

—Estás muy guapa.

—Estoy aterrada.

Eso sí le sacó una sonrisa de verdad.

—Yo también.

Parpadeé.

—¿Tú?

Se encogió de hombros.

—Siempre me pongo nervioso con él.

La sinceridad me golpeó más que cualquier broma que hubiera podido hacer porque Julien daba la impresión de ser una persona tranquila y segura, pero aun así… seguía poniéndose nervioso por una comida con su padre.

El restaurante era elegante de una forma incómoda. Todo brillaba demasiado, las mesas parecían intocables, los camareros caminaban como si el ruido estuviera prohibido… Su padre ya estaba allí, perfectamente vestido, sentado y contenido. Se levantó cuando nos acercamos.

—Bonjour.

Me saludó con una educación impecable, ni fría ni cálida, solo correcta. Y por alguna razón eso me puso más nerviosa.

Nos sentamos, yo frente a él y Julien a mi lado. Pedí algo que apenas entendí porque mi francés seguía siendo una mezcla de intuición y supervivencia.

—¿Qué tal París? —preguntó.

—Bien.

Mentira pequeña.

—Todavía estoy adaptándome.

Asintió.

—Normal.

Bebió un sorbo de agua.

—¿Y has encontrado trabajo ya?

Noté algo tensarse dentro de mí.

—Todavía no. Estoy buscando prácticas y proyectos relacionados con educación.

Otra inclinación leve de cabeza.

—Claro —hace una pausa— aunque imagino que todo eso lo habías pensado antes de venir.

La frase cayó suave, casi amable y aún así dolió.

—Sí —respondí.

Julien se movió a mi lado.

—Papá…

—Solo pregunto.

Juien apoyó la espalda en la silla. Lo hizo despacio, como si intentara tragarse algo.

—Mudarse a otro país es una decisión importante.

Asentí porque tenía razón. El problema era que sentía que no estaba hablando de Francia sino de mí.

La conversación siguió. Hablamos de mi pueblo, mis estudios, mi familia, París… Todo correcto, educado y muy agotador. Hasta que llegó la última pregunta.

—¿Y cómo ves tu futuro aquí?

Miré un segundo a Julien. Él no me estaba mirando, tenía la vista fija en la copa.

—No lo sé todavía —admití— supongo que intento construirlo.

Su padre sostuvo mi mirada.




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