Tres veces nosotros

Capítulo 22 – Lo que se rompe sin hacer ruido

Había días en París que parecían grises incluso con sol. Eran días en los que el cielo era azul, los turistas llenaban las calles y el Sena seguía brillando como si todo fuera perfecto. Pero dentro de mí algo seguía turbio, como si caminara con barro pegado a los pies como si cada paso costara un poco más que el anterior.

Aquella mañana Julien salió temprano, antes de irse se inclinó hacia mí y me dio un beso rápido en la frente. No fue frio ni distante pero tampoco fue igual.

—Nos vemos luego —dijo.

—Sí.

Me quedé observando la puerta cerrada varios segundos. El piso volvió a quedarse en silencio, demasiado en silencio.

Intenté estar ocupada: preparé el desayuno, abrí el portátil, busqué ofertas, practiqué francés… Duré diez minutos en cada cosa y después volvía al mismo sitio. A mí y ahí estaba el problema porque ya no sabía muy bien quién era.

Todo lo que había dejado atrás cayó encima de golpe: mi casa, mis padres, las chicas, la universidad, la Lucía que sabía hacia dónde caminaba…

Me tumbé en el sofá mirando al techo, sin llorar, sin moverme, sin pensar en nada que no doliera. Solo estaba hasta que vibró el móvil.

Carla: llamada entrante.

Suspiré y contesté.

—¡Lucíaaaa! —apareció Carla en pantalla— quiero ver esa cara parisina.

María apareció detrás.

—Tía, ¿sigues en pijama?

Miré mí sudadera, era la misma de hacía dos días.

—Tenía frío.

Carla entre cerró los ojos.

—No.

Silencio.

—¿Estás bien?

Intenté sonreír pero no funcionó.

—Nada.

María negó despacio.

—Lucía… no tienes cara de “nada”.

Y entonces algo dentro de mí cedió. No fue de golpe pero fue peor, como una pared que se agrieta. Me tapé la boca pero las lágrimas salieron antes que las palabras.

—No puedo más…

Las dos se quedaron calladas, no intentaron arreglarlo, solo esperaron.

—Estoy muy perdida —conseguí decir— no tengo trabajo… no tengo nada mío aquí… y siento que cada día desaparezco un poco más.

Carla bajó la voz.

—¿Y Julien?

Respiré.

—Está pero también se está apagando.

María inclinó la cabeza.

—¿Habéis hablado?

—No de verdad. Estamos juntos… pero siento que cada uno está sobreviviendo por su lado.

El silencio volvió y esta vez fue Carla quien habló.

—Te voy a decir algo que quizá no te guste.

Asentí.

—Amar a alguien no puede costarte tu identidad.

La frase me atravesó.

—Y tampoco puedes convertirte solo en “la novia de Julien” —Continuó María.

Bajé la mirada porque dolía y porque era verdad.

—¿Dónde estás tú? —preguntó Carla.

No supe responder y eso me asustó más que cualquier otra cosa.

Después de colgar me quedé mucho rato sentada.

El piso parecía enorme, vacío… Caminé hasta el baño, encendí la luz, me miré y solo vi ojeras, un moño mal hecho, una sudadera enorme. Pero no fue eso, fue la expresión. Era yo y al mismo tiempo no, como si alguien hubiera borrado los bordes.

—¿Qué estás haciendo, Lucía?

La pregunta salió sola. No tenía respuesta, solo tenía una certeza: no podía seguir escondiéndome.

Tenía que hablar con Julien. No para discutir o para decidir nada, solo para dejar de fingir.

Cuando volvió ya era tarde, entró despacio, cansado. Dejó la mochila, se acercó, me besó la frente. Algo automático y eso me rompió un poco.

—Hola.

—Hola.

Lo miré. Tenía los ojos apagados, igual más que otros días.

—¿Puedes sentarte un momento?

Parpadeó, asintió y nos sentamos. No juntos ni separados solo… cerca.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Respiré hondo.

—Julien… No estoy bien.

No habló, solo me miró como si hubiera estado esperando esa frase.

—Estoy perdida. No tengo trabajo, no tengo rutina, no siento que tenga algo mío aquí.

Bajó la mirada.

—Y cada vez que intento agarrarme a algo… vuelvo a ti.

Sus ojos volvieron a los míos.

—Eso debería ser algo bueno ¿no?

Negué despacio.

—Lo sería si yo también me estuviera encontrando. Y tú tampoco estás bien.

Apartó la mirada.

—No quiero hablar de mí.

—Pues yo sí.

Volvió a mirarme.

—Te estás rompiendo.

Su respiración cambió.

—Lucía…

—No.

Me acerqué un poco.

—Lo veo.

Sus hombros cayeron.

—Estoy cansado.

—Yo también.

La frase quedó entre nosotros. No sonó como otras veces, sonó a rendición. Entonces habló muy bajo.

—¿Te arrepientes?

Parpadeé.

—¿De venir?

Asintió. Y el miedo que tenía en la cara me destrozó.

—No —mi voz salió un poco rota— solo me arrepiento de estar desapareciendo.

Cerró los ojos y durante un segundo pareció que aquella frase le pesaba físicamente.

—No quiero que te pierdas aquí.

—Yo tampoco.

Hubo un silencio largo y doloroso.

—No sé cómo arreglarlo —admitió.

—Ni yo.

Por primera vez ninguno intentó salvar al otro, solo estuvimos allí. Dos personas cansadas que seguían queriéndose y aun así empezaban a no saber cómo sostenerlo.

Nos sentamos en el sofá. No nos abrazamos ni discutimos ni lloramos, solo permanecimos con una distancia pequeña entre los dos. La suficiente para no tocarse y para no notar que algo estaba cambiando.

Y por primera vez desde que llegué a París… tuve miedo de que el amor no fuera el problema, sino todo lo demás.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.