Tres veces nosotros

Capítulo 23 – Elegir quedarse

Me desperté antes que Julien y durante unos segundo me quedé tumbada, mirando al techo, intentando recordar qué día era, dónde estaba o por qué sentía ese peso extraño en el pecho.

Entonces lo recordé todo: la conversación de la noche anterior, las palabras que por fin habíamos dicho, los silencios, los miedos…

Giré la cabeza y vi como Julien dormía de lado, de espaldas a mí. Parecía agotado incluso dormido. Tenía una mano bajo la almohada y el ceño ligeramente fruncido, como si ni siquiera mientras descansaba consiguiera soltar todo lo que lleva encima.

Me quedé observándolo unos segundos. Pensé en lo fácil que habría sido rendirse y en lo mucho que seguía queriéndolo a pesar de todo.

Me levanté despacio para no despertarlo y fui a la cocina. París amanecía al otro lado de la ventana, el cielo estaba gris claro y las calles empezaban a llenarse de gente que iba a trabajar. Durante semanas había observado ese mismo paisaje sintiéndome ajena a él.

Aquella mañana era diferente, no porque me sintiera mejor sino porque, por priemra vez, había dejado de fingir que estaba bien. Y eso, aunque doliera, también era un alivio.

Estaba preparando café cuando escuché pasos detrás de mí. Julien apareció en la puerta con el pelo revuelto y la camiseta arrugada.

—Buenos días.

—Buenos días.

Se acercó despacio. Por un instante pensé que volveríamos a comportarnos como si nada hubiera pasado, pero ninguno tenía fuerzas para eso.

—¿Has dormido algo? —preguntó.

—Un poco.

Asintió.

—Yo también.

Silencio, un silencio que solo reflejaba cansancio. Se apoyó en la encimera frente a mí.

—Lucía…

Levanté la vista, parecía nervioso. Más de lo habitual.

—Lo de ayer… Gracias por decírmelo.

Parpadeé.

—No creo que llorar delante de ti entre en mis mejores habilidades.

Una pequeña sonrisa apareció en su cara. Creo que era la primera en días.

—No me refiero a eso. Gracias por ser sincera.

Algo se removió dentro de mí, porque durante semanas había intentado protegerlo y protegerme. Y al final solo había servido para alejarnos.

—Creo que llevaba demasiado tiempo fingiendo que podía con todo —admití.

—Yo también.

Nos quedamos callados unos segundos, mirándonos. Esta vez sin intentar arreglar nada.

—¿Sabes que es lo peor? —dije.

—¿Qué?

—Que pensé que venir aquí era suficiente.

Julien frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Que si estaba contigo, todo lo demás acabaría encajando solo.

Sonreí sin humor.

—Y resulta que sigo siendo yo con mis miedos, mis dudas y mis inseguridades.

Él soltó una risa breve.

—Qué decepción.

—Muchísima.

Esa sonrisa duró poco pero duró y era suficiente. Julien bajó la vista a su taza.

—Ayer tuve miedo

—¿De qué?

Tardó unos segundos en responder.

—De que me dijeras que querías volver a España.

Sentía algo encogerse dentro de mí.

—No quiero volver.

Sus ojos buscaron los míos inmediatamente.

—¿No?

Negué despacio.

—Solo quiero dejar de sentirme perdida.

Vi como soltaba el aire, como si llevara horas reteniéndolo.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí, porque tampoco quiero que te vayas.

Aquella sinceridad me desarmó más que cualquier discurso romántico porque no sonó a declaración, sonó a verdad. Nos quedamos en silencio hasta que yo hablé.

—Necesito tener algo mío aquí.

—Lo sé.

—Algo que no venga de ti.

Julien asintió.

—Y yo necesito dejar de vivir únicamente para mi trabajo.

Lo miré.

—¿Eso es posible?

Se rio.

—No tengo ni idea.

—Muy tranquilizador.

—Intento ser honesto.

Volví a sonreír. Y por primera vez en mucho tiempo sentí que estábamos en el mismo sitio. No felices ni sin problemas pero juntos.

Aquella mañana me senté frente al portátil con una determinación distinta. Volví a mandar correos, busqué asociaciones, centros educativos, voluntariados, prácticas, lo que fuera.

Ya no buscaba únicamente un trabajo, buscaba un lugar donde volver a reconocerme. Mandé varios correos, llamé a un par de sitios, incluso conseguí una entrevista para la semana siguiente en una asociación que trabajaba con niños con dificultad de aprendizaje.

Cuando cerré el portátil sentí algo que llevaba mucho tiempo sin sentir, orgullo.

Julien llegó antes de lo habitual aquella tarde y eso era una novedad.

—¿Qué haces aquí? —pregunté al verle entrar.

—Qué forma tan poco romántica de recibir a tu novio.

—Son las seis.

—Lo sé.

Lo miré desconfiada.

—¿Has dimitido?

—Todavía no.

—Entonces explica.

Por primera vez en semanas se rio de verdad.

—Solo he salido antes.

—¿Por voluntad propia?

—No hace falta que te burles.

—No me juzgues.

Le señalé el salón.

—Siéntate que quiero ver cuánto dura este comportamiento revolucionario.

Sacudió la cabeza mientras dejaba la chaqueta pero seguía sonriendo. Y esa sonrisa me recordó al Julien que había conocido años atrás.

Terminamos paseando junto al Sena, sin planes ni destino, solo caminando. Las luces empezaban a encenderse sobre el agua y el aire era fresco. París seguía siendo preciosa, parecía que por fin estaba dejando de esperar que la ciudad solucionara cosas que solo podía solucionar yo.

—¿Sabes qué? —dije.

—¿Qué?

—Creo que estaba esperando sentirme en casa de golpe.

—¿Y?

—Y quizá eso también se construye.

Julien me miró.

—Eso ha sonado bastante inteligente.

—Levo todo el día practicándolo.

—Se nota.

Le di un golpe suave en el brazo y seguimos caminando. Hablando de cosas pequeñas: películas, comida, viajes que quizá haríamos, de cualquier cosa que no pesara demasiado. No sentí que estuviéramos sobreviviendo, sentí que durante unas horas estábamos viviendo.

Volvíamos a casa cuando sonó su móvil. Lo vi sacar el teléfono y vi cómo cambiaba su expresión, como si alguien hubiera apagado la luz.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.